Diana Montenegro García —directora y productora de cine— utiliza una expresión del surrealismo para hablar de las formas en las que las referencias culturales y estéticas que se acumulan a lo largo de la vida impactan en las obras personales: “Uno es un cadáver exquisito de esas cosas que lo han permeado”. Egresada de la Universidad del Valle y con estudios en la Autónoma de Barcelona y en la Estatal de Cinematografía de Rusia, estrena este 27 de octubre El alma quiere volar, su primer largometraje de ficción. La historia se alimenta de los cruces entre la religiosidad y las supersticiones que han pasado de una generación a la otra.
Gracias al apoyo del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, el filme de Montenegro contó con la asesoría en la escritura del guion de Lucrecia Martel, uno de los emblemas del cine latinoamericano. La película inició en 2020 su recorrido en los festivales de Europa, un paso obligado para la mayor parte de los proyectos audiovisuales del país: se estrenó en el Festival POFF Black Nights Tallinn de Estonia y fue incluida en la programación del Mannheim-Heidelberg, de Alemania, y del Venice Film Week, de Italia. Fue el público europeo, cuenta la realizadora, quien identificó en el filme las atmósferas conectadas con los universos simbólicos de Gabriel García Márquez y de Federico García Lorca.
La película transcurre en el interior de una casa gobernada por una matrona, algo muy común en el imaginario latinoamericano. La directora es consciente del influjo que tuvieron en su obra narraciones audiovisuales del tipo de Los cuervos y Los victorinos, enlazadas con la idea de la casa como un nido de secretos, una prisión de los personajes. El alma quiere volar registra la historia de Camila, un niña de diez años que debe hacerle frente en unas vacaciones escolares al peso de una maldición que les arrebata la felicidad a las mujeres de su familia.