La obra de la cronista peruana Gabriela Wiener es un hachazo a los discursos oficiales. En Nueve lunas, por ejemplo, narró los pasadizos de la maternidad y del amor. En Sexografías reunió una antología de crónicas sobre sus experiencias con la sexualidad despojada de las convenciones: los clubes swingers, el poliamor y las relaciones abiertas. Dichas exploraciones la han convertido en un referente del periodismo gonzo, etiqueta acuñada por Hunter S. Thompson para hablar de las experiencias límite de los reporteros de la contracultura. Ahora, en Huaco retrato –libro por el que fue invitada a la FilBo 2022– dirige su curiosidad a los estropicios provocados por la colonización. En ese libro –a veces un ensayo, a veces una novela, a veces una confesión muy en la línea de la literatura del yo– relata el origen de su apellido, claramente europeo, y sus vivencias de migrante en Europa. EL COLOMBIANO conversó con Wiener sobre las heridas abiertas de la identidad latinoamericana.
En Sexografías, Nueve lunas y Huaco retrato hay una exploración del yo, pero en este último también habla de las consecuencias de la historia. ¿Hay un cambio de foco?
“Es verdad que este es un libro en el que me permito novelar por primera vez. Yo estaba muy dentro de la escuela de la crónica literaria de Etiqueta Negra y había escrito, sobre todo en los últimos tiempos, ensayo personal, sobre todo en mis libros Nueve Lunas y Llamada perdida. Todo dentro del ámbito de la no ficción. En Huaco retrato recurro casi por necesidad a la ficción. Desde hace como diez años quería escribir este libro, lo fui postergando. En un momento me di cuenta de que ya no iba a poder hacer una crónica basada en investigaciones, que materialmente y por fuerzas y por presupuesto no cabía en una historia que me permitiera una larga investigación. Y claro, yo quiero aquí poner el acento también en las condiciones materiales de las escritoras y escritores, cómo finalmente definen sus proyectos narrativos. Y en este caso puse sobre la mesa una historia familiar, pero al mismo tiempo empecé a llenar esos agujeros de información a través de la recreación, a través de la imaginación, a través incluso de la invención. Este libro es un libro de tres proyectos juntos que en un inicio iban a ser por sí mismos libros, pero que se unieron en uno solo.
Finalmente, lo que trabajo es el montaje de estas tres historias que termina siendo un collage, que en realidad quiere hablar de algo mayor. No solamente se trata de una historia personal, sino de las consecuencias de las realidades coloniales en nuestras vidas y en nuestro presente. La herida de la que hablo en este libro no es solo mía, es la herida abierta de nuestro continente, que es tan histórica como colectiva, íntima.
Me interesaba hablar de esas heridas que hemos compartido a lo largo de los siglos, que se manifiestan y se narran en las historias con minúscula. Somos hijos de los patriarcas europeos que efectuaron ese despojo para luego abandonarnos con un apellido que no entendemos, como el mío que es Wiener. Eso es lo que quiero contar, una experiencia del trauma y el abandono fundacional que se van transmitiendo de generación en generación y que condicionan las formas en que afrontamos las cuestiones contemporáneas desde nuestras subjetividades. Nos sobran historias sobre los patriarcas familiares a los que homenajeamos, esos hombres blancos ilustrados europeos y que poco sabemos de las otras, las historias de las mujeres, de las matriarcas, de las abuelas, de las madres. Porque, finalmente, la historia es el fruto del poder. Eso era lo que me interesaba”.
El libro aborda un tema que hoy en América Latina es muy importante y es la revisión del pasado colonial. ¿Huaco retrato es una forma de derrumbar una estatua, de cuestionar esa historia desde la literatura y desde el periodismo?
“Sí. Totalmente. Este libro para mí era importante porque yo soy una inmigrante peruana en España. Vivo, digamos, la condición poscolonial que no termina de serlo. Ya llevo casi 20 años en España y sin esa experiencia el libro no se hubiera podido completar. Tiene toda esa dimensión histórica y de personajes del siglo XIX, toda esa recreación de un universo racista, supremacista blanco. Tiene, además, la contraparte en el presente. El libro cuenta, por un lado, cómo fue el súmmum del racismo y de la cosificación de las personas y además cuenta el otro lado: cómo ese salvaje, ese caníbal, ese monstruo, es hoy es el migrante que padece la Ley de Extranjería, que padece los discursos de odio en España, de la ultraderecha en cualquiera de nuestros países.
Huaco retrato registra esos niveles de deshumanización. De alguna manera, la exposición de personas como animales con fines científicos y de entretenimiento desgarran a la protagonista al saber que ese antepasado suyo, tan valorado en su entorno familiar, es parte de ese proyecto. Los zoos humanos cerraron a mediados del siglo XX, o sea hace muy poco. De alguna manera quería contar cómo viven las comunidades de migrantes actuales en lucha, su relación con España, porque son relaciones que están ahora mismo activas no en el sentido del pacífico mestizaje, sino en el sentido del conflicto. Quise recordarles a los españoles y a las españolas lo paternalistas y racistas que son en el día a día, cuestionar esa mirada por la que juzgan a los emigrantes latinoamericanos como buenos salvajes asimilados”.