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Con megáfono, don Francisco le abrió el camino a Yamaha en el país

Cuando Francisco Sierra trajo la marca, las motos se conocían muy poco en Colombia.

  • Francisco José Sierra consiguió que los japoneses permitieran ensamblar las motos Yamaha en Colombia. En esta foto posa frente a una joya escasa: la YA-1 de 1955. FOTO jaime pérez.
    Francisco José Sierra consiguió que los japoneses permitieran ensamblar las motos Yamaha en Colombia. En esta foto posa frente a una joya escasa: la YA-1 de 1955. FOTO jaime pérez.
  • En la planta de Incolmotos laboran cerca de 1.000 personas y son formadas con detalle para conservar la calidad. FOTO jaime pérez
    En la planta de Incolmotos laboran cerca de 1.000 personas y son formadas con detalle para conservar la calidad. FOTO jaime pérez
11 de septiembre de 2022
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En octubre de 1975 se ensamblaron los primeros modelos de Yamaha en Colombia, una marca que con los años terminaría por convertirse en aquella que los jóvenes paisas querían tener.

Modelos como la Calima 175, la DT (125, 175 y 200), la RX (100, 115 y 135) y la XT 500 (“la quiebrapatas”) escribieron sus leyendas y, a pesar de que ya no se ensamblan, siguen siendo muy codiciadas por los nostálgicos de los motores dos tiempos.

Montarse en ellas, escucharlas y trepar las vías empinadas de Medellín no hubiese sido posible sin ese hombre a quien los seguidores en la Feria de las Dos Ruedas apodan “El Señor Yamaha”. No estamos hablando de Torakusu Yamaha, el creador de la marca, sino de Francisco Sierra, el antioqueño que las trajo a Colombia y que hoy en día se desempeña como el presidente de la Junta Directiva de Incolmotos.

Misión japonesa

Este diario quiso rescatar la historia de ese empresario que les solicitó a los japoneses el consentimiento para ensamblar sus motos en Colombia.

Francisco narró que hace casi cinco décadas la industria textilera colombiana era muy próspera y los dueños de las fábricas empezaron a diversificar sus portafolios.

Coltejer le pertenecía a Carlos Ardila Lülle (Q.E.P.D.) y él le encargó cerrar el trato para traer a Yamaha, marca que habían escogido porque se concentraba 100% en las motocicletas y por sus valores corporativos.

Para ese entonces, Francisco tenía 10 años de experiencia laboral: se había graduado de ingeniería mecánica y había pasado por las plantas de Fabricato y Postobón.

Su responsabilidad consistía en concretar los contratos de integración y distribución, y tenía una ventaja para cumplir el encargo: ya conocía su cultura, pues laborando en Postobón había viajado a ese país para aprender a manufacturar las cajas plásticas usadas en la distribución de las gaseosas.

La casa matriz y el Gobierno colombiano le dieron el visto bueno a la operación y así se le abrieron las puertas a las motocicletas, unos aparatos que, hasta el inicio de los 70, eran casi desconocidos entre el público local. Apenas eran utilizadas por guardas de tránsito, policías y militares.

Entre la gente del común, según relató don Francisco, a duras penas se conocían las motos Lambretta. Promocionar el nuevo producto no era tarea fácil.

Megáfono por las calles

Ya había luz verde para producir la motos, pero había otra ecuación por resolver: la cadena de distribución. Al tratarse de una máquina desconocida, lógicamente no había una fila de interesados en abrir almacenes para venderlas.

“Promocionar algo que la gente no conoce es muy difícil. Yo salía con un megáfono por las ciudades de Colombia para preguntar quién quería ser distribuidor de Yamaha y empezamos a preparar toda esa red”, narró el pionero.

Aparte de la DT 175, en esos primeros años también se ensamblaron las RS 100, modelos que, en palabras de Francisco Sierra, “se vendieron rapidísimo. Estábamos haciendo ensayos y nos dimos cuenta de que el producto sí podía tener popularidad”.

Ahora bien, detrás de esa inauguración comercial exitosa hubo una estrategia finamente montada. En vez de atacar las capas populares de la sociedad, los ejecutivos optaron por cautivar a los estratos socioeconómicos más altos. La hipótesis que se manejaba no era descabellada para esa época: “Los de abajo quieren imitar a los de arriba, pero los de arriba no buscan imitar a los de abajo”.

Por aquellos días, los directivos les enseñaron a manejar sus motos a la clase empresarial y poco a poco se les veía llegar a los clubes sociales en ellas. También solicitaron la ayuda de varios corredores profesionales y el deseo de montarse en esos aparatos se fue contagiando.

El equipo ejecutivo acertó en su apuesta y los modelos de Yamaha se tomaron las calles de los barrios periféricos, las RX, las DT y las Calimas se habían convertido una fiebre para la que no había antipirético, todos querían manejarlas o por lo menos ser parrilleros y sentir la adrenalina de su aceleración incomparable.

Una casería de brujas

Cronológicamente, estaban muy lejos las tecnologías que hoy conocemos, en los vecindarios no había mejor fuente de diversión que acelerar una dos tiempos de Yamaha. Entre amigos, el reto era mostrar quien dominaba mejor las máquinas.

Infortunadamente, no todos medían el riesgo de conducirlas y los jóvenes empezaron a disparar las tasas de accidentalidad. Ya no eran vistas como el juguete ideal para sorprender a los muchachos y los padres de familia empezaron a estigmatizarlas.

“El problema era —y sigue siendo— que mucha gente no sabe manejar. El 90% de los motociclistas, por ejemplo, no frena como debe ser. Siempre accionan el freno trasero, cuando en realidad, lo óptimo es usar el delantero y apoyarse un tanto en el de atrás”, comentó Francisco Sierra.

Y resaltó que, en varias ocasiones, cuando los motociclistas realizan pruebas en la pista de Incolmotos (Girardota), comprenden que llevan años tomando mal las curvas o empuñando el acelerador de manera equivocada. Desde su óptica, lo que ha faltado en Colombia es una mejor educación vial y más exigencia en la formación.

Para acabar de ajustar, en la década de los 80 el fenómeno de la violencia se tomó al país y los atributos de Yamaha fueron su propia condena. Eran las favoritas de los pelaos sanos y de los traviesos por igual. Eran como los perros de razas potencialmente peligrosas: en las manos adecuadas eran nobles, fieles, utilitarias, pero en las equivocadas podían ser mortales.

Ese voltaje callejero era casi imposible de controlar. El fabricante poco o nada podía hacer ante esa situación. Entretanto, estas motos seguían encaminándose hacia una suerte de culto. A los verdaderos amantes poco o nada les importaba toda esa atmósfera y las seguían disfrutando.

Una decisión histórica

La bonanza textilera en el país se estaba agotando y los empresarios se vieron obligados a salir de las inversiones que tenían en otros sectores productivos. Entre esos, el de las motos. Fue así que, en 1985, don Francisco Sierra tomó la decisión de comprarle la operación a Coltejer.

“Era un negocio que yo había creado, lo conocía y fue fácil seguirlo manejando”, contó el precursor de Yamaha en Colombia cuando le preguntamos si no sintió nervios al saber que ya la fábrica estaría por su cuenta.

Nada lo ha detenido y ha sabido navegar entre las tormentas que le han caído. Se caracteriza por ser un empresario humanista. En la planta de Incolmotos, Girardota, tiene cerca de 1.000 empleados, a los que considera el alma de la compañía.

En el edificio administrativo de la fábrica tiene un museo con los modelos más insignes, pero entre toda la colección hay una consentida: la YA-1, la primera que ensambló Yamaha en su historia (1955).

Existen muy pocas en el mundo y es casi imposible cuantificar su valor. La que tiene don Francisco fue un regalo que le hicieron sus socios japoneses.

Cómo seguir liderando

Francisco Sierra reconoció que las motos de Yamaha no son baratas y no está interesado en bajarles el costo, pues aprendió de los japoneses que reducir los precios implica bajar la calidad y eso es inaceptable para una escudería que siempre busca la excelencia.

De hecho, resaltó que Yamaha acumula muchísimos años consecutivos como la top of mind en Colombia, un anglicismo usado para decir que es la primera marca que llega a la mente de las personas cuando piensan en motos.

“Cuando uno se propone una cosa en la vida, la saca adelante. Y yo me propuse hace 46 años que Yamaha tenía que ser la número uno en Colombia”, remarcó don Francisco Sierra, a quien los seguidores que lo conocen le dan gracias por haber hecho posible que las “bellezas de Japón” pudieran arribar al territorio colombiano

47
años cumplirá el ensamblaje de Yamaha en Colombia en octubre.
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