Desde hace varios años, colegas periodistas —jóvenes y ejercitados— me venían diciendo que la gran experiencia de la vida era ir a un festival de música; como soy un melómano con un radio diverso de obsesiones que van desde el huayno peruano hasta el black metal nórdico, sabían que en algún momento iba a lanzarme a la nueva promesa del consumo: disfrazarse de joven viendo una serie de conciertos interminable, una versión opulenta que te hace creer que la fiesta nunca termina. En mi cabeza, lo único parecido a sus Coachella, Lollapalooza y Estéreo Picnic era el Rock al Parque o, quizá, el Altavoz, que son como el bus: la democracia; los otros son el capitalismo: la entrada en miles de pesos, la cerveza al precio de un vaso de ron y artistas —los principales del cartel— con millones de minutos escuchados en Spotify.
Al frente, este sábado de septiembre, está Juan Luis Guerra cantando un popurrí —un mashup, dicen— de bachatas con esa voz tan bella, romántica, casi al borde de la exclamación, y yo tengo un dolor insoportable en los pies; quienes me rodean creen que bailo, en realidad me muevo de un lado a otro para descansar los pies planos que me tocaron por herencia materna.
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Nadie te advierte que los pies se resienten. Es más: miles de mujeres muestran sus pintas en redes sociales donde se ven con sombreros, maquillajes, mallas, chaquetas estrepitosas, bolsos y botas —botas, botas, botas—, atuendos para Instagram —ya nadie se viste para una fiesta o para un concierto—. ¿Cómo carajos aguantan? Debe ser porque tienen veinte años y uno ya está llegando a los cuarenta. Y en medio del tumulto hay que buscar un escape, hay que salir y tirarse en el pasto, pero no ha sonado “La bilirrubina” (“Y me inyectaron suero de colores / Y me sacaron la radiografía / Y me diagnosticaron mal de amores / Al ver mi corazón cómo latía”); no importa, porque es perderme una canción o perder los pies; lo decidí al sentir cómo mis pies latían. Arranca una guerra campal por abrirse paso: algunos se plantan en su puesto y toca moverlos con los codos, a la pura fuerza, otros exigen peaje de baile, bailamos, entonces. Hasta que, por fin, después de unos cinco minutos de aturdimiento aparece la manga plena y me quito los zapatos. A esta edad ya lo que se necesita es una silla o pagar las boletas VIP.
Este es el Cordillera, un festival creado por Páramo —los mismos del Festival Estéreo Picnic, que cada año trae a algunos de los cantantes más importantes del planeta— y tiene un objetivo bastante claro: la nostalgia. En las pantallas y en los carteles aparecen imágenes de grandes montañas latinoamericanas y los cuatro escenarios tienen nombres que atacan el sentimiento de amor por la tierra y, quizá, el amor a la patria —el horror—, todo acompañado de una marca que patrocina: Escenario Grupo Aval Cordillera, Escenario Disney+ Aconcagua, Escenario Cotopaxi y Escenario Old Parr Cocuy. Así, uno se la pasa patinando de tarima en tarima: ¿Dónde se presenta Trueno? ¿En Cotopaxi? ¿Y dónde va a estar La Derecha? ¿En Cocouy? Y entre una cosa y la otra: a recargar la manilla con dinero, porque el efectivo no sirve y las aplicaciones de bancos tampoco; sí es una manera bastante eficiente de controlar el mercado interno, pero para hacer una recarga hay que aguantar filas eternas y los pies duelen. Y como el viejo y amargado es idiota, fue por primera vez a comprar una cerveza con un billetico de veinte mil pesos y el vendedor lo miró con compasión y rabia, con desconcierto y tristeza, después de servir un poco del pan líquido en un vaso y le dijo: “Efectivo no”.
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Hablaba de la nostalgia porque los grupos y cantantes más importantes de todo el festival fueron Juan Luis Guerra, que empezó su carrera en 1985 y en medio de su canto dijo que Jesucristo era su Señor y Salvador; Molotov, que tuvo su gran momento a finales de los años noventa con ese álbum tremendo que es Dónde jugarán las niñas; Vilma Palma e Vampiros, una banda discotequera a la que le corearon todos los temas: Verano traidor, Voy a vos, Auto rojo; Bersuit Vergarabat, banda madre del ska cumbioso rockero de Argentina —grandes versionadores del tema Sr. Cobranza: “En la selva se escuchan tiros, son las armas de los pobres, son los gritos del latino—. Así que la mayoría de los que andaban por ahí, en medio de los escenarios, de los quioscos de cerveza y hamburguesas, de aguas y de pizzas, eran gente más o menos grande, mayores de treinta años que nunca pudieron ver a las bandas de su adolescencia, porque mientras a finales de los años 90 en el mundo aparecían este tipo de festivales, aquí las Farc hacían pescas milagrosas y los paramilitares, masacres. Somos hermanos de la misma generación todos los que estamos acá, algunos más yupis que otros, pero hermanos. ¿No les duelen los pies?
Cuando se acaba un concierto, el escenario se desaloja, la gente se va a buscar a otra banda o a recargar la manilla para seguir comprando y entonces aparece una escuadrilla de gente que levanta el desastre: vasos, envolturas, basura. Recorre este recodo del Parque Simón Bolívar con bolsas y escobas, porque el Cordillera da algunas de sus ganancias para conservación de páramos y la reforestación de los bosques del país. Cuando cae la noche —en los dos días—, los restaurantes se llenan, venden centenas de hamburguesas y pizzas, las filas son impresionantes, ¿cómo aguanta la gente? ¿Cómo tienen ánimos suficientes para seguir? El Parque Simón Bolívar se convierte en estos días en un país de las maravillas, en un lugar donde la gente va disfrazada y feliz, nadie recuerda muy bien cómo entró —se entra después de caminar casi un kilómetro—, y menos se sabe cómo salir. Le pregunto a un hombre que lleva un aviso luminoso de publicidad de cigarrillos electrónicos en la espalda, que parece un Ken por su gran sonrisa, su ropa rosa y el cuerpo magro, por dónde se sale y me dice que no sabe, que entró muy temprano y todavía le quedan algunas horas de trabajo feliz, lo dijo todo mientras sonreía.
No se equivocaron mis colegas; vi a bandas con las que crecí. Disfruté a Juan Luis, a Molotov, a Los Fabulosos Cadillacs, a La Derecha y a Trueno —Trueno y Reals B fueron los nombres más modernos, jovencitos que sacuden el género urbano con reguetón y hip hop fresco—; 75.000 personas pagaron la boleta, estuvieron esos dos días en el Simón Bolívar, se calcula que hubo 8 millones de dólares de ganancias para Bogotá. Qué maravilla, pero que alguien me diga dónde está la salida, porque los pies me están matando.