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El péndulo

Más allá de discutir la corrección de las decisiones tomadas en su momento, lo realmente llamativo de este giro en las políticas de Meta son los incentivos que llevaron a Zuckerberg a revertir su postura.

19 de enero de 2025
  • El péndulo

Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com

En 2018, un Mark Zuckerberg pálido e incómodo, vestido con saco y corbata, hacía esfuerzos evidentes por exhibir una frialdad casi inhumana mientras testificaba ante el Congreso de Estados Unidos. El motivo: el escándalo de Cambridge Analytica y el rol que jugó Facebook en las elecciones de 2016, en las que Donald Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca.

En aquel momento, Facebook, Zuckerberg y las redes sociales en general se habían convertido en el enemigo público número uno. En menos de una década, estas plataformas pasaron de ser vistas como herramientas transformadoras que prometían liberar al mundo de la opresión —como se celebró durante la Primavera Árabe— a ser señaladas como las responsables de muchos de los males de la sociedad moderna. Polarización, desinformación y sus consecuencias políticas eran atribuidas a Facebook, Instagram, Twitter y sus algoritmos, responsabilizándolas no solo de eventos como la elección de Trump y el Brexit, sino incluso atrocidades como el genocidio rohingya en Birmania.

En respuesta, Meta, la compañía propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp, inició un programa ambicioso y vocal de moderación de contenidos que incluyó proporcionar acceso a terceros para revisar datos en busca de transparencia, implementar sistemas de fact-checking y despriorizar el contenido político dentro de sus plataformas. De un rol pasivo, pasó a uno abiertamente activo en cuanto a la intervención sobre el contenido generado por sus usuarios. Twitter, por su parte, tomó un camino similar, prohibiendo de forma tajante los anuncios políticos.

Quizá el ejemplo más contundente de esta tendencia hacia la moderación se dio en 2021. Tras el asalto al Capitolio por parte de simpatizantes de Donald Trump que alegaban un fraude en las elecciones que dieron la victoria a Joe Biden, Twitter, Facebook e Instagram desactivaron las cuentas personales del expresidente.

Sin embargo, unos pocos años después, el péndulo parece haberse invertido. Un Zuckerberg ahora bronceado e informal anunció en un video un giro radical en las políticas de Meta: la compañía eliminará el programa de fact-checking y reducirá las restricciones en los contenidos de Facebook e Instagram, buscando migrar hacia un sistema de “Community Notes” similar al implementado por Elon Musk en X (antes Twitter), donde los usuarios podrán señalar publicaciones que consideren necesiten más contexto.

Nunca me convenció del todo la postura de las redes sociales frente a la moderación centralizada. Delegar el poder de decidir qué contenido es válido y qué no en manos de unos pocos, sin un sistema claro de rendición de cuentas, siempre me pareció problemático. Es cierto que la desinformación existe, pero catalogar algo como “fake news” o no suele incluir un componente subjetivo. ¿Quién determina que un moderador tiene la autoridad o la imparcialidad para ser el juez definitivo?

No obstante, más allá de discutir la corrección de las decisiones tomadas en su momento, lo realmente llamativo de este giro en las políticas de Meta son los incentivos que llevaron a Zuckerberg a revertir su postura: en una maniobra característica de su conocida maleabilidad, su capacidad para adaptarse a los vientos políticos lo conduce ahora a buscar, como tantos otros que fueron adversarios de Trump en su primer mandato, una alineación con la visión del mundo del presidente electo.

El “péndulo” político que definió gran parte de la cultura de los años 2010 ha comenzado a oscilar drásticamente hacia el otro lado...

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