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La magia detrás los nombres botánicos

Los académicos estudian desde hace años la relación de los nombres con sus dueños.

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15 de agosto de 2021
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Lo decía Gabriel García Márquez en el primer capítulo de Cien años de soledad: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Los nombres facilitan enormemente el referir cualquier cosa, sobre todo si no está al alcance del dedo, y estos, explica el lingüista y docente de la Escuela de Idiomas de la universidad de Antioquia, John Jairo Gómez Montoya, surgen de la necesidad que tienen los hombres para identificar y clasificar a las personas, los animales, lugares y objetos.

“Sin los nombres propios nos podríamos perder, incapaces de orientarnos entre la multitud de individuos, seres y lugares, en el tiempo y en el espacio”.

Además, los nombres permiten utilizar muchas menos palabras, apelando al “principio fundamental de la comunicación: la economía verbal”, dice Gómez.

También, mitológicamente hablando, crearlos fue la primera tarea que se le encomendó al hombre, porque en la Biblia Yahvé, el Dios judeocristiano, después de terminar la creación, le dio a Adán, “del hebreo adama, que significa ‘arcilla’”, la habilidad y la misión de nombrar a todos los animales y más adelante a la que sería su propia esposa Eva, “del hebreo Havva, derivado del verbo hayah, que significa ‘vivir’”.

El origen de los nombres

Gómez señala que los nombres propios pueden venir de múltiples orígenes de personajes históricos, religiosos, de artistas, actores, de oficios, lugares o plantas. De estos últimos resalta “la intención poética y estética de los padres que bautizan de esta manera a sus hijas; los inspira la creencia o el deseo de que las propiedades de esas flores, su belleza, su delicadeza, su frescura, se transmitan a sus hijas en virtud de sus nombres”.

Así mismo, resalta que los nombres propios “establecen y afirman la identidad de los individuos y, por lo tanto, son piezas necesarias tanto para la orientación en la vida social como para la preservación de la memoria individual y colectiva”.

Además, explica que “algunos investigadores en onomástica” han identificado la creencia de los hablantes en el poder mágico de los nombres propios y la capacidad que tienen para transmitir algunas de sus características a sus portadores, como la inteligencia de un sabio o la belleza de una flor.

Por eso, en EL COLOMBIANO, en medio de la celebración de la Feria de Flores, quiso descubrir cómo era la relación de nuestras lectoras con sus nombres propios botánicos, si sentían algún tipo de conexión con esas plantas o con lo que representan. Esto fue lo que nos dijeron:

Anahí Campo - Erythrina crista-galli

Mi mamá descubrió mi nombre cuando estaba embarazada por la canción de Lolita Torres que es mi homónima. Se enamoró de la historia que contaba y de ese nombre, entonces sintió que era una señal de que debía llamarme así. De pequeña no me gustaba, porque era un nombre extraño que no entendía, y en Italia donde he vivido desde pequeña es difícil pronunciarlo, pero ya más grande y madura lo entiendo mejor y me gusta mucho precisamente por las razones que me disgustaba antes. Nunca he visto la flor en persona, nace en zonas muy remotas en Argentina, es su flor nacional. Hay una leyenda de una india llamada Anahí a la que quemaron por bruja y ella entre las llamas cantaba. Al otro día, se había transformado en un árbol lleno de flores rojas.

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Magnolia Parra - Magnoliaceae

“Me llamaron así, porque soy la única hija mujer de cuatro hermanos. Mi papá dijo que había oído hablar de una hermosa flor que poseía un emperador llamada Magnolia, con un olor muy agradable y una belleza infinita; y también decía que “MAGNO” significa grande. Siempre fui para mi papá eso, lo más grande y él, para mí, significó mi gran y primer amor, mi príncipe encantado. Falleció el 13 de diciembre del año pasado. Amo mi nombre, por el motivo que se le ocurrió a mi papá; y lo de “Lady” me lo colocaron porque estaba seguro de que yo sería su gran dama. Antes los padres ponían los mismos nombres que alguien cercano, pero un pariente, que me contaba esa historia cada que yo preguntaba por qué me llamaron así y me gusta esa historia. Yo sé que fue por eso.

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Margarita Rivera - Bellis perennis

El nombre me lo puso mi abuela materna que se llamaba Flor. La abuela flor le puso nombre de flor a su hija más hermosa (mi tía Margarita, eso dicen las demás) y luego quiso hacer lo mismo conmigo, su nieta más amada. Mi nombre me parece hermoso. Las personas siempre me dicen que María Margarita es un nombre lindo.

No supe lo del nombre de la flor sino cuando tenía 9 años, cuando al verlas en la calle mi abuela me dijo: se llaman Margaritas como usted. Son muy sencillas pero muy fuertes duran más que la otras. Tiempo después leí sobre el tema, su simbología histórica tiene que ver con lo que siempre pensé: las margaritas representan sencillez y elegancia.

Es mi flor favorita. No creo que le pase a todas las mujeres con nombres de flor.

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Violeta Palacio - Viola odorata

Poco antes de yo nacer mis abuelos compraron una finca en el hicieron un jardín con violetas, las favoritas de mi abuela. A mis papás les encanta ese cultivo porque ella las mantiene hermosas y ahora mucho más porque es en mi honor, soy la única nieta, bastante consentida y amada. Cuando supieron que yo iba a nacer se demoraron demasiado en decidirse por el nombre, pero finalmente, en una ida a la finca, mientras mi mamá estaba con mi abuela en el jardín, sintió que yo me movía cada que decía violeta y así supo cómo debía ponerme. Significa sensibilidad, empatía y servicio a los demás, que son palabras que mi mamá dice que me definen. Me gusta mucho mi nombre, por las flores y el color y son muchas las personas que me dicen que es un nombre hermoso.

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Rosalina Cárdenas - Rosaceae

A mi papá le tocó bautizarme y me puso el nombre de su abuela que se llamaba Rosalina. Yo vivía matada con mi nombre porque era igual al de mi bisabuela y como vivía como una reina, yo me sentía igual que ella, además yo vivía enamorada de las rosas de todos los colores, pero un día, tocó la puerta una señora muy maluca que para vender morcilla, yo le dije a mi mamá y ella me dijo que la echara, pero me dio pesar y me puse a conversar con ella. Cuando nos íbamos a despedir le pregunté cómo se llamaba y me responde: “Rosalina”. En ese momento sentí una decepción gigante de mi nombre, pasé de reina a vendedora de morcilla. Al final me resigné, porque nunca podría cambiarme el nombre, me encanta y habría sido una afrenta para la familia de mi papá.

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