Se despierta y, sin consumir alimentos o bebidas, se dirige al laboratorio clínico para tomar la muestra que le ayudará a verificar si todo en su cuerpo está funcionando correctamente. Si la muestra es de sangre, su antebrazo extendido se limpia con un algodón impregnado de alcohol. La aguja entra en la vena y la sangre empieza a descender para llenar el tubo.
Esta es una escena común cuando, de acuerdo con las condiciones narradas por el paciente, el médico determina los análisis que le serán recetados. No son únicamente exámenes de sangre, también pueden ser de tejidos u otros fluidos corporales. Todos ofrecen información importante porque pueden revelar patologías específicas.
El hemograma es uno de los que suele ser imprescindible y realiza un conteo de las células que están en la sangre –glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas– para identificar si el paciente presenta anemias. O el de la tiroides que permite conocer el estado de esta glándula y de su producción hormonal.
“No recomendamos exámenes de rutina para todo el mundo, sino que se realizan de acuerdo a su grupo etario y a sus factores de riesgo. Los tamizajes, es decir, los exámenes en personas asintomáticas, se sugieren para prevenir enfermedades metabólicas tales como la diabetes o dislipidemia”, explica la doctora Daniela Álvarez Rendón, residente de Medicina Interna.
Por ejemplo, a un paciente de 35 años en adelante que visita al médico general y tiene sobrepeso u obesidad, presenta hipertensión, lleva una vida sedentaria y tiene antecedentes familiares de diabetes se le recomendarán exámenes de glicemia, una hemoglobina glicosilada o una prueba de tolerancia oral. Por eso, cada persona tiene un cuadro diferente de análisis rutinario que, además, se recomienda que se haga en el mismo laboratorio.
“Todos los exámenes de laboratorio manejan un valor de referencia. En general son los mismos, pero cada uno tiene un valor de referencia específico que se establece a partir de la población que está atendiendo y de la literatura que hay al respecto, de los reactivos que utilizan los equipos y de las técnicas que emplea cada laboratorio”, explica Juliana Moreno Montoya, microbióloga y bioanalista.
Algunos grupos de exámenes
Los análisis suelen agruparse en diferentes tipos de exámenes: perfil lipídico, perfil renal, perfil hepático. Estos ayudan a identificar comportamientos específicos de diversos aspectos de la salud y, a pesar de ser indicadores generales, no se formulan siempre que se visita al médico.
Perfil lipídico
Este mide los niveles de grasa que tiene una persona en su organismo a través de diferentes exámenes que reúnen el colesterol total, el HDL, el LDL y los triglicéridos. Así, con base en unos valores de referencia se evidencia si las moléculas analizadas están o no en equilibrio para identificar si hay un riesgo inminente de infarto o de alguna enfermedad cardiovascular. “En todos los pacientes mayores de 40 años se recomienda un perfil lipídico para prevenir infartos o accidentes cerebrovasculares”, amplía la doctora Álvarez.
Perfil hepático
Este se encarga de ver el funcionamiento del hígado y se hace con muestra de sangre para descartar patologías como la hepatitis, la cirrosis o algún tipo de cáncer. De acuerdo con Álvarez, este se recomienda para pacientes “alcohólicos, con antecedentes de infección por hepatitis B o C, si se sospecha hígado graso o cuando se están tomando medicamentos que puedan afectar este órgano”.
Perfil renal
Este conjunto de pruebas tiene el propósito de conocer el estado de los riñones, órganos encargados de eliminar o desechar desperdicios de la sangre, el exceso de agua y otras sustancias químicas. Pruebas como la de la creatinina o de electrolitos hacen parte de este tipo de perfil. Esta última evalúa cómo están el sodio, el potasio, el cloruro, entre otros minerales, los cuales cumplen un papel en la transmisión nerviosa y la función muscular.
¿Y la salud sexual?
Las infecciones de transmisión sexual, ITS, no hacen parte de los exámenes de rutina. Se recomiendan cuando hay factores de riesgo como relaciones sexuales sin protección, en casos de abuso sexual, para trabajadores sexuales, usuarios de drogas intravenosas, entre otros. “Se recetan también si hay una infección de transmisión sexual previa, si hay síntomas a nivel de genitales u otras conductas de riesgo como tener más de dos parejas en los últimos seis meses”, finaliza la doctora Álvarez.