Después de la pandemia, las cadenas de suministros en el mundo quedaron maltrechas, y cuando empezaban a recuperarse, la guerra que levantó Rusia en contra de Ucrania —y las fuertes sanciones económicas impuestas por occidente— volvió a tirar todas las fichas al piso. La producción vive una crisis sin precedentes.
En Colombia, por ejemplo, se detuvo la entrega de carros nuevos porque en Ucrania se fabricaban switches importantes para los sistemas eléctricos, y la producción agrícola se encareció porque la mayoría de fertilizantes y venenos se producen en esa región de Europa. El panorama es tan delicado que hasta la industria de la música y el entretenimiento viven días aciagos porque Ucrania se había dedicado a la fabricación de tubos de potencia para amplificadores de guitarra eléctrica.
No es para poco la preocupación que crece entre economistas de todo el mundo. El medio especializado Bloomberg publicó que Rusia exporta el 78% del gas a Europa —ya varios países han advertido que no pueden parar la compra porque tendrían aprietos en el invierno—, el 69% del platino a Reino Unido, un 27% del paladio a los EE. UU., el 24% de fertilizantes a Brasil y el 22% del trigo a Egipto. Como si fuera poco, China también compra a Rusia el 44% del níquel que necesita, además del 35% del petróleo y el 24% del aceite de girasol.
Todo esto no se trata solamente de materia prima para la fabricación de carros, computadores y celulares, se trata de la seguridad alimentaria de varios países.
El pasado 23 de marzo el periódico The New York Times publicó: “Una porción crucial del trigo, el maíz y la cebada del mundo está atrapada en Rusia y Ucrania a causa de la guerra, mientras que una porción todavía mayor de los fertilizantes del mundo está atascada en Rusia y Bielorrusia (...) Desde que comenzó la invasión el mes pasado, los precios del trigo han aumentado en 21%, los de la cebada un 33% y los de algunos fertilizantes en 40%”.
Como lo hemos venido publicando, una de las preocupaciones más grandes que tiene Colombia es el aumento de precios desbordado de la canasta familiar, pues además de la pandemia, Colombia atravesó por las protestas del año pasado que maltrataron la economía.
Apenas estamos viendo la punta del problema, pues en este momento ya suben los precios de materias primas como el aluminio, el níquel, el paladio, esto sin contar los alimentos, los fertilizantes y el gas; cuando esa encaramada de precios recaiga sobre los productos finales la crisis se va a disparar y el consumidor final se va a resentir.
David M. Beasley, director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de la ONU —agencia que alimenta a 125 millones de personas al día— le dijo a The New York Times: “No ha habido ningún precedente que siquiera se acerque a algo como esto desde la Segunda Guerra Mundial”.
Beasley aseguró que los costos del Programa Mundial de Alimentos aumentaron US$71 millones al mes, lo que se traduce en que las porciones diarias entregadas terminen reducidas, impactando a los menos favorecidos de manera casi leonina. Ya no recibirán comida los hambrientos sino los que están en mayor riesgo de muerte: los famélicos.
Y como todo lo que sucede en la ley de la oferta y la demanda, siempre hay quien puede imponerse con dinero. Países como Armenia, Mongolia, Kazajistán y Eritrea se proveen de manera única con el trigo de Rusia y Ucrania, y ahora se abren al mercado para encontrar un nuevo vendedor que supla sus necesidades, pero a la hora de ofertar deben competir con otros que tienen mayor capacidad adquisitiva como Turquía, Egipto, Bangladés e Irán.
En ese mismo artículo se señalaba que la gran recesión de la guerra y la huida de millones de personas de sus tierras desembocará en que se pierdan las temporadas de cosecha y siembra, por lo que los precios del trigo —por poner un ejemplo— llegarán a niveles históricos.
“Las plantas europeas de fertilizantes están reduciendo su producción de manera significativa a causa de los altos precios de la energía. Los agricultores desde Brasil hasta Texas están recortando gastos en fertilizantes y esto amenaza el volumen de las siguientes cosechas”, dice The New York Times.
Es aquí donde varios expertos señalan una idea que se planteó cuando empezó la pandemia en marzo de 2020: ¿es momento de pensar en el autosostenimiento sin depender enteramente de la globalización? Obviamente este planteamiento parece una quimera en tiempos de Internet, en épocas donde las grandes multinacionales tienen plantas de procesamiento alrededor del mundo.
Hace varias semanas, este periódico alertó que el precio de la gasolina podría subir hasta $1.800 por galón, cosa que no ha sucedido todavía, pero ya se siente la carestía. Sucede que Rusia es el segundo país productor de gasolina y diésel después de Estados Unidos. Entre los mayores consumidores de esta materia están Francia, Alemania, Turquía y el Reino Unido; solo Francia consume 125.000 barriles diarios.
Tanto es el pánico que en semanas pasadas EE. UU. envió emisario a dialogar con el gobierno de Venezuela para tantear la compra de crudo, un panorama impensado hace varios meses por tratarse de dos naciones enfrentadas.
Además de la guerra, la crisis muestra los dientes por cuenta de la encerrona económica que occidente planteó en contra de Rusia y que tiene a los magnates negociando sus dividendos en el nuboso mundo de las criptomonedas.
El analista Tyler Durden destacó para el blog financiero estadounidense ZeroHedge: “El intento de Occidente de aislar a Rusia de la economía mundial con sanciones y restringir su comercio en todo el mundo produce una inflación inimaginable que podría llevar al mundo a un infierno de ‘estanflación’. Podría producirse una escasez de productos básicos al dispararse los precios”.
El panorama no es nada alentador para el mundo y Vladimir Putin sigue convencido de que tiene que hacerse con el poder en Ucrania, mientras tanto oriente busca maneras de detenerlo que no son enteramente exitosas. Uno de los mejores ejemplos de que en tiempos digitales siempre hay alternativa, es el uso de criptomonedas por parte de los multimillonarios rusos —la mayoría íntimos del presidente Putin—. La guerra apenas empieza a mostrar las marcas en la economía del mundo entero