Joan tiene un ritual todas las mañanas: eleva sus manos, mira al cielo y le recuerda al Señor que el artista es él y que sus manos y herramientas solo hacen su voluntad. Se lo dice y se lo repite a lo largo del día, mientras pinta y da forma a cualquier figura religiosa, ya sea el burro que esperan en algún pueblo de la Costa para protagonizar la Semana Santa, o una virgen Dolorosa con un majestuoso vestido que esperan en Estados Unidos o un cristo que nace de otro cristo.
Joan Alexis Hincapié es hijo del barrio Aranjuez. Lo crió su bisabuela, una mujer con una fe inquebrantable. Entre oraciones y rituales religiosos, Joan fue dotando de un significado especial las imágenes que rodean el mundo católico, tratando de entender su estética y su sentido en el mundo espiritual. Ya para entonces el arte era algo que lo inquietaba, pero todavía estaba lejos de dar forma a santos y ángeles. Su primera obra fue un caballo que dibujó y una tía le compró.
Por un tiempo fue sacristán de la iglesia de San Cayetano, tuvo un negocio de comidas rápidas, se la rebuscó de mil formas y luego se acercó al mundo del arte religioso como revendedor a través de una página de Facebook, aunque nunca perdió la ilusión de ser él el vehículo de ese arte. Pero la faltaban sus herramientas.
Su oportunidad llegó en 2017. El padre Carlos Augusto Londoño, de la parroquia de San Cayetano, le encomendó pintar las bancas del templo y él mismo le obsequió el compresor no solo para que pudiera hacer el trabajo sino para apalancar por fin el proyecto al que le estaba dando vueltas hacía tanto tiempo. Y ya no hubo vuelta atrás. Con el pasar de los meses se le fue midiendo a diferentes desafíos; crear un pesebre allí, restaurar un santo maltrecho allá y cuando estaba listo para conquistar templos y hogares con sus santos y ángeles llegó la pandemia. “Cuando llegó la pandemia yo tenía el taller lleno de santos y lo único que pensaba era que quién iba a comprar una figura religiosa en plena pandemia. Pero mentiras, estaba más equivocado que un berraco”, recuerda.
Las redes sociales, con las que ya había coqueteado en sus tiempos de revendedor, fueron el detonante. Con la fe de que al otro lado de la pantalla alguien viera sus cristos, sus vírgenes y santos creó las cuentas en Instagram y Facebook de Mart Dec. Ahí se dio cuenta de dos cosas: la primera, que Medellín es una meca de arte religioso y prácticamente en cada barrio es posible encontrar artistas y restauradores brillantes. Lo segundo, es que el de él era un talento de exportación.
“Hemos enviado figuras a 29 de los 32 departamentos, solo nos faltan Vichada, Guainía y Amazonas. Muchas veces bromeamos con mi esposa diciendo que si fuéramos a cada lugar, a cada pueblo donde hemos enviado las figuras religiosas que creamos en este taller conoceríamos el país mucho más a profundidad que cualquier presidente o político en campaña”.
Las piezas de Joan han embellecido la majestuosa Semana Santa de Popayán, pero también las humildes celebraciones religiosas de iglesias recónditas en La Guajira y pueblitos escondidos y polvorientos del Cesar. Y también trascendió fronteras. A Ecuador, cuna de artistas talladores de madera, Joan introdujo su arte y estilo con un San José de 1,70 metros que un padre antioqueño le pidió con tal deseo ferviente que ante la dificultad logística para hacerlo llegar directamente a Ecuador, le pidió a Joan enviarlo para que atravesara el país y llegara a Orito, Putumayo, donde el padre llegó a su encuentro para cruzar la frontera con el San José a cuestas.
El San José de Joan le abrió el mercado en Ecuador a pesebres, a la virgen de la Dolorosa y a otras figuras sacras. Joan atribuye la posibilidad de haber llegado a un país con una poderosa tradición de artistas religiosos, entre otras cosas, a la perfección que se ha alcanzado aquí con la fibra de vidrio ante el desuso del yeso y la escasez de las maderas aptas para trabajarlas. Pero además ha enviado su arte a Curazao y a Estados Unidos, donde se abrió camino por primera vez con una Dolorosa que le mandaron a confeccionar con un vestido único, que fuese exclusivo.
Los años le han dado la experiencia para superar los desafíos en la técnica que le han impuesto varias figuras. Recuerda, por ejemplo, un cristo de la columna que le pidieron crear a partir de otro cristo, para lo cual le tuvo que cortar las manos, los pies, cambiar la posición del rostro, abrirle los ojos. Mejor dicho, una absoluta cirugía reconstructiva.
Pero más allá de la técnica lo que más valora Joan es el crecimiento espiritual, la posibilidad que le ofrece su trabajo de llegar todos los días a nuevos significados a través de los vínculos que se tejen entre la fe y los objetos materiales. “El católico no adora imágenes, las valora como símbolos de algo más importante. Es como tener en la casa una fotografía grande enmarcada de la mamá. La foto no es realmente el objeto del amor y de todos los sentimientos que despierta una madre. Es un recordatorio, una representación palpable y cotidiana del valor que tiene para uno la mamá, así funcionan las figuras y por eso es enriquecedor, además de crear o restaurar una imagen, entender esos significados que están más allá de ellas. Yo he trabajado con figuras que tienen unas cargas muy fuertes, pero eso también es valioso porque le recuerda a uno que esto no es una mera imagen de fibra de vidrio”, relata.
No tiene por ahora un lugar particular donde desee enviar sus figuras. Sin proponérselo, ha cumplido anhelos como tener figuras en lugares tan emblemáticos para la fe católica como Popayán. Lo que sí desea es poder crear la figura del beato a quien encomienda a sus hijas: Carlos Acutis, el llamado santo milenial, el patrono de internet y el influencer de Dios, fallecido en 2006 a los 15 y elevado a beato en 2020.
Mientras le llega el momento de convertir la fibra de vidrio en la representación del santo influencer, sigue en su taller cercano a la cancha Ana Frank, en Aranjuez, moldeando los burritos, vírgenes y arcángeles que engalanarán la Semana Santa en Cesar, Manizales, Tolima y otros lugares. Prestándole sus manos al Señor al que todos los días le recuerda que esa expresión de la fe convertido en arte es voluntad de él, Joan solo presta sus manos.