Hace días que en el Palacio del Planalto, la sede del poder ejecutivo en Brasilia, el retrato de Dilma Rousseff fue retirado de la galería formada por todos los rostros presidenciales que han pasado por aquella casa.
Esta imagen es un ejemplo de una derrota claramente anunciada. Algunos medios de comunicación brasileños se avanzaron a los hechos y días antes ya daban por hecho que la votación del impeachment en el Senado – que acabó con 55 votos a favor y 22 en contra – daría luz verde para que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, fuera apartada del poder durante máximo 180 días.
Después de que Rousseff fuera notificada de la suspensión temporal de su cargo, hizo un breve discurso de catorce minutos al salir del palacio presidencial. Ministros de su ejecutivo y militantes del Partido de los Trabajadores (PT) acompañaban el pronunciamiento con gritos de “Dilma, guerrera de la Patria brasileña”.
“La mayor brutalidad que puede ser cometida contra un ser humano es castigarlo por un delito que no cometió”, expresó. Con la voz ahogada entre aclamaciones añadió: “Ya sufrí el dolor de la tortura, ahora sufro una vez más el dolor inefable de la injusticia. Lo que más duele es la injusticia. Soy víctima de una farsa jurídica y política”.
Al salir del edificio, cinco mil simpatizantes y militantes la apoyaban con aplausos y gestos afectivos, entre ellos el expresidente Luis Inácio Lula da Silva, visiblemente emocionado. La mayoría iban vestidos de rojo, el color que representa al PT, y sujetaban grandes pancartas en contra del juicio político.
“Es un claro golpe de Estado. Es inaceptable. La presidenta fue elegida democráticamente y el pueblo no dejará que este presidente gobierne”, aseguró Catia Lima, estudiante de periodismo.
Vladimir Morães, otro joven manifestante, aseguró que seguirán luchando: “El mundo tiene que saber que se está atentando contra la democracia”.
Los gritos, principalmente, iban en contra de la prensa nacional acusándola golpista y de ser el mismo periodismo que apoyó a la dictadura durante los años setenta.
La marcha continuó por la Explanada de los Ministerios, una de las avenidas más simbólicas de la capital y fue diluyéndose, aunque sufrió algún incidente violento durante una confrontación entre manifestantes y policía.
La misma violencia se vivió cuando la Policía Militar usó bombas de gas lacrimógeno para dispersar a detractores y defensores de Dilma durante la votación del Senado.