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¿Un muro en el tapón del Darién? La cara oculta del drama de la migración en la frontera con Panamá

El presidente Gustavo Petro aseguró que de Estados Unidos le pidieron levantar un muro en la frontera con Panamá. Fue desmentido.

  • Este año han llegado a Acandí y Capurganá unos 300.000 migrantes. Aunque la mayoría son venezolanos, también llegan asiáticos y africanos que huyen de gobiernos totalitaristas. FOTO CAMILO SUÁREZ ECHEVERRY
    Este año han llegado a Acandí y Capurganá unos 300.000 migrantes. Aunque la mayoría son venezolanos, también llegan asiáticos y africanos que huyen de gobiernos totalitaristas. FOTO CAMILO SUÁREZ ECHEVERRY
20 de septiembre de 2023
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Miles de migrantes se atiborran en las playas de Turbo y Necoclí por miedo a la posible construcción de un muro en el Tapón del Darién, según dijo el mismo presidente Gustavo Petro, en un supuesto pedido del Gobierno de Estados Unidos y que fue desmentido por John Kirby, asesor de Seguridad Nacional del presidente Joe Biden.

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Al lado del muelle de Necoclí, un grupo de migrantes venezolanos comentaba ayer los últimos acontecimientos: “Gracias a Dios, nosotros lograremos pasar el Darién, pero muchos, por temor de quedarse varados, están malvendiendo sus cosas para migrar hacia el norte. Panamá cerrará la frontera y Petro dijo que los gringos le pidieron que construyera un muro en el Darién”. Y es que ayer en grupos de WhatsApp que coordinan los “coyotes” se regó: “Petro construirá un muro el Darién y Panamá deportará a todos los migrantes”.

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Existen redes de tráfico de personas que empiezan en Asia o África y pasan por Dubái, en cuyo aeropuerto, supuestas agencias de turismo le entregan al migrante un folleto con indicaciones para enfrentar la travesía hasta Estados Unidos; también las hay en Medellín, desde donde salen vuelos chárter directos a Ciudad de Panamá y Ciudad de México. Y los hay en las playas de Turbo y Necoclí, bien entrada la noche, salen lanchas ilegales cargadas de migrantes con destino a Carreto o Caledonia en Panamá.

Hasta 2019 estas redes imponían un costo de entre 800 dólares a los migrantes para “ayudarlos” a cruzar el Golfo de Urabá, y otros 2.000 dólares para llevarlos desde Capurganá hasta la frontera con Panamá. Hoy ese costo es de 40 dólares y 150, respectivamente.

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En mayo de 2019, tras el naufragio en el que murieron 21 personas, la comunidad de Capurganá, liderada por el Consejo Comunitario Cocomanorte, cerró el paso a los migrantes, lo que generó la segunda crisis migratoria en Necoclí (la primera fue en 2016, en Turbo). Centenares eran abandonados en las playas y a ese poblado de 4.000 habitantes le tocaba rescatarlos y darles atención humanitaria.

El 30 de mayo de 2019, la Comisión Interinstitucional Contra el Tráfico de Migrantes, liderada por el entonces canciller Carlos Holmes Trujillo, se reunió en Acandí. Se reabrió el paso, se permitió la venta de tiquetes para los migrantes en las rutas comerciales desde Turbo y Necoclí y que los nativos guiaran a los migrantes. La JAC de Capurganá logró que el SENA capacitara en guianza a 75 originarios. Desde esa fecha y desde ese acuerdo, no se ha presentado ninguna violación, robo, estafa o muerte de migrantes en el Darién colombiano, según las autoridades.

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A pesar de sus 25, Laura* tiene la piel ajada y quemada por el sol; en su rostro se perciben manchas negras y está a la espera de un diagnóstico por posibles melanomas. Su enfermedad es producto de cinco jornadas por semana guiando a migrantes hasta la frontera con Panamá, en medio de aguaceros o solazos brutales. Ya perdió la cuenta de cuántas veces ha estado en peligro por crecientes súbitas de los ríos o por resbalar por acantilados. Pero dice: “No temo sufrir un cáncer. Este trabajo me ha permitido liberarme de un marido abusador y construir un hogar digno para mis dos hijas y mi madre”.

Laura vive en Capurganá, en una casa con dos habitaciones y una diminuta sala que sirve a la vez de cocina. Tener una vivienda de estas condiciones es lujo para la mayoría de los habitantes en el Darién. El día que la visitamos estaba feliz, pues con su último salario de poco más de cuatro millones, compró las baldosas y cemento para cubrir el piso de tierra.

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Laura se hizo guía —algunos dirán “coyote”—, al ver cómo otras mujeres hacían el trabajo de guías y lograban mejorar su economía: “Decidí pedirle pista a la mesa coordinadora que maneja los albergues. Ellos me aceptaron por mi comportamiento, pero primero tuve que hacer dos meses de trabajos comunitarios, arreglando vías, recogiendo basura y ropa abandonada por los migrantes en la ruta, de ahí me permitieron ser maletera y desde hace dos años soy guía, no una ‘coyote’”.

Esta mujer férrea habla de los 150 dólares que paga cada migrante: “En ese dinero va incluido transporte desde la llegada hasta el segundo albergue, el pago de 2.000 personas que hacemos funcionar esto como hormigas arrieras, el pago de tres médicos, cinco enfermeras, la construcción y dotación de tres puestos de salud. Acá llega un migrante enfermo y se le dan sus medicamentos; una vez llegó muy mal un señor portador de VIH, inmediatamente el médico lo valoró y la mesa autorizó comprarle la droga. Hoy ese señor está en Estados Unidos y cada rato nos escribe agradeciendo”.

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Este año cerca de 200.000 migrantes han llegado a Acandí, mientras que se calcula que a Capurganá han sido 100.000. No se puede considerar como población flotante, porque unos se van y otros llegan. Esto significa un aumento significativo en la población que consume bienes, servicios, recursos naturales; hoy Capurganá y Acandí sufren racionamientos constantes de energía y agua.

Según la misión médica de los albergues, en lo corrido del año han atendido 14 partos de migrantes en medio de la selva. Miles de niños llegan con cuadros agudos de desnutrición, enfermedades de piel y hasta discapacitados, que son atendidos con el dinero aportado por los migrantes.

El 17 de febrero de 2023 más de doscientos migrantes fueron obligados por la Alcaldía de Necoclí a enfrentar la selva del Darién. Con engaños fueron embarcados en lanchas hacia Capurganá, allí el personal del albergue les dio alimento, ropa, equipos para la travesía y los llevó gratis hasta la frontera con Panamá. Una semana después este periódico reportó la muerte de varios de esos migrantes, entre ellos un colombiano, y la desaparición de otros más. Sus cuerpos están olvidados en la selva panameña.

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A la una de la mañana de cualquier día, una madre y sus dos pequeños hijos, esculcan la basura en la zona rosa de Apartadó. Salieron hace tres meses de Chile por culpa de la xenofobia y porque los recursos obtenidos vendiendo dulces en semáforo de Santiago, que antes servían para vivir medianamente, ya no alcanzaban. Si pagaba la pieza, no comía. En Suramérica ya no hay semáforo para tanto venezolano”.

En realidad, decidió huir por proteger a su hija: “Tiene trece años y es una mulata muy bella, eso llamó la atención de la gente del Tren de Aragua, que maneja la prostitución de niños y niñas venezolanas en Suramérica. Prefiero a mi hija muerta en el Darién que en las garras de esos demonios”. La mujer tiene 43 años, pero que aparenta 60, mira a su hija y ella asiente con la cabeza, aceptando el destino.

Por Juan Arturo Gómez Tobón. Colaboración especial para EL COLOMBIANO

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