En octubre de 2022 un puma concolor de tres meses se inmiscuyó entre los predios de una de las tantas fincas de Ciudad Bolívar, municipio del suroeste antioqueño. Después de entrar, el animal se acercó hasta el sitio en el que se hallaban las gallinas de los propietarios y se comió una. La acción fue rápida y, contra todo pronóstico, no concluyó en lo que, usualmente, este tipo de hechos suelen concluir: la muerte del felino.
Resulta que, ante el temor y el desconocimiento, la comunidad prefirió darles aviso de su presencia a las autoridades ambientales, es decir, a la Unidad Agroambiental local y a Corantioquia, quienes se trasladaron hasta el lugar en el que había sido reportado, y una vez allí pudieron constatar, a través de una evaluación clínica, que se trataba de un puma de unos tres meses de edad que conservaba su comportamiento natural, una buena condición corporal y deshidratación leve, según Sarita Suárez Aristizábal, médica veterinaria del convenio de fauna silvestre entre el Área Metropolitana del Valle de Aburra, Corantioquia y la Universidad CES. Datos que los llevaron a pensar que el cachorro estaba sin su progenitora desde hacía muy poco.
“Al principio se pensó en devolver la cría a su madre, el cual es el manejo ideal en este tipo de situaciones, sin embargo, evaluamos diversos factores para tomar la decisión que más le conviniera al individuo recuperado, al ecosistema y a la comunidad. En este caso se puso en consideración la condición de la cría de puma (infantil dependiente de la madre), la configuración del paisaje (altamente intervenida con producciones agropecuarias) y la percepción de la comunidad (temor a que el cachorro atacara a los animales de producción o a que los perros atacaran al cachorro antes de que la madre lo encontrara)”, explica Suárez.
Una vez evaluadas todas esas variables, resolvieron que lo mejor para ese ejemplar era brindarle atención en un espacio donde no corriera peligros, por lo que lo llevaron a un hogar de paso de Corantioquia, ubicado en San Jerónimo, en donde se ambientó su hábitat natural y en el que tuvo a su disposición a todo un equipo de médicos veterinarios, zootecnista, biólogos y operarios que procuraran su bienestar.
Sin embargo y pese a todos los esfuerzos, no fue posible enseñarle todas las estrategias y los comportamientos que aprendería naturalmente de su madre, pues para esta especie es común que ambos recorran juntos hasta 200 kilómetros cuadrados de lo que consideran su ámbito hogareño, cuando las crías cumplen 15 meses de vida y hasta los 26, por lo cual, se sabe de antemano que “cuando este individuo que rescatamos sea adulto no tendrá todas las habilidades para ser exitoso por sí mismo en el medio silvestre”, cuenta la médica veterinaria.
Pero, a veces, es necesario detenerse en algunos hechos puntuales para comprender bien los contextos, o sea, es necesario aclarar que el papel y el lugar de la hembra en la primera etapa de vida de estos carnívoros que también son conocidos como leones de montañas o leones americanos, no es diferente a la de cualquier otro mamífero y en el más sentido estricto de la palabra: ellos también dependen de la leche de su madre para nutrirse y para sobrevivir y dependen del refugio que ella les brinde porque en su condición de depredadores requieren tiempo para fortalecer y madurar sus habilidades.