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Racionalidad y viajes

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Por Cristina Manzano

Un adivino le advirtió de que aquel año no debía volar, que veía un accidente en su destino. Así que Tiziano Terzani encontró la excusa perfecta para hacer su trabajo de otro modo. Como corresponsal en Asia, pasó los siguientes meses recorriendo el continente en tren, en autobús, en coche, en barco, incluso andando; en contacto directo con los paisajes y las gentes, con sus esperanzas y sus miedos más íntimos. Guardo como una joya el libro en el que plasmó su experiencia, Un adivino me dijo. Terzani redescubre el placer del viajar despacio, de conversar, de penetrar en los lugares por los que pasa.

Los que tenemos inoculado el virus del viaje, lo hemos echado mucho de menos en esta pandemia. Y ahora que vislumbramos que podemos volver a viajar, es momento de plantearse cómo lo hacemos.

Porque el turismo se ha convertido en una de las grandes encrucijadas de nuestro tiempo y en uno de los campos de batalla de la sostenibilidad. Por una parte, su enorme potencial económico y su peso en la economía y el desarrollo de muchos países, incluido el nuestro –más de un 10 % del PIB global, reducido a la mitad el pasado año–; por otra, sus desafíos: los movimientos antituristas, la lucha de ciudades y pueblos por evitar convertirse en meros parques temáticos sin alma, la insultante desigualdad, la falta de respeto y de interés por las comunidades, su enorme impacto ecológico.

Se calcula que la industria de la aviación generaba (antes del parón coronavírico) un 2 % del total global de emisiones de carbono; la de los cruceros estaría en cantidades similares.

Igual es hora de terminar con el absurdo de cruzar el Atlántico para un fin de semana (lo que genera el mismo nivel de emisiones que un ciudadano medio en la Unión Europea para calentar su casa todo un año) o de revisar el modelo de esos macrohoteles flotantes que vomitan hordas de turistas en un puerto durante apenas unas horas sin que al viajero apenas le roce el lugar. No es nuevo.

Los cambios pasan por la ley. La Unión Europea, por ejemplo, se ha propuesto reducir el CO2 de la aviación en un 60 % para 2050. Francia pretende prohibir los trayectos en avión que puedan hacerse en tren en menos de dos horas y media –una medida recogida también en el plan España 2050–.

Pero también por las actitudes individuales. Es hora de recuperar la racionalidad. Viajar es, al fin y al cabo, una oportunidad de conocer mejor al ser humano, esté donde esté, y, de paso, de conocernos mejor a nosotros mismos

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