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No hemos completado la mitad del año y ya han asesinado en Colombia a más niños y adolescentes que el año pasado. Es decir, si se mantiene la tendencia podríamos estar tristemente duplicando la cifra de homicidios de menores en 2022.
Que en Colombia cada 13 horas asesinen a un menor de edad es algo que nos tiene que preocupar a todos. Nos tenemos que pellizcar. Nos tenemos que sacudir. En lo que va corrido de este año, 214 niños y adolescentes han sido víctimas de homicidios en Colombia. Y lo más impactante es que el entorno en donde se produce la mayor parte de los actos violentos es el hogar. Es decir, el espacio donde un niño debería sentirse protegido y cuidado se convierte en el infierno donde sufre abusos y maltrato y donde, en muchos casos, encuentra la muerte.
Como bien tiene registrada la Organización Mundial de la Salud (OMS), el maltrato infantil es un problema global con graves consecuencias. Y sin embargo, es una realidad sobre la que todavía faltan muchos datos porque el tema es complejo y su estudio resulta difícil. Se calcula que en el mundo mueren cada año por homicidio 41.000 menores de 15 años, cifra que subestima la verdadera magnitud del problema, dado que en una altísima proporción las muertes violentas de los niños se atribuyen erróneamente a caídas, quemaduras, ahogamientos y otras causas. Y en estas cifras no se está contando a los menores de edad que se ven inmersos en conflictos armados.
De enero a mayo de este año la Fiscalía General de la Nación ha registrado 10.888 noticias criminales relacionadas con delitos en contra de menores. Estas cifras motivan a investigar sobre las causas de tanta violencia. Y lo que se descubre habla de carencias afectivas, traumas personales, pobreza y consumo de estupefacientes.
Tras años de investigaciones, la OMS estableció cuáles son los factores que influyen para que se den estos brotes de violencia en los entornos familiares: las dificultades para establecer vínculos afectivos con los recién nacidos, los antecedentes personales de maltrato infantil, la ignorancia sobre el desarrollo infantil, el consumo indebido de alcohol o drogas, la participación en actividades delictivas y las dificultades económicas.
La ruptura de la familia, el aislamiento de la comunidad o la falta de una red de apoyos abren la posibilidad para que este tipo de situaciones se den con más frecuencia.
Desde hace mucho la sociedad, en lo que se refiere al entorno familiar, vive tiempos distintos cuyo sempiterno reto ha sido y es el saber adaptarse. Criar a un niño no necesariamente implica un modelo tradicional padre-madre-hijo, pero sí requiere el apoyo de la familia extensa para compartir la responsabilidad y velar por el cuidado del menor.
Un estudio de Unicef, titulado Una situación habitual: violencia en las vidas de los niños y los adolescentes, habla con crudeza de esa realidad y cuantifica lo incuantificable. Su conclusión es que conocer la magnitud del problema es el primer paso para atajarlo. Y que atender a las víctimas es haber llegado demasiado tarde. Este flagelo requiere el compromiso de todos en distintos niveles. Desde políticas gubernamentales de protección a la infancia hasta el compromiso de cada uno de nosotros al detectar casos cercanos de abuso.
Más allá de las cifras y las estadísticas, no hay que olvidar que cada víctima tenía un nombre propio y un futuro por delante. No se pueden quedar simplemente siendo la noticia impactante de hoy y el olvido de mañana. Porque entonces sus vidas truncadas perderían todo sentido.
Existen programas de prevención a nivel educativo que deben tener la difusión necesaria para que la gente se concientice sobre la fragilidad de los niños y los peligros a los que pueden estar expuestos. Hay que estar atentos a las señales de abuso y denunciar. El silencio en estos casos se vuelve cómplice y puede ser la gran diferencia entre la vida y la muerte. Hay que entender que todos podemos ser parte de la solución