Un aventón de taxi en El Poblado dejó de valer la mínima hace años. Las personas que trabajan en la zona afirman que la tarifa no baja de los $12.000, cuando el recorrido más corto en cualquier punto de la ciudad está en $6.200. El cobro es irregular por donde se le mire. Pero algunos taxistas se ‘pinchan’, dicen los afectados, y no hacen por menos la carrera. Saben que su clientela fuerte son los turistas, en particular los extranjeros, quienes suelen tener mayor poder adquisitivo. ¿Tanto visitante de afuera está encareciendo el costo de vida?
La pregunta podría ser apresurada, si se parte únicamente del incremento en el servicio de taxis. Pero en redes sociales emergen con frecuencia aseveraciones de este corte: “Tanta ‘carestía’ en Medellín es por los extranjeros”. O: “es que todo está muy caro. En El Poblado ya no hay arrimadero”. La percepción de algunos es que los servicios en esta comuna —y también Laureles, que es atractiva para los turistas— se han encarecido por cuenta de la visita de extranjeros. Que allí se han formado burbujas de precios.
Pero, ¿hablamos de un mito o de una realidad? Recorrimos ambas comunas y encontramos que, en el caso de los residentes, el parte es mesurado: dicen que los precios en esas zonas han sido históricamente más caros en comparación con otros puntos de la ciudad, y que el frente que podría estarse transformando es el de los arriendos: el alojamiento turístico, inferior al mes en duración, podría estar desplazando otras modalidades de vivienda.
A los comerciantes, por su parte, este tipo de turismo los ha favorecido. De hecho, hay establecimientos como restaurantes y bares con afluencia casi única de extranjeros. Pero esto tampoco ha resultado en cartas de precios escandalosas, según corroboramos. Y las entidades del sector, como agremiaciones hoteleras y de propiedad raíz, no cuentan con datos concluyentes que evidencien si la visita de tanto ‘gringo’ y europeo encarece o no el costo de vida.
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Son las 10:00 de la mañana de un miércoles. Es mitad de semana y, contrario a lo que muchos pensarían, ya hay turistas extranjeros recorriendo Laureles. Estamos en el segundo parque de la comuna. En los hoteles cercanos muchos visitantes desayunan, previo a salir a cumplir con sus itinerarios. Otros esperan el semáforo para cruzar la calle. Unos cuantos recorren la avenida Jardín, con bebés en brazos, en búsqueda de desayuno.
La hora, sin embargo, implica que la mayoría de negocios estén cerrados. Abiertos están los establecimientos que ofrecen el ya tradicional ‘brunch’, una especie de desayuno - almuerzo para los no madrugadores. En el sector, a las afueras de una distribuidora de textiles, Carlos Bohórquez, mientras les da ingreso a algunos automóviles, afirma: “¿Los precios? Esos suben por el gobierno y no por los extranjeros. Aquí nadie dice: ‘eso por qué tan caro’, como pasa en Cartagena. Ni la gente que vive acá en Laureles”.
Según Carlos, los precios en las tiendas y de transporte son normales. Lleva dos años trabajando en la zona y no ha escuchado ese tipo de quejas. Tampoco le ha pasado que le cobren de más. Dice, en este sentido, que la zona siempre ha sido ‘carita’, de más ‘caché’, y que en eso ellos no tienen la culpa. “Los ‘gringos’ que vienen son visitantes más que todo. Separan un hotel, se quedan una semana, un mes o dos, y se van”. Son escasos los que residen de forma definitiva, dice. Son lo que conocemos como población flotante.
“Might I expose you something?”. Pasa por la calle una pareja de estadounidenses, naturales de Filadelfia. La mujer, llamada Cynthia, le habla a Nate, su compañero de viaje. Carlos los mira de reojo: “Aquí hasta decimos ‘jelou’, porque nos toca”. La pareja ingresa a un café. Allí desayunan. Los precios, por la apariencia del lugar, podrían ser elevados. La carta del establecimiento, sin embargo, expone lo contrario.
Unos huevos florentinos, acompañados con pan, queso crema, espinacas salteadas y salsa holandesa, y que además traen fruta, se encuentran desde $23.000. El desayuno más elevado, que incluye salmón ahumado, llega a los $36.000. Y los platos fuertes, como las pastas o los bowls no superan los $42.000. El máximo de las bebidas, frías o calientes, es de $10.000. Una que otra se trepa a los $12.000.
“Los precios para nosotros son muy baratos, porque en los Estados Unidos todo es muchísimo más caro”, dice Cynthia. “What do you think, Nate? ¿Hemos sentido que nos cobren de más?”. Nate responde: “Don’t know, really...”. “La verdad”, retoma ella, “estamos haciendo cosas caras porque queremos, como cenar en algunos restaurantes. El Cielo, por ejemplo, es uno de ellos. Fancy restaurants, más que todo. Aunque en The States costaría cuatro veces más”.
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Del otro lado de esta comuna, en El Poblado, hay quejas que contrario a la percepción de Carlos parecen reseñar las burbujas de precios. Una empleada de un local en el corredor de Provenza cuenta que todo es más caro por causa del turismo, en particular los taxis. Por ese lado, justamente, comenzamos esta nota: no hay taxímetro que valga para los cobros en esa zona. Si bien a los locales les piden menos que a los extranjeros por carrera, el aumento es evidente respecto a otras aplicaciones de transporte.
Mientras que un Uber cobra $5.000 o $6.000 por una carrera entre la estación del metro Poblado y el corredor de Provenza, algunos taxistas cobran hasta $15000, dependiendo del tráfico y del usuario. “Y si vas a comprar comida o trago”, cuenta la joven, “también es más costoso. Porque la gente que viene gasta más. Un helado, que en otro punto vale $2.000, aquí le cuesta tranquilamente $8.000”.