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Los virus no siempre son los chicos malos

Seguro ya ha escuchado cuentos de miedo sobre ellos. Aquí parte de su historia.

  • Los virus no siempre son los chicos malos
11 de febrero de 2020
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No por nada la palabra virus viene del latín que significa veneno de una serpiente. Después de todo, además, son los protagonistas del coronavirus, el ébola y el VIH. Pero en la naturaleza no hay absolutismos, y los virus no serían del todo “malos”, como las bacterias no serían del todo “buenas”, y eso que ahora se sabe que ellas son fundamentales para el proceso de digestión y que participan en el desarrollo del sistema inmune.

En efecto, cuenta Carl Zimmer en El planeta de los virus (Editorial de la Universidad de Chicago, 2015), el término comenzó como una contradicción. Se heredó la palabra del Imperio Romano, donde significaba, a la vez del veneno de serpientes, semen de un hombre. Creación y destrucción en una sola palabra.

Un líquido vivo contagioso

Durante miles de años se percibían los efectos de los virus en el cuerpo, pero no se les podía responsabilizar de las enfermedades. Antes de 1800 no se sabía que eran los causantes de malestares y muertes. Para los humanos no existían: no los podían ver.

Fue gracias a un desastre agrícola, que hizo cerrar gran cantidad de granjas de tabaco en los Países Bajos, que comenzó la travesía científica que llevaría a detectar estas partículas invisibles. En 1879 los granjeros buscaron la ayuda de Adolph Mayer, un agricultor químico.

Otros científicos de las plantas ya habían probado que los hongos podían afectar a las papas y vegetales, así que Mayer buscó hongos en el tabaco atrofiado, pero no encontró nada que diferenciara a las enfermas de las saludables. Tal vez, pensó, las plantas estaban sufriendo de una infección invisible.

Decidió entonces extraer la savia de las enfermas e inyectarla en las sanas. Se enfermaron. Intentó otras estrategias hasta que tuvo que detener sus trabajos. El mundo de los virus permaneció desconocido.

Años después, otro investigador, Martinus Beijerinck, retomó su trabajo. El microbiólogo se preguntó si algo más pequeño que una bacteria sería el responsable de las infecciones. Él implementó otra estrategia: molió plantas enfermas y pasó el fluido a través de un fino filtro que bloqueó tanto las células de la planta como las bacterias. Igual hubo contagio. En 1989 describió lo que llamó un “líquido vivo contagioso”. Supo que se replicaba a sí mismo y podría propagar enfermedades. Era algo diferente a lo conocido por los biólogos y no logró definir de qué se trataba.

¿Vivo o muerto?

Hay más virus en la Tierra que estrellas en el universo. Los investigadores, se lee en el libro de Zimmer, estiman que el número es un 10 seguido de 31 ceros; es decir, hay más de un quintillón de virus. Aún hoy es complejo definirlos. Alejandro Reyes Muñoz, doctor en biología computacional y sistemas de la Universidad de Washington e investigador del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad de los Andes, explica que es una definición compleja: “En general son partículas que tienen la capacidad de replicarse al interior de un hospedero y de ser infecciosas”. No siempre, pero el investigador agrega que normalmente los virus contienen material genético, que puede ser ADN y el ARN. Estas últimas son macromoléculas que guardan toda la información genética de una persona. Los virus también tienen una envoltura de proteínas o lípidos (grasas) con la información suficiente para replicarse.

Imagine el ADN como un par de cadenas ensambladas a partir de unidades conocidas como bases, el ARN es una sola cadena. Algunos virus, cuenta el biólogo y divulgador científico Luis Kamil Buitrago, son un “pedacito” de ARN nada más. Por lo que, los científicos se preguntan, ¿una “mera” molécula está viva?

Para biólogos estudiosos de la genética como Juan Camilo Álvarez Díaz, investigador en el Instituto en Ciencias de las Plantas (IPS2) de la Université Paris-Saclay, no están vivos. Pero hasta los más sencillos portan información genética.

No se reproducen “solos”, eso sí. Usan la maquinaria de su hospedero para fabricar otros virus, son orgánicos (de carbono), guardan información, evolucionan, se adaptan y mutan, agrega Buitrago. Y estás últimas propiedades ya no son típicas de objetos inertes como los minerales.

Su fama de malos está bien ganada, solo la pandemia de influenza de 1918 (gripe española) infectó 500 millones de personas y mató a 50 millones. Aunque no todo es malo.

Relaciones benéficas

La simbiosis es un término que se escucha desde el colegio y en biología se dice que es el resultado de las interacciones entre los actores del ecosistema. Por eso se discute sobre las relaciones benéficas de los virus, tanto en plantas como en animales. “Uno puede tener relaciones simbióticas con cualquier organismo y hasta con los virus como un actor más. Su presencia ha modelado la evolución de nuestro genoma y el de todos los organismos”, explica Álvarez.

Eso además se da porque hay virus para cada organismo vivo del planeta. Es decir, algunos son afines a unos y no a otros. Por ejemplo, el virus que en un principio se relacionó con el de la hepatitis C, no ataca al hígado, sino que infecta a los linfocitos del sistema de defensa humano, y al hacerlo dificulta la acción del virus del Sida. Esto se explica en un artículo científico de la revista Cell de marzo de 2012. María Cristina Navas, profesora titular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia y doctora de la Universidad de Estrasburgo en gastrohepatología, dice que “existe alguna evidencia, pero es materia de controversia”.

El enemigo de su enemigo

Pueden infectar hongos o bacterias dañinos en los seres vivos. Unos son capaces de matar bacterias que afectan a los humanos, se llaman bacteriófagos (Ver infografía). Estos fueron descritos por primera vez en 1915 por el doctor canadiense Felix d’Herelle.

En ellos, cuenta Reyes, la aplicación más clara es la terapia de fagos. Esta tiene cerca de 100 años. Este es el campo de trabajo de Reyes, quien dice que “los virus que atacan a esas bacterias que son patógenas se pueden usar de beneficio. Este es todo el concepto de terapia de fagos que cada vez coge más fuerza porque se presume que puede reemplazar a los antibióticos con más efectividad y mucha más especificidad”.

Ahora piense que un virus es una una envoltura proteica que tiene material genético adentro y que codifica las partes necesarias para que este se replique. Los científicos están tratando de encontrar cómo eliminar su capacidad de codificarse, permitiéndole entrar a una célula sin hacer copias.

Así, una de sus aplicaciones, dice Reyes, es ponerle otros genes para que produzcan medicamentos o repongan una proteína que está dañada en el organismo. Eso se traduciría, en el mejor de los casos, en ayudar al sistema inmune a sanar una enfermedad respiratoria, por ejemplo (ver Radiografía).

Y no solo se han explorado beneficios en cuanto a la resistencia frente a otras infecciones. En años recientes se ha estimado que algunos virus pueden ayudar al desarrollo intestinal, o incluso que los que están incorporados en el ADN participan en el crecimiento del sistema nervioso, y que sin ellos no sería posible la formación de la placenta.

Casi en cualquier lugar donde los científicos miren, en las profundidades del mar o en los confines de la Tierra, están descubriendo los virus más rápido de lo que pueden entenderlos. La ciencia de la virología es todavía joven.

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