Un silencio sepulcral reemplazó el ruido de los tambores y cánticos de los hinchas del Medellín que se reunieron frente a la tribuna occidental del estadio Atanasio Girardot para ver la final en pantalla gigante, cuando el Pereira anotó el último penal de la tanda y consiguió su primer título.
Donde antes había caras de emoción, esperanza y desesperación durante los cobros desde los doce pasos, quedaron rostros de desolación y el sinsabor de los aficionados por haberse sentido cerca de celebrar un título después de seis años, pero quedarse sin nada en pocos minutos en la lotería de los penaltis.
Algunos hinchas se taparon el rostro con la camiseta para que los demás no los vieran llorando. Otros, que se mostraron abiertamente desconsolados, buscaron apoyo en los brazos de sus amigos y un grupo grande empezó a corear con la voz apagada: “Dale, dale Medellín, hoy te venimos a alentar”, como si aún la posibilidad de conseguir el título fuera una realidad. Siguieron alentando, como lo hicieron durante el partido cuando el juego estaba empatado.
“¿Por qué será que todo con el Medellín es tan sufrido?”, gritó con fuerza e impotencia, como cuando alguien se está desahogando, Daniel Velásquez, trompetista de la “Murga del Indigente”, la banda musical de la Rexixtenxia Norte, la barra popular del DIM.
Los más de 1.200 aficionados que llegaron al lugar para ver el juego se fueron aburridos, caminando en grupos grandes por la Avenida Centenario, al frente del Obelisco hasta la estación Estadio del metro para volver a sus casas, de donde salieron en la tarde con la esperanza de celebrar junto a otros hinchas el séptimo título rojo.
Algunos aficionados, incluso, llegaron en plan familiar y en lugar de encender las velitas al frente de sus casas en los barrios, los padres las prendieron con sus hijos en el suelo de la unidad deportiva, mirando el partido, con la esperanza de que esas luces guiaran al Medellín a bordar una nueva estrella en su escudo.
Pero como no fue así, los aficionados regresaron a sus barrios. Algunos a pasar el trago amargo compartiendo con sus familiares y vecinos, y otros pensando en que aunque en esta ocasión no fue, en la próxima sí se les dará.