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Obviamente enfrentar el flagelo de la corrupción va más allá de lo normativo e institucional, siendo estos dos componentes muy importantes para ello. Establecer mejores porterías a los resquicios por donde se filtra la corrupción ayuda, pero no resuelve, en la medida en que hay amplios sectores de la población que ven en el Estado una oportunidad para enriquecerse sin mayores limitaciones, sin que les suscite problemas de moralidad o de creencia de que son merecedores de sanción.
Hay una causa profunda, en que el sentido de la solidaridad social general es muy limitado, porque no es una solidaridad nacional como sí de familias y parentescos extendidos. Hay falta de capital social que ayude a fomentar una actitud mejor frente a la probidad individual, pública y social. No solo no hay sanción social sino que hay sectores donde la corrupción no está mal vista.
Esto hay que mirarlo como un embudo: arriba está el clima de lo normativo e institucional. Por debajo está el sentido de moralidad ciudadana compartida y una solidaridad débil, restringida solo a ciertos sectores. Luego los factores históricos y culturales.
Sin embargo, quisiéramos creer que el problema puede disminuir, en la medida en que se cree una conciencia más amplia y haya remedios legales e institucionales.