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El resultado de dejar crecer ese espantoso turismo de drogas, prostitución y abuso de menores es esta suerte de catástrofe social que estamos viviendo.
“Medellín, un burdel a cielo abierto”, fue el grito alarmado que lanzó, en agosto de 2022, la escritora Carolina Sanín en la red social que conocíamos en ese momento como Twitter. Y a renglón seguido le preguntaba al entonces alcalde Daniel Quintero: “Vengo cada año, y cada año es más impresionante la degradación. Qué tristeza. ¿Qué se está haciendo, @QuinteroCalle?”
En ese momento el alcalde Quintero, llamándola con tono meloso “Caro”, le respondió: “invertimos en respeto, oportunidades y educación”. La historia se ha encargado de demostrar que esa respuesta no era verdad, que los colegios se les comenzaron a caer en la cabeza a los alumnos y que la Secretaría de Educación se utilizó como un burdo directorio político. Pero, sobre todo, que durante cuatro años la alcaldía hizo poco o nada para evitar que Medellín, como latigó Sanín, se convirtiera en “un burdel a cielo abierto”.
El resultado de dejar crecer ese espantoso turismo de drogas, prostitución y abuso de menores es esta suerte de catástrofe social que estamos viviendo. Hay datos escandalosos como el número de turistas extranjeros muertos: en apenas 10 días de febrero murieron seis. Y en lo corrido del año van ocho. Si los sumamos a los 30 turistas que murieron en 2023 es suficiente para que el Departamento de Estado de Estados Unidos haya lanzado una advertencia a sus nacionales a la hora de concertar citas en Medellín.
Esas cifras son muy preocupantes y no se pueden menospreciar. Y si no se atienden a tiempo podrían poner en riesgo la floreciente industria del turismo –el bueno– en Medellín.
Pero sin duda lo más grave de ese otro turismo –el turismo tóxico que estamos padeciendo– es el abuso de niñas, niños y adolescentes, otra vez, “a cielo abierto”. Un delito que de cualquier manera es condenable pero se convierte en tragedia social mayúscula cuando se hace a la vista de todos y no pasa nada. Es aterrador ver en algunos hoteles, extranjeros adultos entrando con menores de edad como Pedro por su casa. Por no hablar de algunos restaurantes que se convierten en sitio de encuentro en este negocio ilegal. “Por redes los gringos le escriben a uno que venga, que caiga con pollitas”, han contado menores víctimas de explotación sexual.
El caso de esta semana, de una menor de edad que fue detenida al salir de un hotel con objetos robados, luego de dejar a un extranjero perdido en la escopolamina en su habitación, es ilustrativo. La detuvieron a ella al salir, pero curiosamente no se les ocurrió detener al turista al entrar con una menor de edad (por mucha cédula falsa que digan que haya presentado). La menor entonces termina siendo víctima del extranjero que abusa de ella, víctima de la red que la utiliza para robar a turistas y víctima también del hotel que no cumple su tarea de evitar este tipo de abusos.
Por no hablar del caso de Laura Isabel Lopera, de 20 años, hallada muerta dentro de una maleta y cuyo principal sospechoso del feminicidio es un canadiense de 50 años. Caso este que pone de manifiesto cómo esa idea de una ciudad que ofrece a las mujeres como si se tratara de un mercado persa desencadena todo tipo de hechos condenables.
Por supuesto este problema de turismo tóxico no es exclusivo de Medellín. Pero sin duda, haber dejado que el fenómeno creciera sin control alguno es otra de las nefastas herencias que dejó la Alcaldía de Quintero. ¿Qué está haciendo la Alcaldía de Federico Gutiérrez para frenar este estado de cosas inconstitucional? Si bien se le ha visto activo al alcalde Gutiérrez y a su gabinete, pues han hecho intervenciones en el Parque Lleras, con la Secretaría de Seguridad que hace batidas sostenidas en el tiempo y varias secretarías de corte social que llegan para atender a los menores y a las trabajadoras sexuales, es evidente que todavía falta mucho por hacer.
El problema requiere atención urgente y eficaz por donde se le mire: por la urgencia de proteger a los menores de edad, por la necesidad de proteger la industria del turismo y por la premura de que los habitantes de la ciudad podamos disfrutar espacios públicos dignos y seguros.
Un ambiente de falta de reglas y de cero control como el que se ha ido consolidando en ciertas zonas de Medellín, en los que se mueve todo tipo de ilegalidades, es caldo de cultivo sinigual para que crezcan mafias aún más peligrosas.
Bien dijo el alcalde Gutiérrez que con las intervenciones que han hecho han identificado “cuatro estructuras criminales” en el negocio de la venta de droga y prostitución en el Parque Lleras. Es decir, el crimen se ha tomado el corazón del turismo de la ciudad. Es más que urgente recuperarlo.
Y también fue claro en decir desde sus primeros días de gobierno que “aquí no queremos un turismo depredador que venga a dedicarse al abuso sexual contra nuestros niños” y advertir que “alrededor del parque Lleras hay muchas problemáticas que iremos resolviendo. La primera es la explotación sexual y comercial de menores”.
Sin duda por ahí hay que empezar. Pero, alcalde, es urgente hacer algo que sea pronto y eficaz para combatir ese engranaje mafioso de vicio, abuso de mujeres y niños y destrucción de la ciudad.
También los ciudadanos podemos empezar, por ejemplo, por crear una campaña para que nos paremos en la raya y no permitamos que se siga dando esta explotación tan deplorable. Tenemos que endurecer la sanción social contra este tipo de delitos.
Como nos lo dijo hace pocos días en estas mismas páginas la directora de la Organización Mundial de Turismo (OMT), Natalia Bayona, una clave para resolver este fenómeno es la movilización ciudadana, el rechazo contundente contra un turismo indeseable que obligue a todas las instancias de decisión locales y nacionales a tomar medidas de fondo, porque en últimas a todos nos concierne lo que aquí pase: el burdel a cielo abierto no se nos puede convertir en paisaje..