Amaneció, el Amazonas llevaba 16 días ardiendo y, de repente, el mundo hablaba sobre Suramérica, la selva y las políticas ambientales de la región. Eso ocurrió el pasado 20 de agosto. Desde entonces, la atención está sobre el continente y hay una crisis diplomática entre el gobierno de Brasil y la Unión Europea: Jair Bolsonaro minimiza la gravedad de la crisis mientras Alemania, Francia, Noruega y otros le piden actuar.
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No es solo la Amazonia. La región es rica en ecosistemas y tiene el 30 % de las reservas hídricas del planeta. Como lo muestran las cifras (ver infografía), en este territorio está gran parte del líquido que el mundo necesitará para el futuro porque, mientras en zonas de Europa y Norteamérica el agua de calidad escasea, en esta parte del mundo están las fuentes hídricas que, en teoría, garantizan el acceso al fluido.
Como lo indica el experto en derecho internacional ambiental de la U. Jorge Tadeo Lozano, Fabián Cárdenas, “los ojos están puestos en nosotros porque detrás del Amazonas está el recurso hídrico”. Él ve una disputa entre los Estados del norte, que anhelan que sea reconocido como bien común, y los del sur, que apelan a la soberanía referente a estas zonas.
La investigadora Rosana Lecay lo describió claramente en un análisis publicado en 2005: “La estrategia geopolítica de Estados Unidos en América Latina se basa en el control de sus recursos (biodiversidad, agua y petróleo)”. Ese concepto de “geopolítica” se resume en cómo las decisiones políticas de un Estado en sus relaciones internacionales se median por cuestiones de conveniencia geográfica.
Parafraseando a la profesora de la Universidad Externado, Margarita Marín Aranguren, los actores internacionales están interesados en acceder a “recursos” y el agua es uno de los más apetecidos. Ahí entra Suramérica: un territorio diverso que para los analistas está en medio de los intereses de los poderes.