Puerto Candelaria Filarmónico: un disco que se demoró 15 años en llegar
El director de Puerto Candelaria, Juancho Valencia, habla sobre estos 24 años de historia de una de las agrupaciones más raras de Colombia. Esta música no se trata de acordes ni de armonías, se trata de preguntas.
Imagen de Juancho Valencia, director de Puerto Candelaria, agrupación que está estrenado álbum. FOTO Cortesía
Imagen de la grabación junto a la Filarmónica de Bogotá. FOTO Cortesía.
Conozco a Juancho Valencia hace muchos años. Durante meses lo entrevisté para hacer un perfil que publicó la extinta revista Esquire. Supe cosas: que empezó clases de piano cuando era un niño de cinco años; que tuvo un bautismo de sangre tocando en su adolescencia con Chucho Valdés; que su padre era un melómano que tenía largas tertulias con César Pagano; que cuando despuntaban los noventa y Medellín era sangre y lágrimas se preguntó por qué la salsa romántica sonaba en bares y discotecas; que caminaba y montaba bicicleta hasta que le salían heridas en los pies; que odiaba y amaba la música como un titán griego que aborrece y alaba su destino. Supe cosas del director de Puerto Candelaria: músico portentoso, productor de oído magistral; supe de su devoción por la música clásica y los arreglos orquestales.
Mucho tiempo después de esas conversaciones, está aquí uno de los discos que más ha planeado: Puerto Candelaria Filarmónico, una producción lograda en alianza con la Filarmónica de Bogotá y el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, una proeza en tiempos del reguetón. Es una recopilación breve de la obra de Puerto Candelaria —tiene 12 discos: Kolombian Jazz, Llegó la Banda, Vuelta Canela, Cumbia Rebelde, Amor y Deudas, Cinema Trópico, Cantina la Foule, The Secret of the Shadow, La Sinfonía de los Bichos Raros, La Sinfonía de los Bichos Raros (Banda Sonora), La Sociedad de la Cumbia (Big Band Live) y Puerto Candelaria Filarmónico— donde aparecen canciones desde su segundo álbum y se interpretan piezas clásicas como Allegretto en La menor (segundo movimiento de la 7 sinfonía de Beethoven en La mayor op. 92), Lacrimosa (Misa de Réquiem de Mozart en Re menor, K. 626); o canciones que arrebatan el alma como Nocturno, cuya versión original del Llegó la Banda (2005) empieza con un leve saxofón del que se siente la respiración y el “zapateo” de los dedos en las teclas y las llaves, pero ya en el Filarmónico tiene un arreglo de cuerdas que crece como una duda en el corazón y desemboca en un solo de saxofón que recuerda a John Coltrane y es la revelación de la duda: la sospecha se convierte en verdad atroz nocturna.
Hablamos en su pequeño estudio personal, en una de las oficinas de Merlín Producciones, en el barrio Laureles, donde hace pocos meses se hizo viral por un video en el que musicalizó una entrevista en la que el reguetonero Arcangel decía que el género musical que practicaba era “una mierda”. En ese video, Juancho hace melodía con el hablado cantarino de Arcángel y según las palabras que el puertorriqueño va diciendo, musicaliza con sonidos agudos típicos de “lo urbano”, o con salsa, o con jazz, o con movimientos orquestales complejos. En tan solo minuto y medio hay una exposición de creatividad y conocimiento fabricada vía MIDI.
—Dijiste en un video promocional que siempre pensaste en Puerto Candelaria en un formato orquestal...
—Como lo dice mi hermano Jacobo Vélez, de La Mambanegra, los artistas vivimos en el futuro y traemos la música del futuro para la gente del presente. Eso es increíblemente cierto, pero a veces esa música cuando llega al presente, por las duras realidades de un músico, tarda en publicarse. Lanzar una canción, hacer un proyecto, volverlo real y entregárselo al público, es un esfuerzo técnico de muchas personas, porque para que eso suceda se necesitan muchos saberes. Y este es uno de los discos más esperados, llevábamos 15 años intentando publicar este disco, y no se había dado por la complejidad de tener un día a 105 músicos dispuestos, solo imagínate cuántos micrófonos se necesitan; imagínate el lugar que se necesita para que eso suceda, imagínate las voluntades ejecutivas para gestionar los derechos de autor, es decir, se requiere de un proyecto muy complejo y llevábamos 15 años sin poder lograrlo, entonces cuando se nota la posibilidad yo tenía dos opciones, una era dejarlo como una pieza de museo y ejecutarlo como lo había pensado hace 15 años, o decir: “Han pasado 15 años, hay otros conocimientos y tenemos otras canciones”.
Imagen de la grabación junto a la Filarmónica de Bogotá. FOTO Cortesía.
Pienso en El Perseguidor, ese gran cuento de Julio Cortázar en el que Johnny —personaje inspirado en el gran pájaro azul: Charlie Parker— quiebra su saxofón porque lo que toca lo está tocando mañana, eso dice. Básicamente es lo que está diciendo Juancho: su música viene del futuro. Es cierto, en 2001, cuando Puerto Candelaria participó en el Festival Mono Núñez de música andiana colombiana, terminaron entre chiflidos porque un borracho les tiró desde el público que eso no era ni guabina ni bambuco ni nada, que eso era rock. No era rock, era jazz arropado en los ritmos de estas montañas. El primer disco de Puerto Candelaria, Kolombian Jazz, como el Filarmónico, son música del futuro, música que nunca habíamos escuchado y que se nos entrega como en una cápsula. Hablamos que como el bebop, este lenguaje es de extraterrestre y solo lo puede disfrutar el que lo entiende.
Escribió los arreglos del disco en medio de una gira por Europa. Salía de un concierto o de un ensayo y se iba para el hotel a escribir las partituras, que tenía que entregar con dos meses de antelación al director de la orquesta.
—Integrar canciones nuevas y tomar de nuevo todas las partituras y notica por notica darle una revisión y eso fue lo que sucedió en este Puerto Candelaria Filarmónico. Todo lo hice cuando estábamos en una gira por Europa; me tardó exactamente lo que duró la gira, que fueron como 20 días. Eso tiene un proceso, tú no puedes llegar donde los músicos de una orquesta filarmónica y decir: “Ay, mira se me ocurre esta canción, cuento 1 2 3 y empezamos”. Tú tienes que entregar las partituras un mes antes al director musical para que pueda entender la complejidad de la música y después ese director le entrega a cada músico su partitura un mes antes de los ensayos.
Juancho hace un recuento de las canciones que hay en el álbum: Vuelta Canela, Club Panamá, Amor Fingido, Amor y Deudas, Goodbye My Honey, y yo digo porque lo escuché en algún lado, que esa última canción es una versión de un clásico del jazz y entonces él dice:
—Hay una aclaración muy importante y me fascina que suceda, porque le ha sucedido a todo el mundo, y es que Goodbye My Honey es una composición nuestra, de Cat y mía en un ejercicio de componer un jazz como si estuviéramos cien años atrás en el pasado, como haciendo todo el análisis de la música de Billie Holiday, esas canciones que cantaban las mujeres, o sea que eran los sentimientos que cantaba la mujer hace cien años, como un despecho, o desde el punto de vista de un despecho. Es una pieza que ha engañado a los más expertos, pero ha sido muy divertido como grandes conocedores dicen “yo conozco esa canción” y le dan vueltas y a lo último uno dice: “Ese tema no es un clásico, no es un estándar, no, no lo es”.
—Es un juego borgeano de citar lo que nunca se dijo...
—Exactamente, y es un ejercicio, es como Puerto Candelaria juega con el tiempo y las temporalidades y las geografías de la música, que es lo que sucede cuando tocamos a Beethoven y a Mozart, entonces cuando tú me preguntas que en esa lista, qué hay, que cuál es ese duende que hay detrás, pues mi respuesta es esa incapacidad de Puerto de hacer diez canciones seguidas en un solo ritmo, una exploración de la sofisticación la elegancia, la alta factura de la música clásica, el derroche de emociones que tiene las músicas populares, el juego, la disonancia, todo va pasando por grandes preguntas también.
—Es cierto que Puerto Candelaria es un juego, que te hace reír, pero después en este disco entran canciones como I Can Help You (Dogville) y Nocturno, donde se ponen serios y difíciles y las preguntas son más existenciales...
—Sí, y después la gente llega a esa pregunta y ven que se fue muy al fondo y dice: “No, mejor sigamos bailando que la vida continúa”. Entonces creo que es un es un viaje. Esto es muy importante para transmitir esa incapacidad que tiene Puerto Candelaria de definirse y que es una analogía con Colombia, que tampoco se puede definir, que lo que al final genera esta exuberancia que somos y que creo que le pasó a Dios mismo cuando creó la naturaleza en Colombia, como que se le fue la mano en creatividad, en maneras de tomar decisiones cierto. En fin, este disco en un viaje.
El artista persigue una pregunta y la trampa está en que la pregunta nunca se resuelve, o en lugar de tener otras respuestas tiene dentro de sí, más preguntas. Es una muñeca rusa. Mientras tanto está la empresa musical, que sí deja dinero —lo que al final todos queremos—, pero que persigue no dudas sino fórmulas y recompensas.
Después de aquella presentación en el Mono Núñez, la crítica bautizó el fenómeno Puerto Candelaria como “las nuevas músicas colombianas”, como una nueva forma de decir lo que ya habían dicho los ingleses con músicas del mundo. En este caso se trataba de una revisión de la tradición bajo formas modernas como el jazz, el rock y la electrónica. Entonces vinieron bandas como Bomba Estéreo, La Mojarra Eléctrica, Monsieur Periné, Choc Quib Town y en fin. La industria capturó esos movimientos, los amansaron y algunos otros desaparecieron.
—El Siglo XXI llega con una explosión de amor por lo local, así creamos que nos pasó a nosotros aquí, se trató de un fenómeno mundial, como lo que pasó con la literatura en los años setenta. El asunto es que en este tiempo vino con la democratización de los canales de información y redes sociales como Myspace y Facebook, tú podías publicar desde tu pueblo tu música y eso fue un fenómeno muy importante, eso fue maravilloso para nosotros porque teníamos una cantidad de música para mostrarle al mundo, pero que siempre había sido consumo local, porque no tenía la posibilidad de ser expuesta. El caso es que en 2006 hubo una explosión de eso y también ayudaron mucho los premios como los Latin Grammy.
Lo que nos queda de eso es que hoy un músico colombiano es como un futbolista brasilero. En ese momento creímos que las nuevas músicas colombianas iban a ser tan poderosas que llegamos a pensar que serían el sonido de Colombia, pero perdimos, ganó el reguetón, que llegó con una fórmula musical y de negocio increíblemente efectiva.
—Pero Puerto Candelaria persistió y hoy se dan el lujo de hacer un disco como les da la gana...
—Nosotros quedamos como siempre desde la periferia diciendo “ok, vamos desde nuestra esquina a seguir trabajando y seguiremos buscando otros espacios en ese camino”, y se consolidó luego esa máquina del reguetón que arrasó con todo, como una máquina en la selva arrasando ríos y monte. Y bien, esa misma industria lo abarca todo y también dice: “Ve, y eso cómo se llama, eso que eso que tiene como unos elementos folclóricos, eso puede tener mercado”, y entonces grupos tomaron esa posibilidad, pero la realidad es que no se puede hacer nada con la efectividad y rentabilidad del reguetón. ¿Qué nos dejó el reguetón como cultura? Ni siquiera nos dejó regalías. Veinte años dura un ciclo, por eso hoy hablamos de clásicos del reguetón. Bueno, pues veinticinco años después de que empezamos nosotros a ensayar, Puerto Candelaria celebra con este disco.
Las conversaciones con Juancho Valencia siempre viran, porque él no solo está pensando en ejecutar el piano, en encontrar los arreglos más disonantes, en hacer chistes en sus partituras, tiene una constante pugna en su corazón por entender estos tiempos, los tiempos que nadie entiende. Siempre me ha recordado a Andre Agassi, quien en sus memorias cuentas que fue entrenado como tenista por su padre, quien le imponía rutinas tremendas de práctica, lo que desembocó en un odio mortal por el deporte.
Dos veces Juancho Valencia ha estado cerca de la muerte. Ambas han tenido que ver con la alimentación. No lo hablamos en esta conversación, lo hablamos en otras (en el perfil para Esquire y en un podcast para El Colombiano): hubo un tiempo en que solo tocaba el piano, iba en piyama a la universidad, no comía; luego se hizo vegano por años y tuvo problemas con el azúcar. Cosas, filones, precios. Pienso en Agassi, pienso en Vincent van Gogh, historias cliché. Siempre que lo entrevisto me quedo pensando en los otros miembros de Puerto Candelaria, pienso en Eduardo González, el bajista, el escudero, el músico impresionante que da clases en Eafit; pienso en Sofía, la mujer que hace tantas cosas posibles en Merlín Producciones; pienso en Gabriel Vallejo y Juan Felipe Arango, los otros pilares de la empresa. El arte tiene un precio, es más fácil así: con buena compañía y, en este caso, la compañía de una Filarmónica.