Una creciente súbita de la quebrada La Iguaná puso a vivir a Luz Daza en casa ajena. El 31 de marzo de este año, en compañía de su nieta, tuvo que salir corriendo. La huida fue corta: terminó viviendo al frente, donde una vecina, con lo poco que el agua no alcanzó a dañar. Allí, en el barrio El Pesebre, a escasos metros de la segunda quebrada más caudalosa de la ciudad, recuerda lo que ese día deseó su nieta: “Ay, mita, para qué vivir así. ¿En estas condiciones? Es mejor morirnos”.
Luz, quien dice estar al borde de la locura por quedarse sin casa, no deja escapar una cifra: su nieta tiene diez años. El anhelo de la niña, entonces, aturde con más ahínco los oídos. Las alteraciones del cauce de la quebrada dispararon las noticias no gratas y tienen sufriendo hasta a los más pequeños. En este barrio de la comuna 13 no se sabe qué es peor: los gritos de la gente o el sonido de las sirenas del Sistema de Alertas Tempranas (Siata) cada vez que llueve y la quebrada se crece.
Tan solo este año, en El Pesebre han contado cuatro crecientes súbitas —una cada dos meses—. La quebrada se tiñe de un color oscuro, acumula espuma y comienza a subir; se recuesta con furia sobre las márgenes del barrio y destruye lo que encuentra a su paso: reclama espacio, la arrinconaron. ¿Pero la culpa es solo de quienes levantaron casa en la zona de retiro y se convirtieron en sus vecinos? Parcialmente: los gobernantes de turno se han lavado las manos con esta respuesta y el debate, pese a los años, sigue en la lista de pendientes: ¿la ciudad está a tiempo de pensarse en torno a sus quebradas y su río, o ya es demasiado tarde?
No hay espacio para titubeos: el 100 % de la red hidrográfica de Medellín carga con algún grado de riesgo. Es decir: las 4.217 quebradas (56 afluentes principales y 4.161 secundarios). Así lo precisó este junio Luis Humberto Ossa, subsecretario de Recursos Naturales, al detallar que son 12 las más críticas. El panorama es alarmante: decenas de historias como la de Luz tienen lugar hoy en la ciudad.
El Pesebre, un espejo
Luz, apoyada en un sobresalto del suelo, espía los escombros que duermen en la que hasta hace cinco meses fue su casa. Empinada, por el tragaluz de la puerta, observa el espacio que abandonó por causa de su vecina: La Iguaná, que nace en el sector de Boquerón, en San Cristóbal, corre a tan solo dos metros.
En una noche de marzo, la quebrada creció y derribó los muros de varias casas. La suya se salvó, pero alrededor solo quedaron ruinas: muros incompletos, columnas en el aire, varillas de hierro y concreto deformados: no podía seguir viviendo allí; el riesgo parece irremediable. Recibió una orden de evacuación.
En El Pesebre, en lo que va del año, han perdido la cuenta de afectados por las crecientes: en marzo, como la de Luz, siete familias fueron evacuadas; luego, en abril, se desocuparon once casas y se contaron 41 damnificados. El Jardín, Las Brisas y Búcaros son los sectores más afectados: están en toda la ribera.
Las emergencias no son nuevas. Ramiro García ha vivido 50 de sus 72 años en este barrio. Le tocó, cerrando la década de 1980, una creciente. Entonces, a las 12:00 de la noche de un día que no recuerda, sintió un “batacazo”. Solo pudo decirle a su esposa: “Mija, recoja lo que pueda, que nos quedamos sin casa”. El agua se lo llevó todo. Tuvo que construir de nuevo un techo. La Alcaldía, dice, no hizo nada para reubicarlo.
En la zona abundan relatos similares. La lideresa Rosalba Piedrahíta le ha seguido el pulso a la problemática desde hace 30 años. Ella, también damnificada por La Iguaná, cuenta que las avenidas torrenciales no son algo nuevo. Pero la quebrada tenía su cauce. Desde que lo intervinieron, dice, las crecientes se han vuelto más frecuentes.
Primero fue el corredor que conduce al túnel Guillermo Gaviria Echeverri: “Pensaron en la vía, pero no en las vidas. Desde 2015, fecha en que terminaron esas obras, vivimos de creciente en creciente”, cuenta. La Iguaná tenía un trazado: hacía sus curvas —meandros—, recibía sus afluentes. Eso sigue ocurriendo, pero decenas de metros más cerca de El Pesebre, hacia donde se desvió la quebrada cuando, por el paso de la vía, desapareció otro barrio: La Isla, de Robledo.
La comunidad también tiene en sus cuentas una intervención de EPM. En la zona alegan que mejorar el tratamiento de las aguas residuales implicó alteraciones: “Vinieron, hicieron el trabajo y se fueron. Las piedras quedaron revolcadas. No se construyó ningún muro de contención”, comentan. La montaña de escombros que se levantó hace meses a la altura de la Universidad Nacional, y que la Alcaldía removió tras una publicación de EL COLOMBIANO, tampoco pasa desapercibida. En El Pesebre reconocen que cargan con parte de la responsabilidad.
Un riesgo de ciudad
El drama de este barrio de 12.000 habitantes es casi una excusa para escarbar en la herida que, por cuenta de las malas decisiones urbanísticas, la ciudad no logra sanar. En este momento, La Presidenta, Doña María, La Frisola, Malpaso, Marucha, La Picacha, Peña Liza, La Hueso, Altavista, La Madera, La Iguaná y San Pedro son las quebradas que, por riesgo crítico, podrían causar más de una tragedia.
Ante este diagnóstico, recrudecido por la ola invernal, la Alcaldía emprendió reparaciones de placas, losas de piso de canales y coberturas, así como estabilización de estructuras de protección en los cauces. Las labores, sin embargo, son solo de mitigación; mecanismos reactivos y no preventivos.
Pero el estado actual de la red hidrográfica está afincado en el pasado. Algunas quebradas terminaron tapadas, enterradas, por cuenta de sus malos olores y las batidas higienistas de otras épocas; otras, canalizadas, estrechas, cuando sus caudales son superiores; no pocas se convirtieron en basureros comunitarios; y buena parte fueron desplazadas por el crecimiento demográfico y la planificación urbana.
Medellín tuvo la oportunidad de gestionar mejor sus quebradas y río, pero se tomó el camino equivocado: “Llenamos la ciudad de canalizaciones, tapamos muchas quebradas. Y las soluciones han sido precarias: todo el que necesita una vía, amplía, estrecha, y pasa por encima del agua”, afirma Jaime Ignacio Vélez, especialista en planificación de cuencas.
Ahora, la zozobra también arrecia en Santa Inés, Villa Hermosa, Aures, Robledo Miramar y Belén las Violetas, barrios en riesgo por afloramientos de aguas. En El Poblado más de una vez han lanzado gritos de auxilio por sus quebradas. El río Medellín ha superado los cinco metros de profundidad en días de lluvia —tres metros por encima de su caudal habitual— y sus puntos críticos, vecinos directos de la línea A del metro, son 50, con corte a junio.
Esto es resultado de una visión miope del problema, dice Juan Miguel Durán, experto en urbanismo. Un déficit que no se ha resuelto, relacionado con la oferta de vivienda social, ha llevado a las personas a buscar hogar en las riberas de las quebradas. Las lagunas de control territorial también han influido: locales comerciales, conjuntos residenciales y otras actividades se han asentado, con la anuencia de las autoridades, en zonas de retiro. Pese a esto, dice Durán, la ciudad tiene la gabela de enderezar camino.
Aprender de los errores
Taparse los oídos ante los llamados de alerta puede hacer de Medellín un territorio inviable a futuro. Para la muestra, un botón: el metro es el soporte del transporte público del Valle de Aburrá. Cuando las socavaciones en su margen han impactado la operación, millones de ciudadanos se han visto afectados. Su gerente, Tomás Elejalde, ha dicho que las afectaciones en las márgenes del río, cuyo cauce también fue alterado, podrían llevar al colapso del sistema masivo.
En junio pasado, los traumatismos por una socavación entre Tricentenario y Acevedo resultaron en la pérdida de más de $800 millones durante cinco días, un roto en el bolsillo del metro por ingreso de pasajeros. En los últimos años, sin contar los dineros que faltan para remediar el problema de fondo, se han invertido $20.000 millones en obras que apenas mitigan.
En El Pesebre también recrean la magnitud de la situación: pese al sistema de monitoreo del Siata, allí han tenido que armar cuadrillas y, entre vecinos, asumir las labores de gestión del riesgo. Por sectores, se dividen la observación de la quebrada: cuando llueve, el responsable de la parte baja llama al sector más alto a preguntar por las novedades. Así, a punta de comunicaciones colectivas, han salvado más de una vida en los últimos años.
Evitar que a futuro personas como Luz tengan que mirar su casa desde afuera, entre la aceptación y el reproche, puede empezar por el destapado de algunas quebradas, la ampliación de sus canalizaciones, y la reubicación, digna, de quienes han invadido sus zonas de retiro. También poniendo el ojo en el campo: 70% de la ciudad es rural y es allí donde nacen los afluentes, el punto preciso para cortar de raíz los males. Replantear la oferta de vivienda en la zona urbana es otra de las tareas, según Vélez y Durán.
La Iguaná corre lenta, sosegada, bajo el sol de agosto. Pero el descanso que por estos días tienen en El Pesebre, la quietud, puede ser cuestión de días o meses. A punto de cumplir 106 años, el barrio siente que cada vez será más duro envejecer. Allí, la lucha con una quebrada ha llevado a los niños a renegar de la vida; a querer morir. Luz está viviendo en casa ajena, sin claridades de la Alcaldía, que tampoco respondió a las consultas elevadas para este informe. ¿Hasta cuándo aplazaremos este debate de ciudad? Ojalá, cuando llegue el día de darlo, no sea demasiado tarde
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crecientes súbitas se han registrado en El Pesebre este año, una cada dos meses.
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quebradas tiene la ciudad: 56 afluentes principales y 4.161 secundarios.