Un muchacho que salió de un problemático vecindario francés podría ganarse 700 millones de euros al año, una cifra que al cambio de hoy en Colombia, ronda los $3,08 billones; con esa plata casi que se podría construir el Metro de la 80 en Medellín.
La oferta se la están lanzando a Kylian Mbappe para que, una vez salga del París Saint Germain, juegue en el Al-Hilal, el club de Arabia Saudita que hasta hace poco quiso llevarse a Lionel Messi.
¡Cifras de no creer!
Si se desglosan las cifras, el atacante ganaría 58,3 millones de euros por mes ($255.200 millones colombianos), 13,3 millones de euros por semana ($57.200 millones), 1,9 millones de euros por día ($8.360 millones), 79.900 euros por hora ($351,5 millones) y 1.332 euros por minuto ($5,8 millones).
Para hacerse una idea, Luxemburgo es el país con el mejor ingreso per cápita del mundo, dado que cada habitante obtuvo, en promedio, una riqueza de 114.821 euros el año pasado. Y eso es apenas el 0,02% de lo que percibiría el francés en un año.
De concretarse el traspaso, también sería el más costoso de la historia y rebasaría el antiguo récord que puso el mismo PSG cuando desembolsó 222 millones de euros por el brasileño Neymar.
Los árabes estarían dispuestos a pagar 300 millones de euros por los servicios de Mbappe, un monto que está por el orden de $1,32 billones colombianos. Aquí la cifra está resumida, pero son 12 ceros a la derecha (¿alcanza a dimensionarlo?), el premio mayor de la Loteria de Medellín ($10.000 millones), se le queda en pañales; es menuda de bolsillo en comparación con el número que hay en la mesa para contratar al número 10 de la selección francesa.
¿Los merece?
Si acepta el negocio, Mbappe comandará la lista de los fichajes más caros en la historia del balompié mundial (ver gráfico), un deporte que con los años ha venido incrementando las cantidades invertidas en su materia prima: los jugadores.
Ese flujo de capital hace reflexionar a muchos y preguntarse: ¿en verdad se justifican las fortunas destinadas a contratarlos? A los detractores les parece una falta de respeto que alguien, cuyo aporte para el mundo sea patear un balón, pueda sobrepasar de una manera tan desbordada el salario de profesionales como médicos, abogados o ingenieros.
Lo cierto es que, a juicio de un millonario como Robert Kiyosaki, no hay un solo camino hacia la riqueza. Quizás, estudiar y prepararse para un cargo con buena remuneración sea una manera. Pero el deporte, tal como lo menciona en su libro titulado Escuela de Negocios, también es un instrumento válido.
Por ejemplo, la virtud para entretener a las tribunas con gambetas y goles sacó de la pobreza a Diego Maradona y ese anhelo de mejorar las condiciones de su familia quedó para la historia en La Mano de Dios, canción que le compusieron en Argentina para homenajearlo.
“En una villa nació / fue deseo de Dios / Crecer y sobrevivir a la humilde expresión / Enfrentar la adversidad / Con afán de ganarse a cada paso la vida (...) Tal vez jugando pudiera / A su familia ayudar”, dice exactamente la letra.
Y la historia se repite una y otra vez. En ese listado de las transferencias más caras, se inscribieron nombres como Ronaldo Nazario, Cristiano Ronaldo y Alan Shearer, leyendas salidas del barrio, que jugaron con tenis rotos, en potreros o en pavimentos carrasposos.
¿Que no agregan valor? Es una afirmación que, desde una perspectiva más amplia, puede discutirse, puesto que su capacidad de llamar la atención de masas enteras deriva en lo que llaman “círculo virtuoso de la economía”.
¿Estimulan la economía?
A Sofía Olaya, directora del Observatorio de Entretenimiento y Comidas fuera del hogar de Raddar, le extendimos la inquietud, y apuntó que “no tenemos cómo medir el gasto específicamente en este sector, por lo que tampoco podríamos definir qué tanto valor agregan los futbolistas, pero es importante tener en cuenta que dentro de un solo evento deportivo hay una gran variedad de gastos a considerar”.
Detrás de los regates que esos superdotados del fútbol saben hacer, hay espectadores presenciales o remotos. En el caso de los primeros, al desplazarse hasta un estadio, pagan taxi, metro o bus. O si tienen su propio vehículo, compran gasolina y pagan un parqueadero.
Previamente, compraron una boleta y los equipos contratan personal logístico para atender a los fanáticos que llegan. Ya en el interior del recinto deportivo, se compran bebidas y alimentos. Y dependiendo del rival o de la importancia del juego, a la salida se mueven bares y restaurantes.
Toda esa pasión se traduce en billetes verdes o de cualquier otro color. Por ejemplo, la final del Mundial de Catar 2022 fue vista por 1.500 millones de personas en todo el mundo y se sabe que las grandes corporaciones pagaban más de US$1.300 millones por un espacio publicitario, eso es más de $5 billones colombianos. Y esa es la punta del iceberg, todavía no se tiene una noción completa del dinero que fluye como torrente entorno a este evento.
Por eso los países se pelean la oportunidad de ser anfitriones del máximo certamen futbolero, porque saben que el gasto de turistas y nativos significa un ingreso multimillonario para la nación.
Los grandes futbolistas, desde hace muchos años, no son vistos como un gasto corriente sino como una inversión y eso explica porqué los países del Golfo Pérsico están dispuestos a destinar dineros públicos a la contratación de estas súper estrellas.
Es así que el príncipe heredero Mohammed bin Salman ha convertido al deporte en piedra angular para diversificar la generación de riqueza en Arabia Saudita y, además, ha sido un instrumento para poner a su país en el radar de los turistas internacionales. Inclusive, se afirma que es una manera de “limpiar” la imagen que tiene Occidente de Oriente Medio, región caracterizada por fuertes dogmas religiosos que rayan en la opresión.
De hecho, se rumora que el príncipe saudí quiere postular a su nación como sede del Mundial de Fútbol 2030 y profundizar la apuesta que hizo con la contratación de Cristiano Ronaldo para el Al-Nassr, en donde actualmente recibe un salario más alto que cualquiera de los gerentes mejor pagados en 2022 (ver gráfico).
Ganar más que un CEO
“El bicho”, como popularmente se le conoce al astro portugués, devenga un salario que totaliza 2000 millones de euros al año. Eso equivale a unos $795.600 millones colombianos.
La revista Forbes lo calificó como el futbolista mejor pagado de la historia. Y es que el nacido en Madeira ha sabido sacarle réditos a su figura y tiene más 850 millones de seguidores en sus redes sociales. Las marcas buscan aprovechar ese caudal de fanáticos y lo persiguen para impulsar lo que sea que vendan.
Esa exposición pública es la que, precisamente, quisieron aprovechar en Arabia Saudita para atraer las miradas extranjeras y convertir el fervor hacia Cristiano en una potencial demanda por los viajes recreativos a ese país.
Por su parte, si Kylian Mbappe le diera una respuesta positiva a los árabes, sería el único jugador de fútbol que factura más que los gerentes de esas grandes multinacionales en EE. UU, como Peter Kern, de Xpedia, y Andy Jassy, de Amazon, que ganan US$296 y US$212 millones al año, respectivamente.
Desde hace un tiempo para acá, los fichajes duros en el fútbol europeo rompen la barrera de los 100 millones de euros. Y aunque parezca escandaloso y un sector de la sociedad no esté de acuerdo con ello, a este deporte también lo mueven las fuerzas de la oferta y la demanda.
Sin embargo, hay un precedente que no debería ignorarse, como es el caso de China, cuya liga emergente acaparaba portadas cada vez que rompía el mercado con un jugador de renombre. Hoy, un quinquenio después, la burbuja estalló y, por ejemplo, el Jiangsu FC, que quiso contratar a Gareth Bale, está al borde la desaparición y la situación de iliquidez es casi generalizada en el gigante asiático.
Los cracks como Mbappe se enfrentan a una disyuntiva: ¿irán por la gloria deportiva o por la plata? Todavía es joven y, seguramente, tiene metas como ganar la Champions League. ¿Aceptará la oferta?
¿El exceso de dinero arruina al fútbol?
Cada vez que aparece un nuevo fichaje récord en el fútbol (como la oferta de 300 millones de euros de un club árabe al PSG por M’bappe) que se suele acompañar de un salario estratosférico (serían más de 8.000 millones de pesos al día) se abre de nuevo la polémica sobre si sumas tan exageradas de dinero le aportan al fútbol o terminan arruinándolo.
Y se habla de ruina no solo en el sentido literal de la economía sino también el figurado: que el fútbol deje de ser pasión de los deportistas para convertirse en un simple negocio.
El fútbol que hace unas décadas lo practicaban los enamorados del deporte, que de paso competían por defender una camiseta y el orgullo de un país, se ha convertido, para bien y para mal, en una de las industrias más rentables del mundo. La FIFA facturó el año pasado 24 veces más que todo el producto interno bruto de Colombia.
Para bien porque con todos los reflectores puestos sobre las estrellas del fútbol está garantizado el talento para seguir alimentando el espectáculo –decenas de miles de millones de niños están en este momento en sus casas soñando con ser Messi, Ronaldo o M’bappe–. Sin duda, no hay otro espectáculo que reúna el mejor talento del mundo.
Y también para mal porque ¿hasta dónde una estrella del fútbol pierde brillo por el exceso de dinero? ¿Hasta qué punto la carrera de un futbolista se hace más corta porque con tanto dinero pierde el hambre de triunfo? ¿En qué medida los placeres que le permite el dinero lo distrae de la estricta disciplina que necesita un deportista de alto rendimiento?
Por supuesto, hay de todo. Profesionales, que a pesar de ser tetramillonarios, se someten a la rudeza de un partido o a la intensa rutina de los entrenamientos y campeonatos. Porque o no se les acaba el hambre de gloria –como un Ronaldo– o porque parecen seguir disfrutando cada minuto de juego –como Messi–. Y viceversa.
Pero sin duda, también se han visto casos de futbolistas que prefieren estar jugando golf, otros que se han encandelillado con el oro en su cuerpo y, más allá de casos particulares, en general, cada vez la vida útil de un futbolista es más corta: los jóvenes de relevo, que llegan con más hambre de gloria, más rápido están mandando a la banca –o a la lista de desempleados– a quienes sin cumplir los 30 ya son multimillonarios.
El caso de M’bappe puede marcar otro hito en esta historia. Hasta ahora, un futbolista en su mejor momento, no había aceptado ir a una liga poco competitiva, como es la árabe. De aceptar la oferta se interpretaría que, a sus 24 años, y siendo ya campeón del mundo, lo hace más por dinero que por la gloria o el deseo de progreso deportivo personal.