Los estafadores tienen muy buena prensa: casi siempre son vistos como individuos que a punta de inteligencia se benefician de la candidez de los demás. En otras palabras, son la encarnación del refrán “el vivo vive del bobo”.
En la larga lista de estafadores hay nombres que son importantes para algunos países o que tuvieron un papel importante en algunas religiones. En esa categoría está, por ejemplo, Jacob, el mítico patriarca del Antiguo Testamento que tras luchar una noche entera con un ángel de Jehová recibió el nombre de Israel y con él la promesa de ser el padre de una nación importante. Sus avivatadas están relatadas en el libro del Génesis, en cuyas páginas el lector ve a Jacob engañar a su hermano mayor Esaú y a Isaac, el padre de ambos. Al primero le cambia la primogenitura por un plato de lentejas y se aprovecha de la ceguera del segundo para recibir la bendición que estaba destinada para el primogénito.
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La inteligencia del estafador está puesta al servicio de su ambición de dinero y de poder. En estricto sentido la estafa consiste en el uso de artimañas para obtener beneficios económicos a costa de los bolsillos de los demás. Es muy usual que los estafadores estén en el campo de las finanzas, aunque hay algunos que provienen de otros sectores. Para ilustrar lo segundo basta recordar el caso de Jaime Torres Ortiz, un antiguo seminarista que convenció en 1962 a las autoridades del Huila de ser Shri Lacshama Dharhamhhaj, el embajador de la India en Colombia. El engaño fue tan pintoresco que la historia fue llevada a la gran pantalla en 1986 por Mario Ribero.
Aunque estas anécdotas parecieran ser asuntos del pasado, la verdad es que la astucia de los estafadores sobrepasa los límites del tiempo. Eso quedó demostrado con el paso por Medellín de Fereidoun Khalilian, un individuo que dijo pertenecer a la realeza de Oriente Medio. La mentira le sirvió al falso príncipe para compartir manteles con el exalcalde de Medellín, Daniel Quintero, y para contar por unos días con la protección de la policía colombiana.
Si bien hay diferencias entre los casos, lo cierto es que la legislación colombiana estipula penas que van de los dos y medio a los doce años de cárcel. Para emitir sentencia las autoridades toman en cuenta la cantidad de personas que cayeron en la red del pillo y el tiempo durante el cual se ejerció el embuste. Eso ocurre en los estrados judiciales, pero otra cosa muy distinta pasa en el seno de la sociedad.
A veces las historias de los estafadores son tan atractivas que el público se deja deslumbrar por ellas. El embajador de la India no es la única película que recoge las audacias de los avivatos. Las vidas de Frank Abagnale y de Jordan Belfort llegaron a los cines del mundo en filmes dirigidos por leyendas vivas de Hollywood. Las aventuras del primero le sirvieron a Steven Spielberg para rodar Atrápame si puedes mientras las del segundo inspiraron a Martin Scorsese para El lobo de Wall Street. Un dato curioso: ambas películas fueron protagonizadas por Leonardo DiCaprio.
También el catálogo de la plataformas de video se ha alimentado con las “bellezas” que han hecho los estafadores. No hace mucho Netflix estrenó El estafador de Tínder, un documental que sigue los pasos de Simon Leviev, un galán que estafó entre 2017 y 2019 a numerosas europeas. Después de prometerles el oro y el moro. Leviev les sacó mucho dinero en préstamos que nunca fueron pagados.
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