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Por Alejo Vargas Velásquez - vargasvelasquezalejo@gmail.com
El Presidente de USA Joe Biden tomó la decisión de sacar a Cuba de la lista norteamericana de países que apoyan al terrorismo, como resultado de una importante gestión de la diplomacia colombiana, liderada por el Presidente Gustavo Petro y sus dos Cancilleres Álvaro Leyva Durán y Luis Gilberto Murillo, así como por el embajador colombiano en EE.UU., Daniel García-Peña y otra gran cantidad de funcionarios que colocaron cada uno su ‘granito de arena’ para esa decisión, incluido, por supuesto, las solicitudes de otros países y organismos internacionales y los cambios en el contexto global.
Esto fue una reparación absolutamente necesaria para un país, Cuba, que en las últimas décadas ha colocado sus esfuerzos y sus recursos para colaborar con Colombia –y otros países- en la solución de conflictos armados internos y el costo había sido ser incluida en esa arbitraria lista en la anterior administración del Presidente Donald Trump, a solicitud y respondiendo a un gran lobby del anterior Gobierno colombiano de Iván Duque, luego de la realización por un comando del ELN del acto terrorista –repudiable y condenable, sin duda- de dinamitar con una camioneta la Escuela de Cadetes de Policía General Santander y asesinado a más de una veintena de jóvenes cadetes. Pero una cosa era el acto terrorista del comando del ELN y otra distinta, pretender atribuir a Cuba responsabilidad por ello y tratar de forzarla a que violentando los protocolos propios de unas conversaciones de paz en su condición de país garante junto con Noruega, extraditara a los miembros de la Delegación de Paz del ELN que los había tomado en La Habana la ruptura de esas conversaciones.
Es verdad que en el período pos Revolución Cubana, en el decenio de los 60s del Siglo Anterior, cuando el auge del guerrillero argentino-cubano Ernesto ‘Che’ Guevara, Cuba estimuló el surgimiento de guerrillas en diversas países de Latinoamérica, pero eso fue claramente abandonado a comienzos del decenio de los 80s del Siglo XX, por Cuba, quien luego de una pausa interna, asumió la tarea de contribuir y facilitar los procesos de conversaciones para superar conflictos armados internos y Colombia ha sido unos de los países beneficiados por la importante labor y la experiencia cubana en ese sentido.
El costo para Cuba de estas punitivas decisiones norteamericanas, sumadas a las del ‘bloqueo’ que se impusieron contra la isla después del triunfo de la Revolución liderada por Fidel Castro, han sido muy duras para el desarrollo económico y social de la población cubana, pues esto ha afectado las inversiones internacionales, el comercio, la promoción del turismo, entre otras y todo ello con un altísimo costo para los cubanos.
Esperaría que la nueva administración del Presidente Trump, cuando vayan a revisar esta decisión, tome en consideración los aspectos fácticos y no simplemente los prejuicios ideológicos de algunos funcionarios o políticos y en esa medida, pueda mostrarle a Latinoamérica que se puede convivir con gobiernos que piensen distinto y que en ese sentido la idea central de las democracias liberales, de respetar las diferencias de opinión, se puede aplicar y desarrollar sin dificultad en el ámbito de las relaciones internacionales.
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