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Ante situaciones extremas como las que plantea cualquier conflicto bélico en estos albores del siglo XXI, se hace necesario reflexionar sobre el papel de la tecnología y las comunicaciones digitales. Porque la palabra guerra que siempre se ha utilizado se transforma ahora en una más compleja: ciberguerra. Aunque el daño es el mismo, siempre el ser humano, el campo de batalla se traslada a escenarios cuyos directivos deben demostrar que están a la altura de la situación.
Los gigantes tecnológicos son actores de la lucha desatada entre Occidente y Rusia. Gran parte de las sanciones se ha dirigido a debilitar la capacidad de modernización de esta potencia, cuya fortaleza armamentística no tiene parangón. Es su responsabilidad combatir el contenido multimedia falso y manipulado y proteger el acceso al tráfico de datos en tiempo real. Porque la cibermanipulación como estrategia ya hace parte de los conflictos armados, tal cual la ejerció Rusia en 2007 y 2008 durante los enfrentamientos con Estonia y Georgia.
Todas las plataformas, unas por iniciativa propia y otras un poco más a rastras, han tomado medidas para que a través de sus múltiples servicios los riesgos en términos de seguridad e integridad se minimicen para Ucrania, mientras intentan que el gobierno ruso no tenga las herramientas necesarias para espiar o desinformar.
Y muy bien lo ha entendido el gobierno ucraniano, que ha utilizado todas las plataformas a su alcance para enviar mensajes a los dueños de las grandes compañías tecnológicas pidiendo ayuda concreta. Mijaílo Fédorov, viceprimer ministro de Ucrania, dijo: “en 2022, la tecnología moderna es quizás la mejor respuesta a los tanques, lanzacohetes múltiples y misiles”. Así ha conseguido ayuda en tiempo récord hasta de las compañías que intercambian criptomonedas.
Facebook desactivó más de cuarenta cuentas, páginas y grupos de una red de desinformación cuyo objetivo era Ucrania y ha establecido un centro de operaciones especiales que funciona veinticuatro horas al día, con nativos de ruso y ucranio, para evitar el ataque desinformativo de Putin. Este pretendía que detuvieran la verificación independiente de hechos que realiza la compañía y, al negarse, los rusos restringieron el servicio en su país.
Twitter ha manifestado que “revisa de manera proactiva los tuits para detectar cualquier intento de manipulación de la plataforma y tomar acción contra los contenidos multimedia manipulados que presentan una descripción falsa o engañosa de lo que está sucediendo”. Google Maps ofrece imágenes de radar al instante para mostrar el progreso de la invasión, en qué autopistas no fluye el tráfico para salir o si hay tiendas y negocios tomados. YouTube afirma haber eliminado cientos de canales y miles de vídeos que no cumplen con sus políticas. Y todas las plataformas han detenido la monetización de medios financiados por el gobierno ruso que buscan aprovecharse de la situación.
Pero, más allá de las múltiples acciones, que se necesitan y deben continuar, la reflexión en este momento se centra en preguntarse para qué sirve una tecnología si no tiene peso más allá de lo material. De ahí que algunos líderes del mundo digital y tecnológico estén promoviendo un ecosistema de valores compartidos que le den sentido a todos estos avances que a veces sobrecogen. Esos valores hablan de colaboración, cooperación, solidaridad, responsabilidad, sostenibilidad y dignidad.
La pregunta clave es cuál puede ser la relación de la sociedad con la tecnología. Y la respuesta pasa por entender que todo eso que ha permitido cambiar las cosas y descubrir muchas otras necesita personas que decidan con responsabilidad qué y cómo lo van a hacer.
Se podría pensar que las batallas del futuro van a consistir en realizar ciberataques para tumbar sistemas de oponentes sin importar su superioridad física. Una forma de probar cómo la dependencia tecnológica puede ser también el talón de Aquiles de muchas naciones. Y las cosas se pueden complicar aún más con la llegada del metaverso y sus mundos paralelos.
Sin embargo, es mejor tener fe en el ser humano y creer en reflexiones como la que hizo esta semana José María Álvarez-Pallete, presidente de Telefónica: “La tecnología nos da el poder de cambiar y de hacer más, para bien o para mal. Cuando la tecnología promueve valores hiperindividualistas en detrimento de la solidaridad, la empatía social o el mero contacto entre la gente... la sociedad desconfía de ella y de quienes la proveen”