Por hernando uribe c.
Presentimiento, palabra de elocuencia poderosa, viene de presentir, sentir con anterioridad lo que puede suceder. En el presentimiento están presentes la interioridad y la exterioridad del que presiente, de modo que la calidad del presentimiento va en ambas direcciones. Cuanto más me cultivo y cuanto más valioso es lo que presiento, más calidad tiene mi presentimiento. Dime qué presientes y te diré quién eres.
El Antiguo Testamento es un tratado magistral de presentimiento, “del que ha de venir”. El creyente se lo imagina, lo columbra, lo entrevé, lo espera día y noche en cuerpo y alma, hasta vivir en función de él. El Cantar de los Cantares (1, 2-4) lo vive con loca pasión. “Mejores son que el vino tus amores, qué suave el olor de tus perfumes; tu nombre es aroma penetrante... Méteme, rey mío, en tu alcoba, disfrutemos juntos y gocemos, alabemos tus amores más que el vino”. Presentimiento que es la experiencia arrobadora de los místicos.
Un día Jesús va a la sinagoga y lee al profeta Isaías: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4, 18-19). Al terminar, “todos los ojos están fijos en él”. Entonces Jesús dice: “Esta Escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy”.
Un día, Juan Bautista manda a preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Y Jesús responde: “Vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva”. Y, pensando en Juan encarcelado, agrega: “Y ¡dichoso el que no se escandalice de mí!” (Lucas 7, 22).
San Juan de la Cruz se derrite cantando lo que presiente. “Gocémonos, Amado, / y vámonos a ver en tu hermosura”. Y comenta: “Y así, seré yo tú en tu hermosura, y serás tú yo en tu hermosura... Y así, nos veremos el uno al otro en tu hermosura”.
Hago de la pandemia siglo XXI la oportunidad para cultivar el pesebre de mi corazón, con el presentimiento de que el Niño Dios esté naciendo siempre allí, con esta orientación (1 Jn. 3, 2): “Ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos, pues cuando se manifieste seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es.” Sublime presentimiento