En octubre de 1963 una estudiante de filología perdió la calma al darse cuenta del retraso: la regla debió llegarle una semana atrás. Este hecho cambió por completo sus rutinas, el peso de la vida cotidiana. Después de titubeos y varias charlas con amigos y compañeros, abortó. Años después —convertida en una autora de renombre internacional— escribió el relato de su vivencia emocional y médica: se trata de El acontecimiento, una obra de sesenta páginas escrita por la francesa Annie Ernaux.
Por supuesto, no es la primera vez que se narra un aborto, pero estas cuartillas tienen un ingrediente extra: hay una perfecta identificación entre la primera persona de la narradora y la de quien aparece en la solapa y cuyo nombre figura en la tapa. El lector entra en el libro con una certeza: los hechos no son fruto de la imaginación y le ocurrieron a Ernaux, a quien la academia sueca le otorgó este año el premio Nobel de Literatura.
Y lo hizo, precisamente, por el coraje de construir una trayectoria a partir de la vida misma, de presentarse en sus libros sin las máscaras de la ficción y la tercera persona. Ernaux es una de las exponentes de una forma de escritura llamada por los periodistas y los críticos “Literatura del yo”.
¿Y eso qué es?
En palabras de Iván Padilla, profesor de literatura de la Universidad Nacional, al hablar de este tipo de literatura es más preciso utilizar el plural. Las literaturas del yo se manifiestan en diferentes formatos de escritura que van de la autobiografía, la memoria, los diarios hasta las autoficciones y los testimonios.
Todas parten de un sustrato documental, pero no se limitan a ser mecanismos de catarsis o intimistas. El relato que se hace sobrepasa los lindes de lo personal y buscan dar cuenta de las tensas relaciones entre el individuo y la sociedad. Por ejemplo, El acontecimiento supera la naturaleza confesional al incluir una crítica profunda a los prejuicios de los médicos frente al aborto.
En estos libros, dice Padilla, “el yo establece una relación dialéctica con el mundo”. El sujeto se reconoce al tiempo producto de la sociedad y también un agente que incide en ella y de alguna manera la transforma o refrenda.
Sin embargo, no se puede caer en la ligereza de considerar lo narrado en estas obras una reproducción exacta de la realidad. La memoria es inexacta, distorsiona, modifica, une, separa, interviene, edita. Todo relato no es la realidad, es un fragmento de ella matizado por las ideologías, las experiencias vitales, los sentimientos y las rabias.
Resulta iluminador el caso del periodista David Carr. Al cumplir los cincuenta el reportero decidió reconstruir los turbulentos años de adicción al crack contrastando sus recuerdos con los de las personas cercanas.
Una de las escenas más oscuras de su biografía es aquella en la que impulsado por el frenesí se enzarzó en una pelea con un amigo de parranda: todo estuvo a punto de pasar a mayores y entrar a las secciones judiciales de los diarios. En la refriega el amigo —así lo recordó Carr durante años— sacó una pistola, la amartilló y le apuntó con ella dispuesto a abrir fuego ante el menor movimiento.
No obstante, Carr se llevó una sorpresa al entrevistar al oponente y a testigos. Según el relato de terceros, sí hubo una pistola, pero estuvo en una mano distinta, en la de Carr. Esta disonancia en las narraciones le sirvió al gringo para corroborar en carne propia algo que los teóricos de la literatura y de la criminología han dicho muchas veces: la memoria es frágil, poco confiable. La noche de la pistola –el libro de 500 páginas publicado por Carr– es ejemplo contundente de ello.
No todas las novelas en primera persona que tienen un personaje que se llama igual al autor pueden considerarse literaturas del yo. Por ejemplo, Soldados de Salamina, de Javier Cercas, narra las pesquisas de un periodista muy parecido a Cercas, pero todo el relato parte de la ficción. También existe el caso del autor que emplea su vida como material narrativo pero le cambia el nombre al personaje: en casi todas las novelas de Charles Bukowski opera ese mecanismo de distorsión.
Las literaturas del yo no se han salvado de los dardos de la crítica. La creciente lista de libros interesados en las vidas de los hombres y las mujeres contemporáneos a menudo es objetada por los comentaristas por centrar el foco en la intimidad, en las minucias del día a día. Casi una escritura interesada en el ombligo de los autores. Para Aina Vidal y Neus Rotger los tiempos actuales resultan fecundos para las narraciones del yo por el desplazamiento que han operado las redes sociales respecto a los temas de conversación social. Ahora lo privado es lo público.
De hace tiempo
Las literaturas del yo no son un fenómeno editorial reciente. Por el contrario, tras un rastreo se pueden encontrar casos en la antigüedad. Para la crítica, Las confesiones, de san Agustín, es el primer ejercicio occidental de este formato de escritura.
Al igual que Ernaux y Carr, Agustín redactó un recuento de su vida con el objetivo de afianzar una interpretación del mundo, de dejar en evidencia los caminos que transitó para ser quien fue. Dando un salto temporal y geográfico se cae en la cuenta que en la Colombia del siglo XIX abundaron las muestras de los libros del yo: no pocos políticos y letrados dejaron volúmenes para explicar a partir de sus periplos los vaivenes culturales y sociales de la naciente república. Una muestra son las memorias del político y escritor José María Samper, Historia de un alma (así con el sujeto en femenino).
Fue en el siglo XX que apareció el proyecto colombiano más consistente en estos terrenos: el ciclo novelístico de Fernando Vallejo se escribió con la consciencia de las fisuras del recuerdo y la potencia narrativa de la primera persona. El dictamen del comité sueco para otorgarle el Nobel a Ernaux bien puede emplearse para describir la obra del antioqueño. En ella también se perciben “el coraje y la agudeza clínica con que desvela las raíces, extrañamientos y frenos colectivos de la memoria personal”.
La entrega del Nobel de Literatura abre la puerta a discusiones sobre el papel de las mujeres en las artes —Louise Glück—, de las secuelas del colonialismo europeo —Abdulrazak Gurnah— y, ahora, de las luchas históricas de las mujeres para equilibrar la balanza social —Annie Ernaux—. También, de paso, sirve para recordar la consistencia de castillo de arena que tienen las memorias colectiva e individual.