Esta es una niña bonita (de unos 20 años, tal vez) que con paso diligente, casi en puntillas, esquiva mesas y morrales, sillas y bolsos. Está en la tarima del café Otraparte, en el Jardín Botánico.
La niña bonita, de balaca y chaqueta, porta una caja trasparente para ofrecer su contenido: muchos frascos de vidrio con mermeladas que ella misma prepara. Para descansar, aligera su carga. Sobre mi mesa, las mermeladas de uva y de uchuva son una provocación.
Tomo un frasco y observo la tarjeta, hecha a mano, unida con una fina cabuya: "Dulce Isabella. Este dulce no contiene preservantes (sic) ni colorantes. Fecha de vencimiento: 31 de octubre de 2011. Produce sinestesia".
- "No hay datos de contacto: si me gusta su mermelada, ¿cómo hago para volver a conseguirla?", le pregunto con la mirada perdida en un almíbar de color púrpura.
- "No volveré a venderlas. Me voy a estudiar a Buenos Aires", me responde, desdeñando cualquier elogio de sus productos.
Los balances son una manera de medir nuestra capacidad de acción, resistencia, omisión y licencia en un evento determinado. Las cifras suelen ser la manera más común de establecer "un balance".
Durante la V Fiesta del Libro, me senté en 12 butacas del público, 1 sillón de panelista y 2 suelos distintos. Dos veces me tocó estar de pie. Me enamoré perdidamente de 14 libros de los cuales pude comprar 8. Sigo soñando con 6. En los corredores me regalaron 2 libros. Me firmaron 3, con dedicatoria. Recogí del piso los apuntes que 1 escritor tiró como basura. Me emparamé 1 vez. Me dormí en 1 conferencia.
1 personaje me dejó plantada: Jon Lee Anderson.
3, asombrada: Juan José Hoyos (¡siempre!), Marina Colasanti y Manel Dalmau.
1, me decepcionó: Fernando Savater.
1 fantasma me habló: Roberto Bolaño.
1 tesoro: la colección Letras vivas de Medellín.
2 libros excepcionales: Al oído de la cordillera , de Ignacio Piedrahíta; y La eterna parranda , de Alberto Salcedo Ramos.
Supe del robo de las obras completas de Shakespeare, el mismo día en que Pola Oloixarac, escritora argentina, reiteraba en un panel que ella había robado muchos libros en su vida ("pero nunca de bibliotecas públicas", aclaró). (Qué tal agregar una excepción adicional a su regla: no robarle libros a quien vive de su venta).
Mi mayor y, tal vez, único logro: por primera vez, vendí un libro. Cuando visitaba un stand , la encargada tuvo que ir a la bodega y, mientras regresaba, le hablé a una curiosa de Prohibido salir a la calle , de Consuelo Triviño. Le gustó y lo compró. Precio de feria, le dije (como si yo supiera el valor normal).
Cifras. Todo se reduce a ellas. Ojalá las de la V Fiesta del Libro hayan sido las mejores. Sin conocerlas, puedo afirmar que esta ha sido mi versión favorita (pese a los cambios en la programación).
Más vale llegar como la niña de las mermeladas, sin pretensiones. Dejar un poco del sabor que uno puede llegar a producir. Ácido, amargo, dulce. Efímero. Inolvidable.
Las letras como mermelada. Para saborear donde mejor nos sepan.
Me queda el último tris del "Dulce Isabella" de uva, que avaro se desliza por las paredes del pequeño frasco.
Sólo pasar y dejar un sabor, imposible de rastrear.
Pura sinestesia.
Pico y Placa Medellín
viernes
0 y 6
0 y 6