x

Pico y Placa Medellín

viernes

0 y 6 

0 y 6

Pico y Placa Medellín

jueves

1 y 7 

1 y 7

Pico y Placa Medellín

miercoles

5 y 9 

5 y 9

Pico y Placa Medellín

martes

2 y 8  

2 y 8

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

3 y 4  

3 y 4

language COL arrow_drop_down

Alfonso López, el barrio que se fue quedando sin sus abuelos

Creado en 1960 por el ya extinto ICT, casi ninguno de sus fundadores queda vivo. El caso de doña Oliva.

  • 1-Doña Oliva, fundadora del barrio. 2-La cancha de El Ventiadero, con sus dos cauchos gigantes, donde jugaba fútbol. FOTOS JAIME PÉREZ
    1-Doña Oliva, fundadora del barrio. 2-La cancha de El Ventiadero, con sus dos cauchos gigantes, donde jugaba fútbol. FOTOS JAIME PÉREZ
  • Alfonso López, el barrio que se fue quedando sin sus abuelos
01 de abril de 2023
bookmark

Por gustavo ospina zapata

La primera imagen que me llega de la infancia es la de mi madre lavando ropa en una quebrada. Hay otra gente allí pero no distingo a nadie más. En la misma escena me veo sin camisa caminando con un baldecito de agua hacia mi casa, a una cuadra del afluente, y como si fuera una película, luego me pierdo en el laberinto del tiempo.

Yo debía tener unos cinco o seis años. La calle por la que voy está sin pavimentar y la casa a la que entró está hecha en ladrillo gris. En el solar hay árboles y el piso de la vivienda es en cemento. Y mi niñez se va en ese recuerdo.

Doña Oliva Torres Echavarría tiene fresco el recuerdo de esos años cuando el barrio empezaba a poblarse y las señoras tenían la quebrada La Cantera como espacio de encuentro para entablar las primeras conversaciones.

“Claro que me acuerdo, nosotras nos íbamos pa’ la quebrada a lavar. Una vez me caí, pisé una piedra, y me torcí el pie”, cuenta ella envuelta en sus 98 años y reconocida como una de las últimas fundadoras del barrio Alfonso López que sigue viva.

****

Mi barrio se quedó sin viejos y con ellos se fue yendo la memoria de cómo unos lodazales se convirtieron en un territorio de progreso, con supermercados, colegios, centro de salud, avenidas y casas de hasta cinco pisos.

****

Doña Oliva, con su casi un siglo de vida, está lúcida. Ella recuerda que cuando se paraba en la puerta de su casa, en la calle 92 con carrera 72 (conocida como La 15, miraba al frente y veía muchos árboles y al fondo un hospital. “Ya no se ve nada, las casas del frente taparon todo”, afirma un poco melancólica.

El hospital es La María, que fue creciendo casi a la par con el levantamiento de las primeras casas. Alfonso López fue construido por el Instituto de Crédito Territorial (ICT) en 1960 exclusivamente para familias pobres con muchos hijos. Al saber este dato entiendo porqué las familias de mi cuadra fueron numerosas. La de enseguida, los Alzate Henao, eran 11: los padres y nueve hijos. Los del frente, los Soto, 12; los Herrera, 13; en mi casa 13. Y así sucesivamente. Según se cuenta en el libro “Historia del barrio Alfonso López Pumarejo” (Alfonso Palacio Cuartas), el ICT les entrego casas a 722 familias. Doña Oliva, nacida en Sabanalarga (Antioquia) y con esposo de Abejorral, don Álvaro Tabares, había llegado del Valle, de donde era oriundo su padre, ya con tres hijos. Siempre admiré su porte, elegancia y decencia, todo lo cual conserva en su ancianidad.

Hay una paradoja en su historia: mientras la identifico como la única fundadora del barrio que sigue viva y en su misma casa, uno de sus hijos también es el primer asesinado que recuerdo. Se llamaba Albeiro, un muchacho alto, de piel morena y que vestía de bota campana, a quien lo mató un amigo de la misma cuadra, ya fallecido también. Increíblemente, doña Oliva tiene fresco el episodio.

“Ese día era de noche y él entró a buscar algo, reblujó (sic) y sacó un cuchillo, le dije que estaba tarde, que se acostara, pero él dijo que tenía que arreglar un problema, y tan confiado fue que lo arreglaron a él para siempre”, me dice.

Una hija de ella, Ángela, afirma que en realidad el primer muerto del barrio fue un muchacho de nombre Gilberto y que el asesino fue José, un peluquero vecino. Décadas después, en los 90, estos crímenes serían solo anécdotas, pues fueron a machetazos o puñaladas, mientras los de aquella década fatal serían a balazos y las víctimas muchachos entre 15 y 20 años, nietos o hijos de los fundadores.

Con el alma de la calle

La segunda imagen que me llega del barrio me ubica en un grupo de personas que hacen fila para comprar leche. La vendían en litros de vidrio a dos cuadras de mi casa y creo que era el producto más difícil de conseguir para las familias. Enseguida de mi casa había una tienda llamada El Viejo Terminal, cuyo dueño, Martín López, es recordado por casi todas las personas. La tienda tenía, además, carnicería y revueltería. Hoy es una panadería, pero la esquina quedó marcada en la historia del barrio como el Viejo Terminal y así la recuerdan todos. No me cabe duda de que un barrio es nostalgia. Y no imagino cómo lo evocaría si me hubiera ido.

“Usted es pa’ que viva en otro barrio más sano, de más estrato, no en medio de esta violencia y tanta pobreza”, me dijeron muchas veces. Yo decidí quedarme por gratitud con mis viejos y jamás me imaginé jugando fútbol en otras calles o riéndome de la vida en otras esquinas. “Usted siempre va escribir historias porque se quedó en su comuna”, me dijo una vez Memo Ángel, un intelectual de Medellín que fue mi profesor en la UPB.

Mi padre murió hace 16 años. Doña Oliva lo recuerda como un hombre “muy apuesto y noble”. Y hace apenas tres meses falleció mi madre, María Nelly, a sus 90 años.

Esta historia la escribo en honor a ellos en mi última nota como periodista en este diario donde pasé la mitad de mi vida. Sus muertes me hicieron pensar en todos los viejos que llegaron en 1960 al pantanero que era este barrio en sus inicios y que ya no están porque murieron convirtiéndolo en una zona de huérfanos. Para hacer la cuenta de los que ya no están me paro en la acera de mi casa y empiezo a contar.

De la casa del frente ya no están doña Catalina ni su esposo. De la que sigue murieron don Arturo y doña Marta; de la otra tampoco están ni doña Rocío ni don Edilio. La muerte se llevó hace unos años a doña Lola, ya muy anciana, y ni los vecinos ni yo tenemos memoria de su esposo. De la cuadra tampoco están ni doña Bertilda ni don Luis, un señor que tenía vacas que pastaban en el sector del hospital La María, cuando el bosque no se había llenado de casas.

En la misma cuenta recuerdo a don Gabriel y doña Olga y a doña Marta y don Gerardo, el mejor albañil del barrio y que prácticamente construyó todas las casas. También veo a doña Sara y don Abelardo, ella de 1,50 de estatura y él caminando por la calle siempre con sus manos en los bolsillos.

“Yo con la que más me hablaba era con doña Ángela, la esposa de don Humberto”, recuerda Oliva con un brillo en sus ojos y el rostro invadido en la ternura. Doña Ángela se fue hace como 50 años a Estados Unidos y don Humberto murió hace unos años.

Una muerte que el barrio sintió bastante fue la de doña Altagracia Mira, que fue la primera líder cívica, quien inició las luchas para que llegaran el acueducto, el alcantarillado, el pavimento, el centro de salud y las escuelas. De su esposo no tenemos memoria, pero sí de doña Teresa y don Benjamín, de don Julio y doña Rubiela, don Fabio y doña Delfa y de doña Cleofe y don Zacarías.

Seguramente faltan más, casi todos. Como epílogo de esta historia, no podría obviar el recuerdo de una generación de muchachos, hijos o nietos de los fundadores, a los que la violencia de los noventa les cortó la vida y se perdieron el Medellín del metro y el tranvía, de las escaleras eléctricas y de Parques del Río, y de los megacolegios y los gimnasios al aire libre.

Así, me llegan a la memoria Ana, una vecina de 20 años abaleada por su cuñado en la puerta de su casa y a la que le hice un poema y que incluí en mi libro ‘El paisaje alucinante’. Beto, abaleado en el parque donde está el busto a Alfonso López Pumarejo. Yovani, un muchacho del frente de mi casa que todo el día se la pasaba haciendo chistes y burlándose de los amigos. El Gordo Rubén, El Monito, Juan (nieto de doña Oliva), James, un niño de 16 años al que le picaron arrastre para apuñalarlo en la esquina de mi casa. Y Oswaldo, mi hermano, quien murió en los brazos de mi madre cuando ella lo llevaba al hospital después de haber recibido varios balazos junto a la cancha de El Ventiadero, el lugar donde jugué la mayoría de partidos de fútbol en mi juventud.

Hoy me paro en las graderías de esa cancha, a la sombra de los mismos árboles de caucho donde compartí con amigos, hermanos y hasta mi padre jornadas memorables de fútbol, y la nostalgia me invade. Y no veo los abuelos de antes, tampoco los amigos de infancia y juventud. Solo calles, lomas, sombras que me traen rastros de vida de este barrio de nostalgias, de Gardel, de Diomedes y reguetón, donde un día conocí el amor, engendré a mi hijo y donde aspiro vivir el tiempo que me quede en la tierra.

El empleo que buscas
está a un clic
Las más leídas

Te recomendamos

Utilidad para la vida

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD