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Estos antimonumentos narran la memoria en Colombia y América Latina

En Colombia y América Latina se erigen nuevas formas colectivas para construir patrimonio.

  • Antimonumenta contra el feminicidio, colocada en Ciudad de México el 8 de marzo de 2019 por madres y familiares de quienes fueron asesinadas por ser mujeres. FOTO EFE
    Antimonumenta contra el feminicidio, colocada en Ciudad de México el 8 de marzo de 2019 por madres y familiares de quienes fueron asesinadas por ser mujeres. FOTO EFE
  • Réplica en cartón de la basílica del Voto Nacional, cercana al Bronx. Fue construida y destruida colectivamente en abril de 2017. FOTO CORTESÍA ALCALDÍA DE BOGOTÁ
    Réplica en cartón de la basílica del Voto Nacional, cercana al Bronx. Fue construida y destruida colectivamente en abril de 2017. FOTO CORTESÍA ALCALDÍA DE BOGOTÁ
  • Árbol de la vida, obra hecha con 27.398 armas blancas recogidas en procesos de desarme en Medellín. FOTO Manuel Saldarriaga
    Árbol de la vida, obra hecha con 27.398 armas blancas recogidas en procesos de desarme en Medellín. FOTO Manuel Saldarriaga
22 de diciembre de 2020
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La última vez que hicieron cuentas Medellín tenía casi 500 esculturas, según el documento Patrimonio de arte público, publicado en 2014, una cifra generosa que seguro se amplió en los últimos seis años.

Y sin embargo, si alguien hiciera el ejercicio de cuestionarse cuántas de esas narran historias de interés, significan algo para la ciudad o para sí mismo, posiblemente la cifra se reduciría a un puñado o quizás a cero.

Horst Hoheisel, un alemán que lleva más de 30 años construyendo nuevas formas de monumentos en torno al Holocausto y otras guerras, reflexiona en el “Arte de la memoria – la memoria del arte”, una investigación realizada para el Instituto Colombo-Alemán para la Paz, que esas esculturas fundidas en bronce y mármol, apostadas en las ciudades, permanecen inadvertidas porque no interpelan, no lanzan preguntas ni exigen respuestas.

Por eso surgen cada vez con mayor frecuencia los anti y contramonumentos, aquellos que, según explica la directora de Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional, María Belén Sáenz, “contrario a los tradicionales, no buscan legitimarse a sí mismos ni celebrar eternamente el heroísmo, el triunfo bélico o la historia oficial sino que se construyen de manera fragmentaria con muchas voces; aluden a la pérdida y a la búsqueda de una memoria”.

Los contramonumentos están llamados a ser creaciones colectivas y cumplir un ciclo, tal como lo hará Fragmentos, concebido en 2018 por la artista Doris Salcedo y que permanecerá abierto los próximos 51 años para que quienes aún no han nacido puedan recorrer el piso de 800 metros cuadrados que contiene 37 toneladas de armamento fundido que las Farc dejaron atrás después de la firma del Acuerdo de Paz, y que fue moldeado a golpe de martillo por decenas de mujeres víctimas de violencia sexual durante el conflicto armado, que según la versión oficial duró 53 años, los mismos que durará la obra ubicada en una casa colonial en Bogotá, que además alberga cada año expresiones diversas de memoria.

Otras historias, otras formas

En el ciclo de conferencias que tuvo lugar hace tres meses titulado El Trauma y el Monumento Fugitivo, organizado por Mincultura, Fragmentos y el Instituto Goethe importantes teóricos de todo el mundo plantearon estrategias sociales de construcción de memoria colectiva como la transformación de objetos y espacios de pasado violento y la apropiación comunitaria de lugares.

De a poco en las ciudades del país y en general en Latinoamérica, toman forma experiencias como estas. En Medellín existe desde 2012 el “Árbol de la vida” hecho con 27.398 cuchillos, navajas, y machetes, recogidos en procesos de desarme en barrios, que sirvieron de insumos para que el maestro Leobardo Pérez recreara un tumulto de cuerpos inacabados y que se ubica a un costado del edificio de la Casa de la Memoria en el Parque Bicentenario.

En abril de 2017, el arquitecto francés Olivier Grossetête lideró la construcción de una réplica cartón de la basílica del Voto Nacional, visitada durante décadas por presidentes, y que se convirtió en evidencia física de la degradación de todas sus formas de esa zona conocida como el Bronx, en Bogotá.

Junto a habitantes de calle, transeúntes, soldados y estudiantes, el arquitecto erigió el antimonumento que destruyó, también junto a ellos, al día siguiente.

Grossetête va por el mundo construyendo antimonumentos efímeros, según dice, para que los ciudadanos sientan en la piel e interactúen con las realidades que los rodean.

Precisamente allí, sobre las ruinas del Bronx, el pasado 17 de diciembre se proyectó la historia y los rostros de 12 personas cuyo rastro se esfumó, pero que gracias a los retazos de recuerdos de decenas de personas, muchos de ellos habitantes de calle, fueron rescatados del olvido definitivo.

“Lo que buscan estas iniciativas es mostrar que todos, sin excepción, tienen algo que contar para construir la memoria colectiva y que el medio puede ser incluso tan sutil y fugaz, pero poderoso”, expone Adriana Padilla Leal, directora de la Fundación Gilberto Avendaño, que lideró el proyecto llamado “Muro de la presencia”.

Antimonumentos en México

Este es uno de los países del continente donde la disputa por el espacio público y la memoria ha sido más intensa.

Allí, según explica en diálogo con EL COLOMBIANO la investigadora del Instituto Nacional de Bellas Artes Amaya Hidalgo, no solo puede rastrearse un antecedente del movimiento de descontento social que hoy, en todo el mundo, se materializa derribando y destruyendo estatuas, sino “que la ciudadanía ha encontrado su voz y su espacio y deja constancia de ello a través de los antimonumentos que surgen continuamente”.

Tres de estos se encuentran a lo largo del Paseo de la Reforma, de donde precisamente fue retirado en octubre el monumento a Cristóbal Colón, atacado por ciudadanos desde mediados de los 90.

El primer antimonumento se puso en 2015 para recordar a los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en 2014. Hay otros dos que recuerdan la muerte de 49 niños a causa de un incendio en guardería ABC, un caso que, de no ser por la presión social, no tendría responsables condenados aún cuando existía comprobada negligencia de los trabajadores del lugar.

Y también hay dos que claman justicia por los feminicidios y la violencia basa en género. Los últimos dos de los doce antimonumentos que hoy tiene México fueron ubicados el pasado 25 de noviembre.

Hidalgo, que desde su surgimiento investiga este fenómeno, resalta su espontaneidad y la capacidad para crear discusiones en torno a estos.

“Es la forma en que la gente le dice el Estado que la historia ni es estática ni tiene un solo lado. Que no pueden existir monumentos genéricos en memoria a las víctimas de la violencia en México cuando a cientos de mexicanos se les sigue arrebatando la vida. Es el testimonio de dolor que están construyendo para las próximas generaciones”, cuenta.

Repensar, sí; destruir, no

El derribo de la estatua del conquistador español Sebastián de Belalcazar, por parte de indígenas Misak en Popayán, el pasado 16 de septiembre, causó revuelo en el país, entre quienes lo consideraron un acto reivindicativo y quienes lo calificaron como vandalismo.

En diálogo con EL COLOMBIANO, el director de Patrimonio del Ministerio de Cultura, Alberto Escovar, reflexiona sobre ese hecho y resalta que era definitivamente justo quitarla del Morro de Tulcán, donde se hallaba.

“Buena parte del país no tenía conocimiento de que la estatua estaba justo encima de un sitio arqueológico prehispánico de enorme significado para las comunidades indígenas, por consiguiente poner una escultura de un conquistador español encima fue una pésima idea, aunque tampoco es una buena idea, desde el punto de vista patrimonial, destruirla”, expone Escovar.

El director reconoce que, aunque errado en sus formas, el debate que abrió el hecho es necesario en el país. “No solo esta sino muchas otras esculturas necesitan repensarse, relocalizarse; debatir en torno a la historia y a los personajes. Lo que me preocupa es la idea de que si no estoy de acuerdo con algo lo destruyo; primero porque en estos monumentos hay una propuesta estética y segundo porque si abrimos esa puerta no habrá un límite, y entonces alguien se creerá un día con derecho de quemar una iglesia del periodo colonial u cualquier otro bien público, y esas decisiones unilaterales no solo se igualan a lo que buscan confrontar sino que despojan a la historia de un elemento que, sin duda, tiene mucho por contar”

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