Un viernes al mediodía, a través de la ventana, vi a un viejito sentado en el muro del antejardín de mi casa. Estaba agachado luchando contra una correa en mal estado. A su lado, una bolsa plástica con todas sus riquezas, supuse.
Un minuto después sonó el timbre. Abrí y era él. Nos miramos a los ojos y me perdí en los suyos, acuosos y cansados. Sentí que ese señor era un compendio de palabras sin orden alfabético que me golpearon el alma: fragilidad, miseria, abandono, derrota, soledad, delgadez, ¿dignidad?
Dijo que tenía hambre. Mientras le servía el almuerzo recordé la ración del peregrino, una tradición olvidada, y sentí pena de no invitarlo al comedor. Me pregunté si eso sería aporofobia, la palabra con la que la señora Adela Cortina nos forzó a un aterrizaje de barriga doloroso y vergonzoso, que significa “aversión al pobre por el hecho de serlo”. Me morí un poquito.
Quiero creer que lo mío era más miedo que rechazo. Miedo de abrirle la puerta a un desconocido. De enfrentarme a una realidad que no puedo cambiar. De no estar a la altura de aquella desventura hecha viejito. De tantas cosas...
Después de almorzar se quedó dormido en el muro. Su cuerpo se dobló, su cabeza apuntaba a la acera en una posición imposible que dolía de solo mirarlo. Parecía desmayado. Llevaba un saco de ejecutivo importante, de seguro una herencia de hace ¡ufff!, un jean desgastado, unos tenis con polvo de todos los caminos y una boina raída que le dejaba pelos por fuera a los lados de las orejas. Su olor, tan de él como su apariencia. Su figura me recordaba una obra de un pintor famoso, pero no daba con ella.
A la media tarde le llevé un refrigerio, que agradeció entre dientes. Volvió a doblarse. La boina cayó al suelo. Los transeúntes lo miraban con curiosidad morbosa, pero todos seguían su camino, indiferentes.
Al anochecer le llevé otro tentempié. “¿Más comida?”, masculló. Conversamos un rato. Le sugerí que se fuera para su casa. Dijo que no tenía, que dormía en la calle, que la noche era muy fría. Morí otro poquito. Se volvió a doblar. Busqué una cobija viajera y la puse sobre sus hombros. No se inmutó. Me sentí muy intrusa y lo dejé solo. Llamé al 123. Conté la historia y “escalaron” el caso a una dependencia social. Vinieron a la media noche y se fue con ellos. Me dolió el día entero este viejito. Y me dolió más cuando volví a verlo deambular por las calles del barrio, en las mismas: luchando con la correa mala y con su mundo en una bolsa, ahora reutilizable.
Google hizo lo suyo. Encontré Retrato del doctor Gachet (Van Gogh). ¡Igualitos! Ambos con el rictus de quien busca siquiera una respuesta a mil preguntas. En el doctor, “la expresión desencantada de nuestro tiempo”. En el viejito, la representación más triste y descarnada...