Ganar en Estados como California, Texas, Florida o New York significa estar un paso más cerca de la Casa Blanca. Otros como Pennsylvania o Illinois también son determinantes para llevar a un candidato a la presidencia de los Estados Unidos. El Colegio Electoral de ese país tiene un sistema único en el mundo para los comicios porque cada localidad tiene asignado un peso en votos electorales en función de su población.
Esto significa que quien venza en la jornada no siempre será la persona que tenga más tarjetones marcados con su nombre, sino quien obtenga más Estados y, especialmente, los que tienen más peso. El número de votos electorales los determina el Colegio Electoral, que periódicamente revisa el censo de cada lugar del país para hacer ajustes en la importancia de estas zonas.
En las presidenciales están en juego 538 votos electorales y se necesitan mínimo 270 para ganar. Si cada candidato suma 269 se declararía un empate y sería la Cámara de Representantes la encargada de definir quién se queda con la Casa Blanca.
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Lonna Rae Atkeson, profesora experta en comicios de University of New Mexico, explica que en Estados Unidos no se vota de manera directa por un postulado a presidente o vicepresidente, sino por “electores presidenciales”. “Cuando sufragamos a favor de alguien lo que realmente estamos haciendo es dar votos electorales”, comenta. Desde mediados del siglo XIX el país aplicó una metodología en la que el ganador de cada localidad se queda con todo el peso que esta tiene.
El Estado que más suma es California, que representan 55 votos electorales. Le siguen Texas (38), Florida (29), Nueva York (29), Pennsylvania (20), Illinois (20) y Ohio (18). Este mapa ilustra la distribución del valor de cada zona del país.
Si se mira el histórico de resultados de los comicios, hay Estados que han mantenido su respaldo a los partidos por décadas. Massachusetts, New York, District of Columbia, Maryland, Delaware, California, Hawaii y Vermont son, por tradición, territorios del Partido Demócrata. Juntos alcanzan 118 votos electorales.
En contraste, los republicanos tienen prácticamente asegurado su triunfo en South y North Dakota, Alabama, Idaho, West Virginia, Tennessee, Kentucky, Nebraska, Oklahoma y Wyoming. Estos alcanzan 57 votos electorales.
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Hay otros que se conocen como “battlerground states” o Estados en disputa, que son aquellos que han saltado de una colectividad a otra en los comicios como Florida, Texas, Pennsylvania, Ohio y Georgia. Precisamente, en esa lista están algunos de los que más peso tienen en el Colegio Electoral, por lo que son determinantes para marcar una nueva tendencia en cada cuatro años.
Esos saltos de un partido a otro son evidentes cuando se comparan los resultados de los comicios de 2016, en los que Donald Trump le ganó a Hillary Clinton, con los de 2012, jornada en la que Barack Obama obtuvo la reelección al enfrentarse con el republicano Mitt Romney. Este mapa ilustra qué partido ganó en cada localidad en ambos años. En azul están los demócratas; en rojo, los republicanos.
La receta para ganar las elecciones presidenciales en Estados Unidos pasa por tener una estrategia que atraiga a los votantes de esos Estados en disputa, también por mantener el apoyo de las localidades alineadas a los partidos y prestar atención a los votos electorales más que al número de sufragios totales.
Cuando Donald Trump y Joe Biden se enfrenten este 3 de noviembre, cada Estado contará sus papeletas y quien tenga más tarjetones con su nombre se quedará con todos los votos electorales de esa localidad.
Ese martes los medios hacen sus cuentas y se anuncia al público quién se quedó con la Casa Blanca, pero la decisión solo se hará efectiva hasta el 8 de diciembre, cuando los electores que representan los votos electorales de cada Estado entreguen ante el Congreso los certificados de esa decisión.
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Los electores son personas que representan las localidades ante el legislativo federal. Dependiendo de la ley de sus estados, no siempre están obligados a que la decisión que lleven ante el Capitolio sea la misma que tomaron los ciudadanos en las urnas. Cuando exmandatario Richard Nixon compitió en las presidenciales de 1960, 1968 y 1972 perdió votos electorales de electores que al llegar al Congreso decidieron de manera unilateral no darle sus delegados.
“Las deserciones nunca han cambiado un resultado electoral, aunque han ocurrido muchas veces”, explica Lonna Rae Atkeson de University of New Mexico. Si bien esas “traiciones” a la voluntad popular no son castigadas por la ley, cuando suceden los electores pueden ser retirados del cargo.
Incluso, cuando Trump ganó en 2016 hubo electores desleales. Para que esto no vuelva a suceder, el 6 de julio de este año la Corte Suprema ordenó que los Estados exijan promesas a sus electores y penalicen el desvío de votos.