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Como a la vida le gustan las ironías, no fue de un infarto. Su corazón seguía latiendo en la mano de mi amigo, su hijo, que en la misa apretaba con dolor el marcapasos, como buscando razones a ver si era verdad lo que decía su padre.
Por Dany Alejandro Hoyos Sucerquia - @AlegandroHoyos
Puedo escribir los versos más tristes esta semana, escribir, por ejemplo, a la situación del Catatumbo el gobierno no le ha prestado la atención que se merece y prefirió armar un escándalo mediático con los Estados Unidos; hubiera sido tan fácil como recibir a los compatriotas, evitarles más traumas, y después, por las vías de la diplomacia, exigir un mejor trato.
Puedo escribir los versos de cómo este presidente maneja las relaciones internacionales por X, escribiendo con las tripas, que en lugar de bajar los ánimos, los caldea. Puedo escribir lo triste de tener un gobernante que no entiende que con la investidura de presidente, todo lo que dice tiene repercusiones positivas o negativas en sus gobernados.
Puedo escribir sobre la dignidad selectiva de los idólatras políticos; de cómo las relaciones Petro-Trump quedaron más deterioradas que la cancha en la que jugó el Medellín el domingo, pero no, no voy a escribir sobre esto, porque esta semana pasó algo más importante para mí y se los voy a contar.
Hace veinte años, un domingo en la tarde. El estadio estaba lleno de corazones rojos y azules alentando al Medellín. Una familia en Itagüí veía el partido por televisión. De pronto, entre las banderas rojas y los brazos sudorosos, se deslizó una camilla que llevaba un hombre moribundo. Entonces, uno de aquella familia dijo asustado: ¡Ese es mi papá!
Ese fue el primero de los once infartos que tuvo Jairo Gallón. Sí, ¡once! La razón de los otros infartos no tuvo que ver con el deporte, pues como él mismo decía: ya me acostumbré al rojito. Desde aquella tarde siguió sufriendo por el Medellín, pero desde su casa.
Solo se separaba de su esposa para ir al billar de la esquina. Su rutina se convirtió en conversar con sus amigos, llenar crucigramas y hacer feliz a su familia. Como hombre inteligente se burlaba de sí mismo cuando decía con picardía: “Soy el vapor: el que vapor la leche, vapor los huevos, vapor las legumbres”. Trabajó lo suficiente para repartir su corazón entre su esposa, sus hijos, nietos y amigos.
Cuando cumplió ochenta años le dije: “Jairo, vos sos más resistente que la reina Isabel”. Al otro día, a la misma hora que murió la reina, le dio el último infarto. Ella se fue, Jairo siguió. Sin embargo, esta semana, dijo no más, se apagó despacio, en paz, como se van aquellos que saben que lo han hecho todo. Como a la vida le gustan las ironías, no fue de un infarto. Su corazón seguía latiendo en la mano de mi amigo, su hijo, que en la misa apretaba con dolor el marcapasos, como buscando razones a ver si era verdad lo que decía su padre: “La vida sabe a lo que uno le eche”.
Por eso, puedo escribir los versos más tristes del país, pero prefiero los de un amigo que perdió a su padre y una madre que perdió a su esposo. Descansa en paz Jairilas. Fuiste bueno.