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Escollos de Colombia para viajar a Tokio hace 56 años

Hubo colectas, eventos artísticos callejeros y hasta corrida de toros. El ciclista Papaya Vanegas fue la figura de la delegación nacional.

  • Mario Papaya Vanegas ha sido un referente de los velocistas de Colombia ante el mundo. FOTO Archivo El Colombiano
    Mario Papaya Vanegas ha sido un referente de los velocistas de Colombia ante el mundo. FOTO Archivo El Colombiano
  • Julio Arango. FOTO ARCHIVO EL COLOMBIANO
    Julio Arango. FOTO ARCHIVO EL COLOMBIANO
  • Pedro Grajales. FOTO ARCHIVO EL COLOMBIANO
    Pedro Grajales. FOTO ARCHIVO EL COLOMBIANO
20 de julio de 2021
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Hace un poco más de 56 años, la delegación de Colombia que asistió a los Juegos Olímpicos de Tokio, celebrados en octubre de 1964, casi que tuvo que pasar la totuma.

Para recoger los más de $300.000 que costaba el viaje al Lejano Oriente, se hicieron colectas, presentaciones de orquestas y cantantes famosos en las calles céntricas de Bogotá. Incluso se realizó una corrida de toros, con Pepe Cáceres, en Medellín.

Eran tiempos en los que el deporte, prácticamente, acudía a la mendicidad para enviar gente al exterior; no había un criterio sobre lo que significaba el olimpismo. En aquella época, hasta ir a Japón era como viajar a la luna.

“Los pasajes aéreos de los 20 integrantes de la delegación nacional, que iba a representar al país, tuvieron que ser pagados a crédito, porque los auxilios oficiales no se habían hecho ni efectivos, ni a tiempo”, cuenta el periodista Alberto Galvis, director de la revista olímpica del COC y secretario de la Academia Olímpica Colombiana, en su libro Colombia Olímpica 1. Relata, además en la misma publicación, que “hasta la Dimayor respaldó al Comité, con un crédito ante Coviajes, para hacer posible el desplazamiento a Japón”.

Pero lo más complejo en esta tarea era recoger el dinero. El COC lideraba la campaña y contaba con aliados como Caracol y El Tiempo. Al frente de las instalaciones de Caracol, en Bogotá (carreras 8ª y 9ª con calle 19), la cadena radial, con el locutor y presentador Carlos Pinzón a la cabeza, realizó una maratón artística e instaló una urna, indica el ciclista Javier Ñato Suárez. Por allí desfilaron cantantes, orquestas y presentadores, con el fin de recaudar fondos.

En Medellín, mientras tanto, el torero Pepe Cáceres, radicado en México y amigo de los ciclistas nacionales, especialmente de Mario Papaya Vanegas, montó un festejo taurino en la Plaza La Macarena, al cual también asistieron los corredores que irían a la capital nipona, con el fin de recolectar más dinero. Cáceres pagó los costos de su traslado al país, tal como lo certificaron EL COLOMBIANO y VEA Deportes en su ediciones de septiembre y octubre de 1964.

Sopa de cangrejo

Pero no todo fue malo para Colombia en la parte previa al viaje a Japón. Hubo trabajos relevantes, como el que cumplió la delegación de ciclismo, esa con la que se tejían algunas ilusiones. El equipo estuvo concentrado durante dos meses en la Escuela de Cadetes General Santander de Bogotá, en donde compartía a diario con los oficiales. Desde ese lugar, los ruteros salían a entrenar por los lados de Melgar y la represa del Sisga, bajo la dirección del técnico antioqueño Ricardo Pinta Zea, en tanto que los pisteros hacían sus prácticas en el velódromo Primero de Mayo.

Los deportistas alojados en la Escuela, al igual que los cadetes, debían ajustarse a las costumbres del lugar. “Lo que más nos impresionó, aparte de la rigurosa disciplina, fue esa sopa de cangrejo que nos servían al almuerzo. Nos decían que era para que estuviéramos fuertes. Unos la aceptaron gustosos y otros...”, cuentan Mario Vanegas y el Ñato Suárez.

Pero la estancia de los ciclistas en aquella concentración no se quedó en esa anécdota. En una de las visitas a la peluquería de la Escuela, Martín Cochise Rodríguez, siempre tomador de pelo, retó a su amigo Javier Suárez a que se raparan la cabeza. El Ñato fue el primero en turno y creyó que su compañero no lo haría, pero finalmente aceptó. Durante varias semanas, ambos referentes del deporte nacional en aquella época, cubrieron la tusada con gorros de lana o boinas. El suceso, incluso, les valió un regaño del presidente de la Aciclismo, Carlos Peñaranda, quien les dijo: “Los vamos a dejar aquí y no irán a Tokio”. Los dos se hicieron inconfundibles para el público que los vio en las fotos de los periódicos y revistas. “No sé a qué hora cometí tal barbaridad. Siempre me arrepentí de haberle hecho caso a Martín”, rememora Suárez.

Pese a las vicisitudes, pero con el aporte de algunas empresas y del público en general, que también dio dinero, el viaje hacia la nación del sol naciente, se realizó el 5 de octubre de 1964. La primera parte del vuelo se cumplió en un avión de Varig, que llevó al elenco a Ciudad de México. Luego se tomó una nave de Panamerican rumbo a Los Ángeles. Tras pernoctar tres días en la ciudad californiana, se cumplió el tránsito final con escalas en San Francisco y Alaska, para llegar a Tokio, 12 horas después, tal como lo contó el Ñato Suárez a EL COLOMBIANO.

La “jugada” a Papaya

Del ciclismo se esperaba mucho ya que, dados sus antecedentes, era el deporte que mandaba la parada dentro del contingente patrio. Pero al arribar a la sede olímpica, se presentó algo inesperado: una lluvia que no paró durante tres días consecutivos.

Los ciclistas no podían salir a entrenar diario y, además, no contaban con prendas que los protegieran de la lluvia; permanecían en el alojamiento, hacían gimnasia, dormían y comían. Tampoco contaban con rodillos para sus entrenamientos. A pesar del panorama, el velocista Mario Papaya Vanegas mostró de nuevo las garras, tras haber sido 8° en los Olímpicos de Roma.

“Yo llegué a Tokio sin poder competir en el Mundial de París, ya que la Aciclismo no tenía dinero. La lluvia nos afectó a todos los ciclistas pero, al competir, logré mi primera victoria y luego pasé a los octavos de final, derrotando a dos gigantes de la velocidad mundial: al soviético Omar Pkhakadze y al francés Pierre Trentin. Tras largas jornadas de lluvia e interrupciones, fui, para mi sorpresa, a un “doble hit” ante el italiano Sergio Bianchetto, quien en el segundo enfrentamiento me llevó contra la malla y me cerró el paso, lo que era falta. Me hicieron trampa. Pero ese 5° lugar, entre 39 velocistas, me dejó como el mejor colombiano clasificado en los Juegos y abrí el camino a los futuros especialistas del país”, cuenta Vanegas.

Esta del Japón, fue para él una de sus máximas experiencias. Lo impresionaron los jardines de la Villa Olímpica, los bloques de alojamientos separados para hombres y mujeres, la alimentación de los restaurantes –abiertos las 24 horas– y la belleza de Tokio, con su gente educada y reverenciosa. Recuerda una anécdota que vivió con Cochise Rodríguez, quien resultó eliminado en la primera ronda de la persecución individual. “Fuimos a un almacén de juguetes y casi que no puedo sacar de allí a Martín, porque estaba como embobado”.

Al igual que Vanegas, Pedro Grajales y Julio Arango, otro colombiano con destacada actuación. El esgrimista Ignacio Posada (llegó a ser Brigadier General del Ejército) eliminó en primera ronda al argentino Rafael González en un combate de desempate en la modalidad de sable. También superó el round inicial de florete, al calificar 4° en el grupo G, con dos triunfos ante rivales de EE.UU. e Irlanda, y sumar tres derrotas.

Por fortuna, transcurridos más de 56 años, Colombia volvió a Tokio, sin tener que estirar la vieja totuma

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