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El reino de la grosería y del odio

La invitación al Gobierno y a los opositores es a deponer los insultos y el odio. Ni el odio logra destruir al adversario ni le sirve de nada a quien lo profesa. El odio siempre será un pierde-pierde.

23 de julio de 2024
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  • El reino de la grosería y del odio

Ya han pasado unos días de la noticia de que el presidente Gustavo Petro nombró como ministro de Educación al hasta hace poco director de la SAE, Daniel Rojas. La noticia rápidamente se volvió polémica cuando comenzaron a sacar de todos lados mensajes del nuevo ministro en Twitter en los que insultaba a diestra y siniestra con groserías o como otrora se les decía palabras de alto calibre.

En aras de la discusión podría decirse que el problema no son las palabras en sí mismas, porque uno podría darle el beneficio de la duda y decir que es parte de una generación que habla con ese tipo de vocablos. El problema en realidad es el insulto y el odio.

No es lo mismo un joven que utiliza una palabra considerada grosera para saludar a otro amigo; a uno, como el hoy ministro, que lo hace con rencor o inquina: el uno es un abrazo y una invitación a la amistad, el otro es cizaña, es una patada voladora, una invitación a la violencia.

Naciones Unidas que está comprometida a luchar contra lo que llama “discurso del odio” lo define como “cualquier tipo de comunicación ya sea oral o escrita que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio en referencia a una persona o grupo”.

Por eso ese nombramiento deja un sabor amargo en la boca. El ministro Rojas le concedió una entrevista a Daniel Coronel en la que hizo una suerte de acto de contrición y dijo que ese tipo de expresiones él no las iba a utilizar ahora como ministro, que él entendía la dignidad de su nuevo cargo.

Se le abona de todas maneras el nuevo propósito. El problema, otra vez hay que decir, no son las palabras que se utilizan sino cómo y con qué tono. Ahí está el detalle.

Ojalá y aprenda. Porque lo peor que le puede pasar al país –más allá de todo lo grave que ya le ha pasado– es que la cabeza del sistema educativo sea una persona cargada de odio.

Lo que preocupa es que ese parece ser el sello del Gobierno. Hace unos meses contábamos con algo de perplejidad el estilo que se ha apoderado de algunos de los más altos funcionarios del Estado a la hora de hablar. La vicepresidenta Francia Márquez con su “¡De malas!” a una periodista que le preguntó por sus viajes en helicóptero a su casa; la ministra de Trabajo, Gloria Inés Ramírez, diciendo que los empresarios sufren “el síndrome de la Coca Cola del desierto” y el propio presidente Gustavo Petro con su “Me importa un pito los que se creen demócratas”.

Son, todas ellas, expresiones que reflejan indiferencia, cierta altanería y hasta una pizca de desprecio. Son “discurso del odio” según la definición de Naciones Unidas.

Pero sobre todo es una suerte de espíritu de bodega anónima de redes sociales el que por momentos, o al menos en esos casos, se ha apoderado del Gobierno. De alguna manera el caso de Daniel Rojas ilustra mucho del comportamiento del Gobierno. Pregonan frases de paz y de armonía, pero detrás de bambalinas tienen activistas –o bodegas pagas– dispuestos a acabar a punta de insultos y agravios a cualquiera que para ellos signifique un estorbo en su camino.

Rojas, en particular, se ha mostrado partidario de mover “ciudadanías activas” desde las universidades y que los estudiantes tengan “participación en las políticas públicas”. Lo admitió así en la entrevista mencionada. Y curiosamente, como lo reveló el portal La Silla Vacía, en 17 universidades el gobierno de Gustavo Petro ha puesto como sus delegados a miembros de un colectivo llamado “Activistas del Cambio”.

Este grupo de activistas son los mismos que trabajaron en la campaña presidencial en la operación de testigos electorales, los mismos que han apoyado a Petro en sus marchas, e incluso los que sitiaron la Corte Suprema para exigir que eligiera Fiscal. Es altamente probable que los piensen utilizar para la “movilización estudiantil”. Falta ver con qué tono y cuáles serán sus resultados.

La invitación al Gobierno y a los opositores es a deponer los insultos y el odio. Ni el odio logra destruir al adversario ni le sirve de nada a quien lo profesa. El odio siempre será un pierde-pierde. Y lo menos que necesita Colombia es universidades donde el odio reine en sus aulas.

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