Daniel Ferreira nació en San Vicente de Chucurí, un pueblo de Santander conectado para siempre con la historia de la guerra colombiana: en Patio Cemento, una de sus veredas, murió en 1966 el padre Camilo Torres Restrepo, uno de los emblemas fundacionales del ELN. Ahora el sitio hace parte de otro municipio, pero en la mentalidad de los santandereanos la imagen de Torres Restrepo tiene el tamaño de la leyenda. Tal vez por eso, la obra novelística de Ferreira es una continua exploración de las causas y las consecuencias del conflicto armado.
Recuerdos del río volador, puesta en librerías por Alfaguara, es la quinta novela de Ferreira –las tres primeras recibieron premios internacionales– y el cierre de la Pentalogía de Colombia, una empresa narrativa con las ambiciones de los ciclos literarios de Álvaro Mutis y de Fernando Vallejo. Durante un tiempo la prensa colombiana llamó a Ferreira uno de los mejores secretos de las letras nacionales. Ya no es así: sus libros son publicados por sellos editoriales grandes y su nombre figura en las listas internacionales de autores a los que hay que seguirles la pista: fue incluido en la segunda edición de Bogotá-39.
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¿Por qué cinco libros para hacer un ciclo novelístico? ¿Por qué no cuatro o seis o siete? ¿En el cinco hay una cábala?
“Si observas detenidamente la historia de tu familia, obtienes la historia de tu país. En un siglo caben más o menos cinco generaciones de una familia. Cuando empecé Pentalogía de Colombia tenía la idea de que si pudiera contar cinco historias de personajes del mismo clan o de distintas familias pero segmentados en distintos momentos del tiempo, tal vez tendría algo más allá que la mera genealogía: una arqueología literaria del país. Y es lo que intenté hacer en esas cinco novelas: un coro de voces que atraviesan un siglo, que es el siglo XX en Colombia”.
¿Qué tanto ha cambiado Daniel Ferreira desde La balada de los bandoleros baladíes hasta el actual libro?
“La gente cambia lentamente. A veces hay experiencias en las que se aprende más que en décadas, por ejemplo en el breve divorcio se aprende más que en el largo matrimonio. Otro ejemplo cercano y colectivo es la pandemia que nos dio como experiencia una buena perspectiva sobre la fragilidad humana, la hegemonía planetaria y la biopolítica en muy poco tiempo. O un empleo pesadillesco. O un viaje, que también te puede dar la experiencia y la información que de otra manera tardarías mucho en conseguir. O un falso diagnóstico de cáncer, como le ocurre al personaje de La Montaña del Alma de Gao Xigian.
El escribir, al ser uno de los trabajos creativos cuyo imperativo es la lentitud, permite observar los cambios del afuera y del adentro, inclusive frente a las propias historias. Con respecto a la obra literaria, en los primeros libros de Pentalogía reparaba más en los móviles de las violencias, las de los años ochenta y noventa del siglo pasado, observando esas violencias más como lógicas estratégicas y territoriales, tal vez por haber nacido en un pueblo que vivió entre guerrilla y paramilitares, en cambio, en mi último libro me enfoqué en buscar dónde estaba lo humano en la permanente deshumanización, es decir que entre el primero y el último libro de esa serie hubo un cambio de matiz.
No sabría precisar, de momento, si el cambio es dado por la experiencia de vivir o sugerido por la obra misma, porque los libros también te cambian. El matiz se nota en mi novela más reciente: la búsqueda de una madre en pos del rastro de un hijo desaparecido puede aproximarnos desde la comprensión de las voces de ese drama tantas veces repetido, a los imperativos morales, o imperativos del corazón, con más empatía, exactitud e importancia que los posibles móviles de la desaparición forzada o los perpetradores. Por lo demás, empecé a escribir estos libros siendo un hombre joven. Ahora me alivia dejar de serlo, pero ya es demasiado tarde para haber fracasado, que en este caso sería: no haber escrito”.