Solo el año pasado Estados Unidos devolvió a 14.200 colombianos indocumentados que querían vivir la promesa del “sueño americano”, muchos de ellos estaban esperando que se les acogiera como asilados, una táctica que se ha vuelto costumbre. Entre ellos estaba un hombre al que llamaremos Alberto, quien se adelantó a su familia y vendió algunas pertenencias para ajustar los casi 15 millones de pesos que le cobraba un hombre mexicano para pasarlo por “el hueco”.
Alberto era un hombre ni tan pobre ni tan rico, un hombre de clase media que hacía esfuerzos para llegar a fin de mes, padre de unos hijos talentosos que competían en un deporte con miras a convertirse en profesionales. Sin embargo, en algún momento sintió que esos sueños podían tener mayor vocación de realidad en Estados Unidos, por eso viajó a finales de 2023 y fue devuelto a mediados del año pasado.
El caso de Alberto es apenas uno de los cientos de miles dramas familiares detrás de bambalinas de la crisis diplomática que provocó el presidente Gustavo Petro al negar este domingo el aterrizaje de un avión con deportados de Estados Unidos. La crisis ha dejado al descubierto un impresionante fenómeno de cientos de miles de colombianos que quieren entrar de manera ilegal a Estados Unidos. En 2021, detuvieron a 6.700 colombianos en la frontera, y apenas dos años después, para 2023, fueron 170.000.
Detrás de está migración, de quienes no se van por el Darién sino que llegan en avión a México, y buscan o cruzar la frontera o entregarse a las autoridades migratorias para pedir asilo, más allá de las ilusiones se mueve un jugoso negocio: a cada migrante le cuesta por lo menos US$10.000 para llegar allá. Dinero que pierden una vez los deportan.
Luego de 20 horas, la crisis se resolvió, el gobierno de Colombia aceptó que siguieran llegando deportados de Estados Unidos a nuestro país, pero ofreció traerlos en el avión presidencial.
Es decir —tema ya harto mencionado—, el presidente Gustavo Petro puso al país a las puertas de una debacle económica por una práctica que se está realizando desde el gobierno de Joe Biden, contra el que no protestó seguramente porque este era del partido Demócrata —la izquierda estadounidense—. Sin embargo, la pelea de redes sociales que inició Petro terminó en que ahora el país está pagando la deportación de los colombianos, un gasto para el que la Casa de Nariño no estaba preparado y que le aprieta aún más una billetera que no aguanta mucho más.
Los datos del Departamento de Defensa, para 2022, hablan de un costo promedio por hora de vuelo, para este tipo de aviones, de entre US$68,000 y US$71,000. Con base en estas cifras, un vuelo de 12 horas, contando ida y regreso, costaría entre $816,000 y $852,000, es decir, alrededor de 4.000 millones de pesos colombianos.
También vale recordar cifras de colombianos deportados desde Estados Unidos a Colombia. Al final del primer gobierno de Donald Trump, fueron expulsados del país norteamericano 2.089 nacionales por haber ingresado de manera ilegal: 1.158 en 2019 y 931 en 2020. Posteriormente, en el gobierno de Joe Bien, la cifra creció exponencialmente: en 2022 se deportaron 3.753 ciudadanos, en 2023 se deportaron 9.866 y en 2024 la cifra llegó a 14.268.
De acuerdo con datos de la organización Witness at the Border (Testigo en la Frontera), entre 2020 y 2024 (fin del primer gobierno de Trump y todo el gobierno de Biden) Colombia recibió 475 vuelos de deportación de inmigrantes. Los países que en esos años recibieron más vuelos de expulsados de Estados Unidos han sido Guatemala (1.778), Honduras (1.419), México (759), El Salvador (616), Colombia (475), Ecuador (407) y Haití (337). En promedio, en el país llegaron 95 vuelos de deportados al año.
Las rutas del migrante
Volvamos con la historia de Gustavo. Para lograr su paso por el hueco tuvo que endeudarse con agencia de viajes y llegar a Ciudad México, luego cruzó ese país hasta Tijuana y entonces atravesó la frontera con un “coyote” —personas que pasan a migrantes de las maneras más riesgosas a Estados Unidos— y pudo estar en ese país casi un año.
Una historia muy distinta a la de Alexander, un ingeniero que trabajaba en el Metro de Medellín y quien ganaba unos 4 millones de pesos; se gastó 10.000 dólares viajando hasta Ciudad Juarez y luego a Nuevo México, donde estuvo detenido durante doce días y regresado a Colombia con una mano adelante y otra atrás.
Cuando llegan a México, los migrantes que van por tierra en el periplo que atraviesa por Centroamérica, suelen tomar tres rutas: la de la Costa Pacífica tiene estaciones en las ciudades de Tapachula, Arriaga, Ixtepec, Ciudad de México, Guadalajara, Altar, Nogales, Mexicali y Tijuana, de acuerdo con el rastro de las autoridades de ese país.
La ruta de la costa opuesta, en límites con el Golfo de México, pasa por Tenosique, Córdoba, Tula, San Luis Potosí, Monterrey, Reinosa y Nuevo Laredo.
Y la más peligrosa es la que va por el centro del país, que pasa por Tula, Torreón y Ciudad Juárez, con el propósito de atravesar la línea limítrofe en El Paso, Texas. Esta es la que más proclive a secuestros por parte de los carteles narcotraficantes.
Una de las colombianas que llegó deportadas de Estados Unidos este martes, contó que durante su viaje por suelo mexicano abordó un tren de carga como “polizón”. Se trata de una famosa máquina conocida como “la Bestia”, que va del sur al norte de México transportando mercancía.