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Lo que está ocurriendo en el Reino Unido es un interesante ejercicio de aterrizaje forzoso en la realidad. Liz Truss, primera ministra británica, desde hace apenas seis semanas, ha conseguido arrastrar a su partido y al país a una debacle como nunca antes se había visto. Y menos a semejante velocidad. Gracias a la puesta en marcha de sus medidas neoliberales, en estos pocos días consiguió que los mercados le dieran la espalda y que el Banco de Inglaterra tuviera que intervenir hasta tres veces para rescatar la libra y calmar el pánico financiero en los fondos de pensiones.
Aferrada a su ideología, y alejada de la realidad del país, Truss ejemplifica a la perfección lo que significa ir en contra del sentido común cuando se maneja la política de un país. Muchos economistas lo hicieron notar: por alguna extraña razón, Liz Truss estaba actuando como si el Reino Unido tuviera la reserva monetaria de Estados Unidos y pudiera darse el lujo de imponer políticas que, aunque funcionan en el contexto de otros países, no eran las adecuadas para su propia realidad. Pero no está sola, detrás de ella toda la terquedad de un Partido Conservador que creyó que apoyando el Brexit y desconectándose de la Unión Europea, conseguiría recuperar el imperio que una vez fueron. Y ya no hay tal. Ese tren se fue hace mucho tiempo.
El detonante de todo fue el anuncio de las medidas fiscales para bajar los impuestos de las rentas más altas. Es decir, reducir impuestos a los ricos. Ni el entorno social, ni el político, estaban preparados para escuchar semejante decisión en el peor momento de la economía. La respuesta inmediata generó tal sacudida, que la primera ministra “se quedó sin aire”. Las críticas llovieron, los mercados enloquecieron y su propio partido la abandonó.
Ayer mismo tuvo que retirar la mayor parte de su rebaja de impuestos y destituir al ministro de Economía, Kwasi Kwarteng, quien se podría decir que fue su gran cómplice en el caos que montaron. Este sacrificio es la única forma que encontró Truss para poder respirar un rato más, aunque sus copartidarios la ven como un cadáver político. La primera ministra ya no está a cargo de su propio gobierno porque la rebelión interna de su partido acabó con su autoridad. Tuvo que aceptar que le impusieran el nombre de Jeremy Hunt en la cartera económica, quien se supone que aportará el sentido común que le ha faltado recientemente al gobierno. Pero el nerviosismo y la cara de sufrimiento de la primera ministra durante la rueda de prensa en la que corrigió indican que sus horas están contadas. Si llega a ser así, su breve paso por el 10 de Downing Street será recordado como el más corto y humillante en la historia de los primeros ministros británicos. En caso de que así ocurra, tratándose de un país monárquico como este, se la podría recordar como ‘Liz la breve’.
Para algunos observadores, el derrumbe de la libra y todo lo que ha ocurrido a su alrededor ha sido una especie de mensaje de despedida del Reino Unido como potencia después de la muerte de Isabel II. Asumir esa realidad cuesta mucho, y sobre todo aceptar con ella que esa alucinación colectiva llamada Brexit, no les ha traído ni una sola cosa buena. En esto tienen gran parte de responsabilidad los tories, esos políticos conservadores que se dejaron cegar por lo que fueron, y que como Truss, ahora están a punto de caer en picada. Exacerbaron entre las multitudes esa falsa idea de orgullo nacionalista y creyeron que al salirse de la Unión Europea, los demás países vendrían a rogarles. Hoy descubren que no hay tal y que ese puente que cruzaron ya no tiene camino de regreso.
Tal vez la lección para quienes observamos en la distancia sea la de tener muy claro que el sentido común es un bien escaso que hay que proteger con valor frente a tanta ideología ingenua. Gobernar requiere estar en sintonía con el momento histórico que le corresponde a cada país y entender que las políticas que pretenden ponerse en práctica deben hacer uso de la lógica que la propia realidad exige .
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