En una conversación con la escritora culinaria Sofía Ospina de Navarro, Tomás Carrasquilla añoraba, como algo perdido para siempre, un exquisito plato de su infancia. Recordaba que lo había comido en Santo Domingo, su pueblo natal, en donde ejerció como sastre y fue contertulio, bebedor de aguardiente y organizador de fiestas. Lamentaba que “La gallina enjalmada”, aquel manjar, hubiera desaparecido hasta del recuerdo de sus paisanos. Pero anhelaba el jugoso sabor, la fina cobertura de grasa de cerdo, la crocancia del apanado.
Han pasado ochenta años, diez meses y dieciséis días de la muerte de Carrasquilla. Pese al largo tiempo, su nombre no ha caído en el olvido. Hace dos años, un suceso particular, cuasi milagroso, tuvo lugar en Santo Domingo. Atraído por el escritor, un visitante llegó al pueblo; no conforme con recorrer las calles y haber visitado la casa en que nació Carrasquilla, entró a El Cafecito de Tomás, un local agradable, iluminado y perfumado a tinto. Quería una vivencia particular: comer algo típico de los tiempos del autor de Frutos de mi tierra. Como nadie recordaba qué se comía en aquel entonces, varios dominicanos se dieron a la tarea de releer a Carrasquilla, ahora prestando especial atención a la gastronomía. También se volcaron sobre sus cartas y su autobiografía. Y redescubrieron “La gallina enjalmada”, el añorado manjar del escritor. Fue una resurrección culinaria.
La redentora del plato es Catalina Botero, una de las fundadoras del Cafecito de Tomás. Hace dos años está investigando sobre ese plato. Cada día trata de perfeccionarlo, siempre siguiendo la descripción que hizo Carrasquilla. La gallina, por ejemplo, va acompañada de cidra, que en los tiempos del escritor brotaba hasta en los solares.
—Hemos hecho mil ensayos de la gallina—dice Catalina—: el problema es que ya nadie recordaba el plato y solo lo hemos reconstruido a partir de lo que dijo Carrasquilla. Era una receta que se había perdido por completo.
Además del plato resurrecto, Carrasquilla se pasea por el pueblo como si estuviera vivo. Su estampa, de bigote espeso y anguloso, de mirada fija e irónica, está representada en pinturas, portarretratos y murales. Su alma parece haberse quedado cautiva en ese poblado de calles empinadas.
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Santo Domingo está encumbrado a 1.975 metros sobre el nivel del mar. Fue fundado en 1778 sobre unas colinas que suelen esconderse tras la neblina. Ahí nació Carrasquilla en 1858, mucho antes de que el tren pasara cerca del pueblo, abriéndose paso entre las montañas. En 1876, luego de cuatro años en Medellín, el escritor en ciernes volvió a su pueblo.
Sin demasiado por hacer, y entregado a la lectura y al ocio, ejerció como sastre, un oficio que mediocremente había aprendido en la ciudad. En el tiempo sobrante, junto a Francisco de Paula Rendón, su mejor amigo, diseñaba y decoraba altares para rituales religiosos; estaba en primera fila en la celebración de las fiestas populares.
En una carta de la época, describe cómo el pueblo, alegre, estaba viviendo un verano que animaba las almas y los cuerpos de los dominicanos:
“Ha habido un chinquismo permanente de paseos con música, meriendas con ídem, bureos bailables y cantables, piezas de prendas, invitaciones a gallina y a rellena, caminatas al carreteo con tertulión, recitaciones en los puentes, caravanas de señoras con todas las zalamerías, coqueteos, alegatos y chismes”.
Carrasquilla, en sus 82 años de vida, escribió nueve novelas y 24 cuentos. Una de sus obras cumbre, Frutos de mi tierra, la terminó de redactar en Santo Domingo, cuenta la periodista Claudia Arroyave en El pueblo de las tres efes. Aprovechando el sosiego de su pueblo, se encerró para concluir la obra en la “quietud arcadiana de mi parroquia, mientras los aguaceros se desataban y la tormenta repercutía”.
El escritor, con su típica ironía, llamó a Santo Domingo el pueblo de las tres efes: frío, feo y faldudo, una calificación que luego se adaptó a muchos pueblos. Pero llamar feo a Santo Domingo es injusto. Las casas del parque, con coloridas balaustradas, se conservan como a comienzos del siglo XX: paredes gruesas de tapia, tejados de barro, jardines coloridos.
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El Cafecito de Tomás, donde se recuperó “La gallina enjalmada”, está a cien metros de la casa donde nació Carrasquilla. La casona, ahora transformada en museo, se está convirtiendo en lugar de peregrinación. Lectores de Carrasquilla llegan de todas partes para conocer los orígenes más remotos del escritor, ver la cama en donde alguna vez durmió, la mecedora que, hoy lacerada por el paso de más de 80 años, lo soportó en los últimos tiempos de su vida, enfermo y ciego.
Así como la casa de Faulkner es lugar sagrado para sus lectores, que llegan a Mississippi con sus libros bajo el brazo, a la de Carrasquilla, en la esquina sur del parque, arriban lectores conmovidos. Ángela, una de las guías del museo, recuerda la visita de un alemán. El hombre se sentó en el patio interior, luego del recorrido. Entonces comenzó a llorar. Cuando le preguntaron si le sucedía algo, respondió que hacía años quería visitar la casa del escritor. Había cumplido un sueño.
Santo Domingo, al igual que Mississippi, se puede recorrer con los libros de Carrasquilla bajo el brazo. La prodigiosidad de la tierra, rodeada por el Nus y el río Nare, salta a la vista. En Simón el mago, el narrador describe cómo el fango, luego de un aguacero, fertiliza los plantíos: “Desaguaba por la pendiente aquella, formando cauce de negro y palúdico fango, que fertilizaba los lulos, las tomateras, el barbasco, allí nacidos espontáneamente”.
En ese mismo relato, cuando el protagonista se lanza a la quimera de volar, describe el paisaje: “De él volaríamos al ‘Alto de las Piedras’, que domina el pueblo por el sur, y del Alto... a la región. La elevación debía ser simultánea”. De haber volado, Simón habría señoreado la capilla, construida a finales del siglo XIX, las colinas que rodean el pueblo; más lejos, aguzando la vista, habría columbrado los corregimientos de Porce, Versalles, Santiago y Botero y, más allá, el camino al mundo: el río Magdalena.
Por ese río llegaban los libros que Carrasquilla pedía de Francia y España. Junto a Pacho, su mejor amigo, los devoraba a la par que participaba de tertulias. Carrasquilla llevaba una vida particular en Santo Domingo. Cuentan que poco se le veía durante el día y solo salía a la caída del sol. Pasaba el día encerrado, leyendo. Cuando la oscuridad entraba, salía de su guarida y tertuleaba con gusto.
Algunos de sus libros se conservan hoy en su casa museo. Allí está la Biblioteca del Tercer Piso, fundada el 6 de octubre de 1893. En su creación participaron Carrasquilla y Pacho, que no se perdían el menor acontecimiento del pueblo. Cuenta la periodista Claudia Arroyave que los socios de la biblioteca eran personajes ilustres del pueblo, que para el 20 de noviembre de ese mismo año ya habían reunido 212 pesos para la compra de los primeros libros.
La biblioteca ha pasado por seis salones durante sus 128 años de existencia. Hoy está en la casa museo, pero de sus 3.200 libros quedan 1.080. En sus constantes trasteos se perdieron 2.000, pero quedan algunos invaluables, como ediciones de Don Quijote de la Mancha, las novelas de Pérez Galdós o los poemas del Siglo de Oro. Todos esos textos, hoy manchados y hasta derruidos por el paso de los años, llegaron por el Magdalena y subieron en mula por estrechos y sinuosos caminos de herradura.
Esos libros de vanguardia, algunos de ellos en francés, alimentaron lo que más tarde escribiría Carrasquilla. Las letras llegaron hasta el Nordeste y calaron en su mente. Luego escribió su obra, considerada un “milagro” brotado en esas agrestes montañas.
No en vano, el escritor Eduardo Escobar lo consideró un “Shakespeare montañero”. En el estudio “Tomás Carrasquilla y los críticos colombiano del Siglo XX”, Pablo Montoya resalta cómo, a pesar del lenguaje coloquial, la obra del dominicano goza de universalidad, lo que la ha mantenido vigente.
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A cuadra y media de El Cafecito de Tomás está el local Memorias de la Montaña. Su producto estrella es ¡Qué te Tomás!, un café premium ilustrado con la figura más recurrente en Santo Domingo: la de Carrasquilla. Julián Bustamante, uno de los socios, es admirador del autor de La marquesa de Yolombó:
—Más que un escritor, Carrasquilla era un filósofo. Logró meter en su obra toda la antioqueñidad y la hizo universal.
Julián, mientras prepara un ¡Qué Tomás!, cuenta que hace dos años está exponiendo A la diestra de Dios padre y Simón el Mago a los turistas. Estudió teatro en la Universidad de Antioquia y montó una obra de cada relato. La idea de Julián, que comenzó antes de la pandemia, hace parte del renacimiento de Carrasquilla .
—¿Saben qué?—dice, mientras sirve el café humeante—hemos presentado la obra ante un público de 38 y 40 personas. Cada vez viene más gente a hacer la ruta de Carrasquilla.
Esa peregrinación ya existe. La Alcaldía, con la ayuda de la Gobernación y el programa Antioquia es Mágica, está en la construcción de una ruta carrasquillera. Los asistentes pueden visitar los sitios mencionados en la obra, como los cerros y el cementerio; después, degustar la gallina enjalmada y hacer la digestión a la diestra de Dios padre, en la presentación teatral de Julián.
La resurreción de Carrasquilla ha sido la de Santo Domingo. Ante los ojos de los dominicanos se abre una nueva puerta, la de vivir una aventura literaria, la de habitar dos mundos: el tangible, real, a veces triste y desengañador, y el mágico, ensoñador, de las novelas de Tomás Carrasquilla .