Gustavo Petro, el nuevo presidente de Colombia, lleva por lo menos 30 años batallando por el puesto que comenzará a detentar desde el próximo 7 de agosto y por el proyecto de país que dice pondrá a caminar durante sus cuatro años de gobierno, porque –de entrada– su promesa es que no prolongará esa estadía en la Casa de Nariño.
Con algunos matices, por supuesto, es la misma plataforma que comenzó a perfilar desde su paso por la lucha armada, en su participación como diplomático, congresista, alcalde y candidato por tres periodos (los últimos dos consecutivos) a la primera magistratura de la nación, hasta que la tercera fue la vencida.
Es, en todo caso, un personaje controversial cuyo mensaje lo entienden unos como esperanza y otros como una amenaza para los valores de la democracia y la economía de mercado.
“Lo que a mí me cautiva de él es el tema de la justicia social, que tenga una propuesta para una mejor redistribución de la riqueza del país. Estoy seguro de que él se va a comprometer a cumplir, no importa el costo político que eso signifique”, le expresó a este medio un abogado que hace parte del voluntariado profesional que se ha encargado de vigilar los escrutinios del Pacto Histórico en las elecciones legislativas de marzo, la primera vuelta presidencial de mayo y en la segunda de este domingo.
Y ese mismo estribillo que se escucha casi al unísono entre seguidores es el argumento que utilizan los detractores para relacionar a Petro con el llamado Socialismo del Siglo XXI, cuya aplicación sumó a Venezuela en la más aguda crisis de los últimos tiempos y ocasionó una diáspora sin precedentes de su población.
En toda la campaña el mensaje más repetido por los distintos candidatos que se han opuesto a Petro fue el temor a la venezolanización de Colombia, para referirse a un país donde la gente sale de su casa a mercar con la plata en costales y regresa con los víveres en una pequeña bolsa. Una simple metáfora de la carestía y la escasez que han tenido que sortear los habitantes en más de dos décadas de hegemonía chavista.
Este domingo, tras conocerse los resultados de los comicios, Petro dijo: “Hoy es el día de fiesta para el pueblo. Que festeje la primera victoria popular. Que tantos sufrimientos se amortigüen en la alegría que hoy inunda el corazón de la Patria”.
Jóvenes, decisivos
Se trata de un discurso que había fracasado en dos oportunidades previas (2010 y 2018). ¿Dónde está la diferencia entonces? Pudieron jugar, según analistas, factores como el que Petro fue madurando en su maquinaria electoral, utilizando las mismas prácticas de la política tradicional y –a la vez– capitalizó el descontento con realidades inocultables como la inequidad, el mismo que se hizo evidente en las protestas de los últimos tres años.
La opinión de Miguel, un estudiante de estadística en la Universidad de Antioquia, ejemplifica cómo ambas cosas entraron a pesar en el voto.
Recuerda que en 2018 fue hasta Bogotá a la asamblea fundacional de la Colombia Humana, con la ilusión de escuchar la oratoria febril del líder. Ese era su primer contacto con la política y veía que Petro encarnaba una manera diferente de ver la realidad nacional, alternativa a “lo que ha construido la oligarquía que ha gobernado siempre”.
Posteriormente, asistió con el mismo entusiasmo a la toma de la carrera Carabobo, en el centro de Medellín, y hasta se aguantó dos horas de espera porque, como es usual y se ha convertido en una de sus características, Petro llegó tarde.
De ese día recuerda en especial que el senador Gustavo Bolívar dijo, sin tapujos, que su objetivo era meter a Álvaro Uribe a la cárcel, y Petro lo frenó diciéndole que eso no podía ser así; en varias ocasiones ha dicho que a Uribe hay que vencerlo por la vía política y en las urnas. Además, prometió que de ser Presidente se posesionaría en la Comuna 13, en un simbolismo que pretendiera resignificar el territorio donde ocurrió la Operación Orión.
“Lo veía como la esperanza, la salvación. Ahora es otro ser humano, hace las mismas cosas del resto de los políticos y se ha juntado con gente cuestionada”, expresó Miguel refiriéndose a las alianzas que el nuevo Presidente trenzó con personajes como los congresistas Roy Barreras, Armando Benedetti y Julián Bedoya, acusado este último de obtener de manera fraudulenta su título de abogado de la Universidad de Medellín.
Cuenta con un deje de desencanto que en la primera campaña él y sus amigos iban a las reuniones y citas proselitistas pagando pasajes de su propio bolsillo, nadie nos llevaba; pero en esta última se enteró de que para la gran concentración del 15 de enero pasado, con Petro a la cabeza, en La Estrella, a los contratistas de alcaldías afines les exigían llevar tres personas como cuota, en una demostración del apoyo del cacique Juan Diego Echavarría.
Aún así, acepta que este domingo, de no ser porque los deberes de la universidad le hicieron abortar el plan de ir a votar al pueblo de donde es oriundo, hubiera depositado la papeleta por Petro. Y lo sustenta en que, en su concepto, “seguía siendo la mejor opción de cambio para Colombia, para que el país avance en la implementación de los acuerdos de paz con las Farc, se siente a negociar con el Eln y para empoderar a la gente que ha sufrido la guerra”.
Adicionalmente, le critica a Petro el caudillismo y cierto aire personalista, el mismo que le ha costado al nuevo mandatario rupturas personales y políticas durante su paso por la Alcaldía de Bogotá y en las coaliciones de izquierda que se han tratado de gestar. Quien sí votó por Petro fue el hermano de Miguel (23 años), que comparte sus mismas inquietudes sociales y políticas.
El analista Jorge Giraldo, ex decano de Humanidades de la Universidad Eafit, resalta que a partir de 2012 el potencial de votantes en Colombia se aumentó en siete millones de personas por cuenta de jóvenes, como Miguel y su hermano, que recién estrenan su cédula. “Eso cambia mucho el escenario, y la clase política tradicional se desentendió de ese tema”, explicó.
Ese potencial habría sido determinante en los comicios, pues –anota Giraldo citando al especialista estadístico del diario El País, de España, Jorge Galindo– en la primera vuelta –y probablemente se repitió en segunda– la mayoría de personas menores de 28 años votó por Petro.
Apuntó, además, el efecto positivo que ejercieron en la aspiración petrista jugadas de las últimas dos semanas como la propuesta de un gran acuerdo nacional y la llegada a la campaña de líderes de opinión como los exministros Cecilia López, Rudolph Hommes y Alejandro Gaviria. Y hasta la adhesión de políticos que representan a castas tradicionales, como Mariana Garcés, pudo ayudar a bajar la guardia de sectores temerosos del efecto que tendrán las políticas económicas del nuevo gobierno.
El más viejo en 32 años
Con todo, Petro, de 62 años, será el Presidente de Colombia que se posesiona con más edad, desde la elección de Virgilio Barco, en 1986, con casi 65 años. A pesar de eso, su discurso se funda en buscar romper con la tradición política del país donde el poder se ha heredado por apellidos y afinidades con los partidos Liberal y Conservador, algo en lo que, curiosamente también lo asemeja a su eterno contradictor Álvaro Uribe.
De hecho, Petro ha trasegado casi toda su vida pública de más de tres décadas apoyado en esa rencilla con el jefe natural del Centro Democrático, que para él encarna a la derecha y lo ha señalado de que permitió con las Convivir el avance del paramilitarismo.
Otra ruptura es con la hegemonía del centro del país, ya que aunque lo registraron en Zipaquirá (Cundinamarca), Petro nació en un pueblo de la Costa Caribe llamado Ciénaga de Oro (Córdoba), en la casa de los maestros Gustavo Petro Sierra (laureanista) y Clara Urrego (hija de un líder liberal). El primero le inculcó el amor por la lectura y la segunda lo indujo el interés por estudiar el fenómeno de la violencia.
Su bisabuelo, Francisco Petro, llegó a las sabanas costeñas huyendo del hambre que la familia sufría en el sur de Italia en la última mitad del siglo XIX.
Cuenta la historia que al mes de entrar al preescolar, al ahora presidente electo lo pasaron a primero porque ya sabía leer y hasta intentaron promoverlo de nuevo a segundo y tercero, pero el papá se opuso dada la evidente corta estatura y fragilidad. La precocidad se manifestó otra vez a los 8 años, cuando comenzó a perfilar su primera novela, si bien su inclinación literaria no prosperó.
Los biógrafos le asignan al número 19 un valor especial en la vida de Petro: nació el 19 de abril de 1960, dice haber escuchado la transmisión por radio –con 10 años de edad– del presunto robo de las elecciones a Gustavo Rojas Pinilla, un hecho que marcó el surgimiento de la guerrilla del M-19, en la que comenzó a militar a los 17 años y siendo estudiante de primer semestre de economía en la Universidad Externado. Ahora, el 19 de junio de 2022, casi más de once millones de votantes le dieron la Presidencia de Colombia.
Un traslado de trabajo de don Gustavo llevó a la familia a Zipaquirá para que Gustavo terminara allí el bachillerato. Entonces, entró a estudiar en el Externado y en el primer semestre se enroló en el M-19.
Siguiendo una doble vida, a los 20 años (1980) fue personero de Zipaquirá y cuatro años después, concejal. En esas estaba en 1985 cuando las autoridades lo cogieron con revólveres, explosivos y propaganda, justo dos semanas antes de que el M-19 se tomara el Palacio de Justicia, donde murieron 11 magistrados y se desató una hecatombe con profundas repercusiones en la historia del país.
En su defensa, él ha dicho que en esas fechas estaba tras las rejas y lo torturaron en la Escuela de Caballería. No obstante, críticos suyos recalcan que aún le falta explicar qué papel tuvo en el llamado Holocausto, a sabiendas de que era uno de los cinco miembros de la Dirección de la Región Central del M-19.
Lo claro es que sí fue protagonista en la desmovilización de esa guerrilla el 8 de marzo de 1990 y que nunca se ha apartado de los compromisos del acuerdo de paz. Fue asesor de la Gobernación de Cundinamarca ese mismo año y desde entonces ha seguido en la escena pública. Adicionalmente, ha sido un baluarte de los intentos organizativos de la izquierda, empezando por la creación de la Alianza Democrática M-19 y el Polo Democrático Alternativo.
En 2007 lideró en el Congreso los debates más duros sobre la parapolítica, lo que lo llevó a ser de los colombianos más amenazados. En ese tiempo le confesó a un medio de comunicación que dormía con una subametralladora debajo de la almohada.
Petro fracasó en dos intentos por llegar a la Alcaldía de Bogotá, pero en 2012 lo logró y dio inicio a una controvertida administración marcada por decisiones equivocadas y ejecuciones fallidas; por la confrontación con la Presidencia, con sectores del establecimiento y hasta con antiguos aliados que no se aguantaron su estilo de gobierno.
Daniel García-Peña su excompañero del M-19, y director de Relaciones Exteriores de la Alcaldía le renunció y dejó una corta pero directa constancia del porqué: “En la política, las formas son de fondo. No basta con tener los principios correctos ni la razón científica. Un déspota de izquierda, por ser de izquierda, no deja de ser déspota”, afirmó en su carta de dimisión.
Petro fue suspendido por la Procuraduría y el pleito al respecto tuvo connotaciones internacionales. Una fuente que lo acompañó en sus primeras campañas y en la Alcaldía resalta que este ha sido acusado de “lesa personalidad” y dice que puede que sea verdad, refiriéndose que es llevado de su parecer y que a veces no atiende posiciones que lo contradigan, pero se lo atribuye a que tiene muy claro lo que quiere, y posee la energía y persistencia para hacerlo realidad. Pocos dudan de que su aspiración de habitar la Casa de Nariño se cocinó desde los mismos inicios de su carrera política.
Ahora, como Presidente electo, su reto será inventarse una manera de unir los pedazos de un país que él mismo ha ayudado a romper sin acudir a tretas que vayan en contra de los principios expresados en campaña, en especial en cuanto a la lucha contra la corrupción.