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Afloran sentimientos de tristeza, de preocupación, frente a cómo el país se está desenvolviendo. Ver que tantos hombres de la Fuerza Pública sacrifican sus vidas, para que nuestro Estado funcione y mejore y, aunque no se le pueda echar la culpa a toda la ciudadanía ni generalizar, pero se siente indignación con estas acciones en torno a un individuo que no solo le causó mucho daño a la región de Urabá sino también al país.
Hablamos de una organización, el Clan del Golfo, a la cual, este año, se le atribuyen cerca de 200 muertos. Uno dice, por eso, que no es entendible ni plausible que una sociedad, bajo ningún parámetro o disculpa, pueda justificar que se cometan esos delitos por inconformidad con el Gobierno, con los acuerdos de paz o porque hay corrupción. Nada justifica esta actitud.
Se trata de un criminal que venía delinquiendo hace no poco tiempo. Desde que estaba en las Autodefensas, que se acabaron, y que se incorporó nuevamente al Clan del Golfo.
Hay algo que está mal en la sociedad. Algo que nos exige un análisis sobre por qué estos sentimientos en la ciudadanía y por qué idolatrar a estas figuras al punto de semejante manifestación por un criminal que les habrá dado dinero a algunos, pero que no dejó ninguna riqueza.
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