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Documental Verde como el oro, para no olvidar al oso andino

El documental “Verde como el oro” analiza el impacto que las actividades extractivas tienen en ecosistemas y las especies que lo habitan.

  • En Colombia, el oso andino es una de las tres especies sombrilla de los andes tropicales, junto con el puma y el águila crestada. FOTO Juan Antonio Sánchez
    En Colombia, el oso andino es una de las tres especies sombrilla de los andes tropicales, junto con el puma y el águila crestada. FOTO Juan Antonio Sánchez
02 de agosto de 2021

Las fuertes patas que sostienen los 110 kilogramos de peso del oso andino van rompiendo ramas de árboles y van aplastando tierra en cada pisada que, lento, con paciencia, lo van llevando de aquí para allá.

En ese caos, en vez de destrucción, genera vida. Pues al subirse a los árboles y al quebrar las maderas facilita la entrada de luz solar a los suelos del bosque y, con ella, la metamorfosis.

En su denso y oscuro pelaje carga, aferradas a cada fibra, pequeñas semillas que viajan y que, al caer al suelo, germinan y llenan de diversidad y colores los bosques. Es jardinero, dispersor.

Este oso es, además, el hermano mayor de los humanos, dicen en la comunidad Embera-Chamí. “Es el hermano perdido entre el cielo y la tierra y entre la selva y los picos de los Andes”, expresa Cristian Zapata, del resguardo La Mirla.

Además de ser el único oso de Suramérica y exclusivo de cinco países, es también una especie clave en el ecosistema tropical, y además está ligado social y culturalmente a los campesinos y a las comunidades indígenas de la región.

A pesar de ello, se encuentra en estado vulnerable de conservación y, actualmente en la región del Suroeste de Antioquia, está especialmente amenazado por la destrucción y los cambios en su hábitat natural que trae la minería.

Estas escenas pueden encontrarse en el documental “Verde como el oro”, dirigido por Isabella Bernal y disponible durante todo el mes de agosto en YouTube, en el canal con el mismo nombre.

Verde como el oro

Hierro, cobre, plata, aluminio, oro... minerales y metales que son extraídos directamente desde la madre tierra, sin permiso, sin reparación, y que son, de acuerdo con las mismas comunidades indígenas, “los huesos, las costillas”, de la naturaleza.

“Al sacarlos, la madre no vuelve a ser la misma. Y si se enferma la madre, se enferman los hijos, y los hijos somos nosotros. Y la sangre, el agua, se contamina”, continúa Zapata en el documental.

El proyecto cinematográfico se desarrolló en el Suroeste antioqueño, una zona biodiversa y hogar de especies de fauna, flora y de pueblos patrimoniales del país.

Allí, la multinacional Anglo Gold Ashanti está desarrollando un proyecto minero con un alcance de más de 30 años que sacará 4,9 millones de toneladas de concentrado de cobre, oro y plata para unas ganancias calculadas en 12 billones de dólares.

Esto, según la Corporación Gaia, no solo afectará a los osos andinos, sino que “será determinante para el 74 % de las especies de mamíferos y 40 % de las de aves de la región y podría contaminar y reducir las corrientes de agua”.

Por eso, el documental buscó expresar el peligro que las especies en vía o peligro de extinción tienen frente a proyectos extractivos en Colombia y lo hace a partir de un protagonista, el oso andino, que, omnipresente, por partes, sin colonizar nunca la imagen completa, muestra la realidad de otras especies de este ecosistema.

“No quisimos mostrarlo completo, sino con tomas cercanas. Queríamos que se sintiera su respiración, la textura de su pelaje. No queríamos una mirada colonialista hacia la naturaleza, sino poner dentro del mismo nivel la relación hombre-animal”, explica Bernal.

Al final, el documental resulta una crítica, un llamado a la acción y una invitación al debate, “una conversación ciudadana que a corto plazo busca frenar una mina, la Quebradona, pero que a largo plazo quiere iniciar un diálogo sobre la democracia ambiental en el país”.

Armar y mostrar

Sentado cerca a un árbol deshoja, una a una, las mazorcas y se las come hasta dejarlas “peladas, tal como la comemos nosotros”, dice Bernal. Los osos resultaron ser el protagonista perfecto para contar la historia que a muchos afecta. “Había muchas similitudes en su comportamiento con el nuestro”.

Así, luego de una investigación teórica, en la que consultó con biólogos y expertos en el tema, se dirigió con su equipo a la región durante un mes, donde visitaron varias reservas, conversaron con comunidades y partieron en búsqueda de las garras marcadas en los árboles, de los olores, de las ramas quebradas, hasta que por fin lo vieron.

“Allí estaba. Lo experimentamos, como omnipresente, porque siempre estuvo aunque no lo viéramos”. Estuvo también en las charlas con los campesinos y en las historias de cacería.

Estas personas de la región, a propósito, tuvieron una metamorfosis. Eran cazadores de osos, de pumas, guardianes de sus propias cosechas. Lo hacían por necesidad o por diversión y estatus, pues matar a un oso andino es muy difícil.

“Hubo una época en la que personas viajaban desde Medellín para comprar sus pieles, o hacer remedios con el hueso molido de la pata izquierda para eliminar el resfriado de los niños, o para muchas otras creencias populares”.

Ahora, 10 o 15 años después, esas mismas personas se han transformado en guardianes de los animales, de la fauna y la flora y, sobre todo, del oso andino. Aprendieron a convivir, a rodearse, a mantener una relación cercana y de respeto y una productividad de la tierra a partir del equilibrio entre especies.

De tres especies importantes, sombrilla, de los Andes (el puma, el águila crestada y el oso), se eligió a este último por su importancia para Latinoamérica con la esperanza de que, a través de él, explicar la necesidad de proteger la naturaleza, sus aguas y aires, su biodiversidad y sus funciones ecosistémicas.

Los protagonistas

Héctor Restrepo, biólogo de la Corporación Gaia y coordinador del programa Abrazando Montañas, que además participó de la realización del documental, explica que este mamífero solo se encuentra en Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Colombia.

En este país tiene presencia en las tres cordilleras, “pero al mirar las condiciones de estas cordilleras, donde hay deforestación progresiva en aumento, asentamientos humanos, actividades agropecuarias, minería y otras amenazas, se da uno cuenta de que esa presencia está muy reducida”, agrega, teniendo en cuenta que el animal no se traslada ni hacia el Amazonas ni hacia la Orinoquía.

La cordillera central es la más habitada por esta especie, pero, aún así, los números son bajos, indica. “Son poblaciones fragmentadas de grupos de menos de 100”.

Lo más preocupante es que, entre sí, están desconectados, no se relacionan, no hay flujo, por lo que “muchos no se encuentran para reproducirse, o se reproducen con los mismos miembros de la familia, lo que hace que se pierda variabilidad genética y posibilidades de resistir a los cambios y amenazas de la vida”, explica Bernal.

Por eso, a quienes participaron del documental les preocupa que la minería interrumpa los corredores biológicos y dificulte la movilización de una especie que no entiende de límites. Pero, como añade Restrepo, será toda la fauna la afectada.

Finalmente, si el oso desaparece, se detiene la dinámica del bosque, dejan de nacer y crecer las especies que él ayuda a dispersar, el ecosistema perderá la capacidad de ofrecer servicios ambientales como la regulación hídrica y dejará de haber vida. “Si los extinguimos a ellos, nos extinguimos a nosotros mismos y a nuestros ancestros”, puntualiza Isabella.

El documental, entonces, buscó explicar que más allá de la crítica a un proyecto minero específico, lo importante es entender cuáles son los lugares en los que se puede hacer minería y cómo se debe hacer responsablemente

4,9
millones de toneladas de concentrado de cobre, oro y otros minerales extraerán.
5
países de Suramérica son los únicos que tienen el oso andino entre sus especies.
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