Cada mañana, antes de ir a la sala de redacción, el periodista Cristhian Segarra baja a la sala de su casa y le dice adiós a su padre. Con un susurro casi imperceptible, de esos que se usan para no despertar a quien duerme, le habla de sus cosas, de su amor eterno. Luego, con un beso en la frente le pide perdón, se despide y cierra el portón.
Desde hace un año, cuando las disidencias de las Farc bajo el mando de Walter Patricio Arizala, alias Guacho, decidieron asesinar a su padre Efraín Segarra, al periodista Javier Ortega, y al fotógrafo Paúl Rivas, del diario El Comercio, de Quito, Ecuador, no ha pasado un día en que Cristhian no aplaste sus labios contra el cristal de la foto que reposa en la estancia de su casa.
“Tengo un gran vacío en el corazón”, dice, y trata de llenarlo con recuerdos del padre amoroso con el que compartió tardes de fútbol en el estadio, alentando al Deportivo Quito, uno de los equipos de fútbol tradicionales de Ecuador del cual eran hinchas.
A veces en su regreso a casa, tras una jornada extensa, recuerda que recorrían juntos el trayecto en medio de risas y chistes que les hacía corto el camino. Ambos trabajaban para El Comercio —Cristhian aún lo hace—, por eso la ausencia se le hace más grande, “porque ya no tengo el compañero de viaje”, dice.
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Cuatro horas antes de la despedida de Cristhian y Efraín, y justo antes del amanecer, Galo Ortega se levanta y se viste con ropa deportiva. En la penumbra busca los tenis y su camiseta blanca; busca una gorra y se prepara para correr un día más. Lo hace junto a Pancha, una perrita criolla que sintió desfallecer cuando su amo, el periodista Javier Ortega, fue hasta la frontera colombo- ecuatoriana a buscar una historia para contar, y nunca volvió para relatarla.
Galo, al igual que Pancha, sintió flaquear. Con el insomnio carcomiéndole las noches, y los recuerdos de su hijo rondando en el cuarto a oscuras, decidió salir a trotar a diario para exorcizar un dolor que muchas veces lo mantuvo despierto hasta escuchar los gallos del amanecer.
“Lo hice para equilibrar mis emociones. A veces después de las vigilias llegaba a casa y me pasaba dando vueltas en la cama. Comencé a competir y ahora llevo a Pancha conmigo”, dice Galo. Su última medalla ganada la llevo a la tumba de su hijo como un reconocimiento a su labor.
En estos viajes en los que corre hasta sentir que el corazón se le va a estallar, Galo Ortega, el fotógrafo de retratos y bodas que gracias a su talento pudo darles estudio a sus hijos, se cuelga una cadena con tres candados. Dice que es el símbolo de lo que Javier, Paúl y Efraín vivieron durante el cautiverio, “y es la manera de nosotros mostrarle al mundo que nosotros como víctimas seguimos encadenados porque no hemos obtenido verdad ni justicia”.
Para las familias no hay justicia y sienten que ninguno de los gobiernos ha cumplido con su palabra de seguir con las investigaciones.
Sin embargo, la nueva fiscal general de Ecuador, Diana Salas, se reunión con los seres queridos y les pidió un tiempo prudente para analizar la información, evaluar cómo va el proceso y reiniciar las investigaciones. Desde Colombia, el ministerio de Defensa informó que en la actualidad hay cuatro órdenes de captura vigentes y se han vinculado a tres personas al proceso.
Los interrogantes siguen
El 25 de marzo de 2018, Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra, llegaron a la hostería El Pedregal, en la localidad de Mataje, en San Lorenzo, provincia de Esmeraldas, Ecuador, y permanecieron hasta las 7:10 del lunes 26, cuando salieron con rumbo desconocido.
“Yo estuve conversando con uno de ellos muy temprano, incluso me tomé un café. Decían que iban a investigar cómo vivíamos por acá, pero no dijeron nada más”, narró una de las trabajadoras del hostal a EL COLOMBIANO.
El equipo periodístico buscaba realizar un reportaje sobre el narcotráfico y la vida de los habitantes de esa zona fronteriza. A las 9:30 de ese lunes caminaban por las calles de Mataje Nuevo cuando fueron abordados por tres hombres armados: Christian, Andy y Roberto. Este último llamó a alias Cherry, hombre de confianza de Guacho, y le preguntó si los mataban. Ante la negativa, los tres hombres fueron llevados a Colombia donde en la tarde grabaron un video que fue enviado como prueba de supervivencia a la Policía de Ecuador.
Cristhian Segarra, hijo de Efraín, precisó que el único material que recibieron fue una carta escrita a mano por Paúl en una hoja cuadriculada la cual conoció este diario, en la que se lee: “difundan este video a la mayor cantidad posible de medios de comunicación para presionar al gobierno al cese al fuego y al acuerdo que tienen (sic) con Colombia. Quieren el intercambio de detenidos. Sigan presionando al gobierno”.
Los retenidos a los que se refiere Paúl son tres hombres de “Guacho” capturados por las autoridades ecuatorianas luego de que el frente Oliver Sinisterra instalara un carrobomba en enero de 2018 en la estación de Policía del cantón San Lorenzo, en Ecuador, y causara heridas a 28 agentes.
“Nosotros lo que hicimos fue acudir al CICR y pedir la mediación, y ellos nos dijeron que podían llevar mensajes con su personal a través de la frontera. Les escribimos dos cartas en las que le decía a mi papá que tenía que ser fuerte y resistir, que iba a volver a casa, que iba a estar con su familia y que íbamos a presionar y esperar por él con todas nuestras energías y oraciones, pero nunca tuvimos una respuesta y nunca supimos más allá de los mensajes que se tuvieron en forma pública enviados por Guacho, expresó Cristhian.
Los siguientes días fueron de incertidumbre. Mientras los gobiernos de Colombia y Ecuador buscaban rescatar a los integrantes del equipo periodístico, “Guacho” enviaba comunicados exigiendo que cesaran operaciones militares.
“A nosotros nos dijeron muchas mentiras desde el inicio. Frente a cámaras y micrófonos los altos mandos y los políticos de Colombia y Ecuador nos dijeron que nunca hubo operativos y que la zona se había liberado para que las operaciones se pudieran realizar, y ahora conocemos que sí se dieron esos operativos”, asevera el hijo de Segarra.
Así los mataron
El 12 de abril de 2018 fue uno de los días más tristes para la prensa. Las balas de Guacho, un ecuatoriano que ingresó a las Farc en 2007 cuando tenía 16 años y vendía cachivaches en la frontera colombo-ecuatoriana, les segó la vida.
Ese día el presidente de Ecuador, Lenin Moreno, confirmó que fueron asesinados. Las versiones de alias “Cherry”, capturado meses después de la ejecución del equipo periodístico, apuntan a que los tres hombres fueron baleados amarrados a un árbol, pero en el documento de 75 páginas de la necropsia realizada por Medicina Legal en Cali, con ayuda de expertos ecuatorianos y conocido por EL COLOMBIANO, quedó claro la sevicia con la que les dieron muerte. A Javier le propinaron cuatro balazos, a Efraín dos, y a Paúl, seis.
Como consta en las actas, los cuerpos fueron hallados en dos fosas en la vereda El Coco, de Tumaco, Nariño, y los disidentes de las Farc instalaron artefactos explosivos para evitar la recuperación de los cadáveres. Junto a los tres periodistas, las autoridades hallaron un cuarto hombre señalado como familiar del jefe de las disidencias y quien habría sido fusilado por intentar ayudar a los secuestrados.
Según el registro forense, a Javier le encontraron “una pequeña linterna y su carné de periodista en el bolsillo”, Efraín tenía algunos anillos y Paúl una cadena de cuero con una guitarra como dije. “Se encontraron 18 vainillas de fabricación mexicana, italiana y peruana”, lo que para el analista del conflicto armado, Juan Carlos Ortega, es una de las pruebas de la relación de las disidencias “con los carteles de la droga, especialmente los mexicanos que están en la zona”. Además, también se registró que les dieron tiros de gracia y les dispararon a 1.20 metros.
Reclaman al verdad
Un año después del triple homicidio, el viernes los familiares del equipo periodístico fueron a la frontera, recorrieron las mismas calles que caminaron Paúl, Javier y Efraín, y pidieron verdad y justicia.
“No justifica por nada del mundo perder a nuestros seres queridos que fueron a cumplir con su deber, a conseguir una información para enterar al mundo y nunca regresaron”, expresa Galo y su voz se ahoga en un llanto contenido por más de un año.
Hasta ayer, el cintillo de luto que acompañó las ediciones del diario El Comercio se mantuvo como una forma de guardarles luto. En la redacción siguen intactos los puestos de trabajo de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra, esa es la forma de decirles que faltan tres, y que faltarán eternamente.
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días permaneció en cautiverio el equipo periodístico del diario El Comercio de Quito.