Si algo tiene Jerónico es, además de un positivismo desbordante, una buenísima memoria.
El afamado cantante, cuyo nombre de pila es Alberto Pedro González, está feliz celebrando 50 años de carrera en una industria que en ocasiones olvida a los artistas más veteranos, que forjaron una carrera sin redes sociales y a punta de talento, “y en los viejos está la sabiduría, el interés, las ganas, el trabajo, la entrega. Aquellas leyendas que forjaron la música ya no existen, algunos se sintieron opacados, desplazados, porque no hay espacio. Para recoger hay que sembrar, y hoy muchos artistas quieren todo ya”, dijo en conversación con EL COLOMBIANO.
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Sus orígenes
El intéprete de canciones como Dos que parecen uno, Amor Mío, No Te Vayas Nunca y Siempre Te Voy A Querer recuerda que empezó su vida como campesino, en una familia que trabajaba la tierra en su natal Carabela, un pueblo perteneciente a Rojas en la Provincia de Buenos Aires, Argentina.
En su familia siempre estuvo presente la música, guitarra en mano conoció a Leo Dan en unos carnavales y fue él quien lo incitó a salir de su pueblo e irse a Buenos Aires: “Me dijo que estaba perdiendo el tiempo. Luego me llegó un telegrama de alguien que me quería escuchar allí. Yo era hijo único y les dije a mis padres, mi mamá dijo que no y mi papá que sí, yo trabajaba el campo, me levantaba a las 3:30 de la mañana a ordeñar vacas con mi papá”.
Su familia llegó a un acuerdo y su mamá le hizo una maleta “chiquita, con más ilusiones que ropa. Salí el 25 de mayo de 1965 con 18 años recién cumplidos, en el tren del ferrocarril San Martín, de Junín a Buenos Aires, había 20 estaciones y en 19 me quise bajar para devolverme”.
En Buenos Aires, una ciudad que él mismo define como intensa, “que te atropella y te pasa por encima”, empezó una carrera. “Llegué a un sitio y no estaba el que me iba a escuchar, pero me preguntaron que qué tenía que hacer el sábado y obvio, nada, entonces me dijo que me iba a necesitar el sábado porque iban a hacer un cortometraje sobre la vida de Gardel. Me citaron a las 5:00 p.m. y yo llegué dos horas antes. Me maquillaron y todo, esa misma noche salimos por la calle corrientes, filmando, las luces, la cámara, era algo emocionante y fue un dulce comienzo porque luego fue muy duro”.
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Recorrer esos 50 años de carrera en su mente le trae tantas historias que no cabrían en este texto, pero sí destaca que su música sigue vigente no solo por ese aire de nostalgia que se vive en el momento sino porque en general ha dejado su vida en esta carrera: “Por la música lo he dado y lo he dejado todo, he vivido en el campo, en las ciudades, en la abundancia, en la escasez, he estado con la crème de la crème y los cirujas de la calle, porque todos ellos tienen cosas para decirme. He dejado pasar cosas que no debí dejar pasar, pero todo lo que ha pasado en mi vida lo acepto, cometí muchos errores, pero Dios es bueno y por eso me tiene acá”, dijo.
Concluyó que cuando una persona más disfruta del éxito es cuando ha fracasado y que las derrotas no hacen más que fortalecerlo: “Yo trabajé casi todo el tiempo solo y no por egoísmo sino porque no tuve un equipo de trabajo y eso te limita”.
Cuando estaba decidido a tirar la toalla y dejar la música para las nuevas generaciones llegó el paisa Joaquín Pérez, ahora su mánager, y le dijo que había gente que necesitaba su música, “y me di cuenta que sí y encontré además un material inmenso que nunca usé”.
Jerónimo quiere seguir defendiendo la música que se hace con el corazón, las letras pensadas y esa que le deja algo a la sociedad. Y como lo que más le gusta es estar frente a la gente se presentará el 8 de diciembre en Tutucán con Fausto y al otro día en el tradicional concierto de Suramérica en la Villa del Aburrá. Él insiste en que hay Jerónimo para rato.