Nunca se imaginaron en un maderamen, convirtiendo cestas y siendo referentes, tampoco los apasionaba el baloncesto, lo único que tenían para estar allí era su estatura. Así comienza la historia de Yuliany Paz Perea, Manuel Stiven Blandón Moreno y Johan Steve Ríos Rodríguez, las nuevas joyas del baloncesto paisa.
Los tres superan los 1,95 metros de estatura, son gigantes, que imponen respeto, admiración y ejemplo. Manuel y Johan fueron descubiertos en Apartadó, mientras que a Yuliany la vieron por primera vez en su natal Chocó y, aunque no tenían idea ni de cómo agarrar la pelota, los tres dejaron asombrados a sus entrenadores Luis Fernando Lopera y Luis Miguel Cuenca, pues tenían la talla perfecta para sobresalir. Por ello, fueron llamados por los entrenadores para iniciar el proceso y entrenar con Antioquia.
Hoy, además de ser los campeones nacionales, y aportar su talento para que Antioquia vuelva a lo más alto, Johan Manuel y Yuliany se proyectan con sus condiciones, esas que ni siquiera sabían que poseían.
La NBA y las ligas de Europa son el rumbo que se trazan, cada día se sienten más seguros de alcanzar esos objetivos y le agradecen al baloncesto tener casa, comida, estudio y viajes. Los tres residen en la Villa Deportiva y gracias al deporte cursan también sus estudios.
Un coliseo en contra
A Luis Miguel Cuenca lo impactó, no solo la estatura de Yuliany, a los 15 años superaba los 1,90 metros, sino su persistencia a pesar de tener a todo un coliseo en contra. Sucedió en los Juegos Nacionales de 2015, y Yuliany hacía parte de la selección local, que enfrentaba a Antioquía. El coliseo estaba a reventar y el fervor en las tribunas llegó a su nivel más alto. La orden que tenía era ganar los rebotes y pasar el balón a la capitana para lograr las cestas. Parecía fácil, pero no lo era y el público que llegó a apoyarlas se volcó en su contra.
“Fue impresionante, la gente gritaba furiosa ‘saquen a la gorda’, pero mi entrenador decía que no, que siguiera porque me necesitaba. Yo no lloré ni me sentí mal, era consciente de que no sabía jugar”, rememora entre risas Yuliany, quien nunca más volvió a jugar en su pueblo, aunque le han propuesto hacer un torneo en su honor, pues ahora es el orgullo de esa región.
Sin embargo, apareció una luz que le cambió la vida. Al final del partido, Luis Miguel Cuenca, el técnico de Antioquia habló con ella y su mamá Nervita Perea, a quien convenció para traerse a la niña a entrenar con Antioquia. “Venirme para acá me cambió la vida, y aunque pasé días duros y lloraba mucho por estar lejos de mi familia, el apoyo del profe Luis Miguel y mis compañeras fue vital”.
Lo primero que tuvo que hacer fue bajar de peso, perdió 17 kilos. Con ese compromiso y más entrenamiento llegó otro regalo, el llamado a la Selección Colombia y la experiencia de viajar fuera del país. “Siento que cada cosa ha valido la pena, acá puedo estudiar, he viajado a muchos países y tengo un nivel de vida que me permite estar bien, tranquila, haciendo lo que me gusta”, comentó Yuliany.
Con la Tricolor logró medallas de oro en los pasados Juegos Bolivarianos, en baloncesto 5X5 y el 3X3, el que más le gusta y en el que ha estado en diferentes torneos internacionales, uno de ellos el Mundial juvenil en Tailandia, donde quedó impactada por la gastronomía y el olor del país. “El olor no era agradable, y la comida, Dios mío... Afortunadamente había menú internacional. Un día vi en una vitrina cucarachas fritas, casi me desmayo”, narró la deportista, quien a sus 22 años alcanzó los 1,97 metros de estatura.
Es apasionada por las redes y sobre todo de TikTok, donde sube contenidos de lo que ama hacer: bailar, jugar baloncesto y burlarse de su estatura, pues aprendió a reírse de sí misma.
En la Villa tuvieron que construirle una cama más grande, pues cuando se estiraba los pies le quedaban colgando.
Su palabra favorita es la perseverancia y en su proceso deportivo y académico entrega lo mejor. Estudia Derecho y ya cumplió el sueño de conocer a su ídolo, la basquetbolista Sylvia Shaqueria Fowles, de Estados Unidos, a quien tuvo como rival en unos preolímpicos. “Fue emocionante, le dije que la admiraba y me regaló unas zapatillas. Me aconsejó seguir entrenando fuerte”, recordó mientras contó que calza 44.
Se ve como jugadora profesional, viajando por varios países y aprendiendo culturas.
“Nunca pensé que el baloncesto me iba a cambiar la vida”