Hay vidas que incomodan, por retadoras. Porque llevan la contraria a todas las provocaciones del consumismo y de la vida que nos vende, con descaro, la publicidad. A muchos les da rabia ver esas existencias capaces de vivir con dos mudas de ropa, en casas muy sencillas, sin alimento asegurado, haciéndose pobres con los pobres y haciendo que los pobres lo sean cada vez menos en su espíritu. A muchos les parece un desperdicio estas vidas o quizá les molesta porque les enrostra su propio egoísmo y su propia incapacidad de conmiseración con los más necesitados y humillados.
En tiempos de humanos perfectos, opulentos y atléticos, que alardean con casas que parecen galerías de arte y clóset abarrotados de prendas que no sudarán tres veces y que habrán conseguido con esfuerzo y trabajo honrado (algunos) (todo hay que decirlo), aparecen personas que no solo han renunciado a lo que sobra, que escasamente viven con lo exacto sino que se dedican a acompañar y a consolar a quienes poco o nada tienen porque no los dejan o porque se los han quitado. Qué contraste.
La semana pasada murieron dos de ellos. Ángela Salazar, integrante de la Comisión de la Verdad, que se dedicó desde el siglo pasado a acompañar a las mujeres empleadas domésticas, muchas despojadas, violadas, desplazadas. Y después a la comunidad negra del país. “Ella quería que los exmiembros de las Farc y las Auc pudieran reconocer la afectación a la gente negra... estaba muy pendiente de que ellos reconocieran el despojo y que por sus intervenciones hubo rupturas en el tejido organizativo y social de las comunidades negras, y eso ocasionó la estigmatización de la gente negra” (El Espectador).
Y el obispo claretiano Pedro Casaldáliga, apóstol de los más desfavorecidos: “campesinos sin tierra, pobres, analfabetos y oprimidos por caciques y políticos... él celebraba misa para los vecinos en el huerto de su casa, entre las gallinas; y por las noches, dejaba la puerta abierta por si alguien sin hogar necesitaba usar el catre que siempre estaba disponible. Iba en vaqueros y sandalias y tenía dos mudas de cada prenda. Cuando tenía que reunirse con el Episcopado en Brasilia, iba en autobús, en un viaje de tres días, porque era el medio de transporte de su gente” (El País, España).
Estas vidas son faro en medio de la oscuridad.