Sobre la tierra del ecoparque camposanto de Villatina, que cobija los huesos de algunas víctimas de la mayor tragedia que ha vivido Medellín, se expande una invasión de construcciones irregulares que los vecinos ven con preocupación y que es solo un ejemplo más de un problema que crece descontrolado en otras zonas de la ciudad, como Moravia o la vía al túnel de Occidente.
Pero en Villatina duele mucho más porque es una afrenta a la memoria de seres amados que el 27 de septiembre de 1987, a las 2:00 p.m., fueron sepultados por una avalancha. Era domingo. Algunos disfrutaban el clásico paisa de fútbol y otros celebraban primeras comuniones de niños de la zona. Recuerdan que fueron casi 500 víctimas y que por lo menos la mitad quedó enterrada allí.
Días después, el lugar fue declarado camposanto. La comunidad construyó una pequeña iglesia de madera y se erigió el monumento a la vida, dos emblemáticos brazos fuertes que elevan un bebé como signo de que cada muerto resurgiría desde la tierra porque ninguno se echaría al olvido.
La escultura sigue allí, pero hoy parece que no es suficiente para preservar la memoria. Luis Eduardo Arias, integrante de la Corporación Camposanto, cuenta que empezaron a notar los primeros indicios de las construcciones irregulares en predios del ecoparque hacia 2018, cuando la administración municipal, en ese entonces de Federico Gutiérrez, comenzó a bajar la presencia en el lugar. Y así se ha mantenido en la de Daniel Quintero, frente a quien sienten un completo abandono.
“Olvido propicia invasión”
No es solo un sentimiento. El deterioro es evidente, pese a que a mitad de 2014 el camposanto se entregó renovado, con aula múltiple, senderos peatonales, juegos infantiles, gimnasio urbano, terrazas y campo deportivo, proyecto que tuvo una inversión de $2.680 millones.
Entonces, la iglesia de madera, que albergaba hasta 200 personas, se cambió por un templete rodeado de otros espacios en los que la comunidad podía hacer conmemoraciones, talleres, lunadas, oraciones y jornadas ambientales.
Cuentan que casi terminando la pasada administración se comenzó a notar cierto olvido con el poco apoyo, incluso, para desarrollar el evento de conmemoración cada 27 de septiembre. “Con la alcaldía de Quintero esperábamos que hubiera más apoyo por su discurso, pero en este momento se nota el abandono. Viene Metroparques, que es el que hace el mantenimiento unas dos veces al año, pero no hay acompañamiento ni inversión para dinamizar la construcción de memoria y enseñarles a las nuevas generaciones qué pasó aquí”, dice Luis Eduardo.
Han enviado cartas y derechos de petición para que la administración haga más, pero no han tenido respuestas alentadoras y temen que más temprano que tarde el sitio esté fuera de control por invasiones, lo que a futuro dejaría la zona sin el camposanto. Ayer, por ejemplo, en el sitio se parqueó un camión del que bajaron adobes y bultos de cemento hacia una zona donde ya se ve la tierra pelada para levantar futuros muros.
La última petición la hicieron en febrero de este año y la Alcaldía respondió que cumplen con el mantenimiento y que en 2021 intervinieron el gimnasio (Ver facsímil). La respuesta los dejó sin aliento, pero quieren seguir pidiendo que el camposanto no corra la suerte de otros sectores llenos de invasiones.
EL COLOMBIANO hizo cuatro preguntas a la Alcaldía de Medellín sobre el tema, no solo respecto a Villatina, sino también al panorama del loteo y las invasiones, pero tras seis horas dijeron que no les daba tiempo responder para el cierre de esta edición. Estas páginas quedan abiertas a su postura.
Lo cierto es que el secretario de Gestión y Control Territorial, Carlos Mario Montoya, en respuesta a un tema similar hace algunos meses, manifestó que tienen 200 profesionales que atienden la situación, pero también que no es una tarea fácil por “la injerencia de actores armados ilegales, la construcción de manera acelerada de ranchos en horarios nocturnos y la necesidad de la gente”, que llevan a que se invadan rápido los espacios que la Alcaldía recupera.
En el caso de Villatina, José Joaquín Calle, sobreviviente de la tragedia del 87, siente una tristeza indescriptible por “una Medellín pensada como ecociudad que no protege un ecoparque” que, además, esconde el recuerdo de quienes murieron allí. Ese día, él mismo perdió a sus padres, dos hermanas, un hermano y un sobrino.
Esto, sin contar que el camposanto, de 18.000 metros cuadrados, recibió en España hace algunos años el Premio Santiago de Compostela de Cooperación Urbana, y hoy es un lugar de consumo de vicio, con muebles viejos que rodean el verde y las flores que persisten allí en medio del mugre y un templete roído, con columnas que penden de un hilo y un mural descolorido que recuerda a las víctimas.
Joaquín se salvó de ser una de ellas porque estaba jugando fútbol; de las dos hermanas nunca encontraron rastro y cree que pueden estar bajo esas tierras que se invaden de casas y perecen entre el abandono.