La vida de Giovanna Pezzotti fue una novela, y ella lo supo: sus últimos años se los pasó recordando y escribiendo. Dejó un libro autobiográfico, la versión de cómo recordaba su vida. De ahí salieron los textos de la exposición Giovanna Pezzotti: la mirada reb(v)elada, que se inaugura hoy en la Sala de Artes de la Universidad Eafit y que se cuenta en primera persona: como si Giovanna le susurrará al oído lo que ve.
En la vida hay dos maneras de plasmar lo que sucede a tu alrededor. Una es tu memoria. Otra es la fotografía. Yo he utilizado una cámara fotográfica para conocer todo, para vivir todo, con intensidad, con realismo. Detrás de ella he desafiado los cánones sociales.
Pezzotti es la primera reportera gráfica de Antioquia y una de las primeras del país. Sol Astrid Giraldo, curadora de la exposición, lo matiza: una de las primeras, por si de pronto hay alguna otra perdida, pero no hay datos. Giovanna también se ha perdido muchas veces de los registros y esta exposición busca rescatarla: que se sepa su historia, que es además un pedazo de la de la ciudad a mediados del siglo pasado.
Entre 1968 y 1987, Pezzotti hizo quizá su trabajo más importante: fotografió el barrio Moravia, que entonces era un lugar conocido como los tugurios de Fidel Castro. La invitó el padre Vicente Mejía, quien la enamoró del lugar y de la forma como les daba esperanza a la gente, dijo ella en 2010 a este diario.
La reportera se metió en las casas, fotografió las calles, la basura, al padre, a los niños. Era un trabajo de mucha gente, en el que sus clics sirvieron mucho: fueron imágenes que circularon, sobre todo en Europa, y que incluso ayudaron a recolectar dinero para el cambio. Los acompañábamos a todas partes. Nosotros no veníamos a dar nada. El padre los concientizaba y yo tomaba fotos que después les regalaba. Siempre nos daban tinto.
En 2010, Giovanna regresó a ese lugar que retrató y les mostró su trabajo en una exposición, Memoria del barrio Moravia. Esa es quizá, dice Sol Astrid, uno de esos primeros rescates sobre la artista: que muchos supieran que hubo una mujer que retrató la ciudad y el barrio.
En esa exhibición alguien describió su obra en un libro de visitas: Imágenes impregnadas de vida, de gente. Negativos que conservan la línea de vida de una comunidad que se ha levantado desde la tierra misma.
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La historia de Giovanna, sin embargo, empieza antes: su padre era italiano, su madre colombiana. Él murió joven, dejándolos en la pobreza. Una vez llamaron a su mamá para darle una herencia, y ella se fue hasta Italia con sus dos hijos pequeños y Giovanna, y allá la mafia los devolvió y el dinero solo alcanzaba para que la madre y un hijo se devolvieran.
La artista se quedó en Italia, fueron cuatro años sin dinero, cuidando niños, sacando perros a pasear, rebuscándosela, y una que otra vez durmió en la calle. También hubo algo importante: hizo sus primeros cursos de fotografía en Alemania y Milán- Cuando regresó al país ya tenía la idea de ser fotógrafa, y fue cuando conoció al padre Mejía.
De Moravia pasó a la cárcel, donde hizo otro de sus grandes trabajos. Llegó por una jefe que tenía en EL COLOMBIANO, donde trabajó varios años como freelance: fue la primera mujer fotógrafa de este periódico. Esa jefe le propuso hacer un laboratorio de fotografía para enseñarles a los reclusos de La Ladera, ese sitio en el que había 400 % de hacinamiento.
Allí salieron grandes imágenes suyas, si bien hay debate de si todas las fotos de allí son de ella, o algunas las hizo con sus alumnos.
Sin embargo, hay una muy especial, que precisa Sol Astrid: es sobre unos presos desnudos, mientras se bañan en el patio (ver fotos abajo). Giovanna trabaja esa foto luego más artísticamente, jugando con los negativos: es una imagen que la conmovió, explica la curadora, y es una mujer mirando con placer ese cuerpo masculino, sin ponerse en peligro, haciendo algo que culturalmente estaba prohibido. Tenía 24 años
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Esa fue la vida de esta reportera: no le gustaba la oficialidad, aunque muchas veces hizo fotos oficiales para sobrevivir. De matrimonios, de reinados (fue el primer cubrimiento que hizo para este diario en 1969), de escritores como Cortázar y Benedetti, de la vida cotidiana.
Sin embargo, y lo dijo varias veces, lo que quería era vengarse de la vida. De la cárcel salió ennoviada con Toñilas, un bandido del que hasta su suegra le advierte que usted tan bonita no se meta con él, pero Giovanna insiste. No fue un romance para toda la vida, ella tuvo muchos novios, pero sí alguien que la movió, que la cambió y de quien estuvo pendiente hasta que alguien le dijo que lo habían matado. Esa historia la quiso vender como una película, pero no la compraron.
Nuestro idilio duró apenas unos meses. Volvimos a Medellín. Me di cuenta de que era un drogadicto, que estaba acabado. Me fui por mi cuenta y empecé a recuperar lo mío. Mi vida. Mi alma.
Esta reportera termina en Europa, después de conocer a Pablo Escobar y tomarle fotos y venderle, antes de que todo se enrareciera y le mataran a varios amigos, entre ellos a Héctor Abad Gómez.
Un sufragio con su nombre la hizo exiliarse en Italia en 1987. Se fue a sobrevivir, a hacer fotos más turísticas, de su vida, de monumentos. Se fue a escribir su novela, de la que Sol Astrid dice tiene instantáneas muy potentes, con una supervoz, donde cuenta sin esconderse lo que le pasó. No se publicó, pero podría publicarse. Así como su archivo, que debería ser adoptado por una institución, comenta la curadora.
Pezzotti murió en 2019, en Medellín, adonde había regresado, y en esas fotografías en las que hay además una obsesión por los niños y el tema social y artístico, se resume su mundo: una mujer que miró con su cámara.
Me he vestido de cámara fotográfica para vivir todo de cerca. No me contentado con lo que me cuentan. No. Yo lo he vivido.