El cuerpo habla. También puede escribir preguntas y respuestas con los pies, dijo el Nobel de Literatura José Saramago (1922-2010) cuando describió a la bailaora y coreógrafa María Pagés. Para él, cuando ella danza mueve lo que la rodea. “Ni el aire ni la tierra son iguales después de que María Pagés ha bailado”, decía él, y lo citan en el sitio oficial del grupo.
La compañía María Pagés es uno de los referentes del flamenco contemporáneo, tiene numerosos premios y reconocimientos en varios escenarios del mundo. Su fundadora es María Jesús Pagés Madrigal, quien nació en Sevilla (España) en 1963.
La bailaora y coreógrafa estuvo en Medellín en 2016 en el Teatro Metropolitano con el montaje Yo, Carmen, que incluyó ocho bailarinas en escena. En esa ocasión la artista cuenta que vive un “encuentro amoroso que desemboca irremisiblemente en una emoción estética” que de una manera u otra no nos deja indiferentes”.
Nueve bailarines y ocho músicos acompañarán a la bailaora esta noche para su obra Una oda al tiempo. Pagés espera que el público no salga del teatro igual: “Está construida para hablar con las entrañas desde las entrañas”.
¿Qué elementos tomó para hacer la puesta en escena?
“Creo que era Picasso quien decía que la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando. Y es verdad, porque nuestra inspiración emana de la investigación siempre en devenir. Si podemos reconocer una constante que nadie puede evitar, que la reflexión coréutica (el estudio del movimiento del cuerpo en el espacio) es hija de su tiempo y no puede dejar de lado lo que nos pasa como personas y seres humanos que pertenecemos a un mundo cada vez más globalizado y con más inclinación a la endogamia.
El Arbi El Harti, mi marido y compañero creativo, y yo llevamos muchos años trabajando en un proceso que tiene como finalidad confluir valores éticos y principios estéticos. Para generar emociones buenas capaces de ayudarnos a seres mejores personas. Irremediablemente las formas en el arte tienen que hablar desde la inteligencia y el corazón”.
¿Y cómo se inspiraron?
“En Una oda del tiempo fue nuestro conocimiento e interés por la memoria, que recorre transversalmente nuestro trabajo. El germen de la obra nace con Utopía, una pieza inspirada en el arquitecto Oscar Niemeyer, que conocimos con 102 años en 2010. Este trabajo ha sido concebido como una coreografía flamenca que piensa la contemporaneidad y el necesario diálogo con el patrimonio cultural humano”.
¿En esta obra cómo fue?
“Se plantea desde la tradición flamenca una reflexión sobre el presente en su dimensión ética y estética. Se pregunta sobre lo que está pasando en el mundo actual para que el arte se exprese como lo hace. Revisa las inquietantes sombras que marcan nuestro tiempo y su devenir... es una alegoría sobre el tiempo que nos ha tocado vivir, con su exaltación y vitalidad, sus maravillosas posibilidades de felicidad, sus guerras, sus crisis, sus terrorismos, sus ataques a la igualdad, sus populismos...”.
¿Cómo ocurren esas cosas al tiempo en una danza flamenca?
“La obra está estructurada entorno a las cuatro estaciones y recoge la dialéctica que impera entre las estaciones frías y las calientes, el día y la noche, la luz y la sombra, la alegría y la melancolía, la juventud y la vejez, el vigor y el cansancio. Son cuatro que se desarrollan en 12 horas. Desde que sale el sol hasta que se pone”.
¿Cómo se lleva a la escena?
“En este tiempo resumido hemos narrado mediante palos (categorías de clasificación musical) flamencos las paradojas que definen nuestra humanidad: vivimos, pero lo hacemos mordidos por la muerte; amamos sabiendo que el amor no es eterno, deseamos sabiendo que el deseo está permanentemente secuestrado por lo efímero. Intentamos ser justos y la tentación de la injusticia nos acecha”.
Este trabajo está en la tradición flamenca y contemporánea...
“Es una coreografía profundamente flamenca, porque yo soy flamenca hasta la médula y El Arbi es la persona mas respetuosa de la tradición que conozco. Nuestra relación con el patrimonio flamenco brota de nuestra convicción de que no puede haber presente ni futuro sin un diálogo sereno y generoso con nuestro pasado”.
¿Cómo se ve en la obra?
“Hacemos un viaje orgánico en la esencia misma de todos los palos flamencos, desde los más primitivos, como es el caso de la toná de la primera escena, hasta los más recientes como los cantes de ida y vuelta. Pero es verdad que el sentido hospitalario y generoso de la tradición flamenca nos permite una libertad creativa tanto en el movimiento como en la composición musical, que solo existe en el jazz o en el blues. Vivaldi y Haendel no son nada incompatibles si nos acercamos a ellos con respeto y admiración”.